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DICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA
 Menéndez Pidal es uno de los más célebres estudiosos de la historia y la literatura de habla hispana. Puede decirse que nada de lo verdaderamente hispánico fue ajeno a sus amplísimas investigaciones histórico – filológicas.
Por Sebastián Sánchez Historiador y filólogo español. Menéndez Pidal es uno de los más célebres estudiosos de la historia y la literatura de habla hispana. Puede decirse que nada de lo verdaderamente hispánico fue ajeno a sus amplísimas investigaciones histórico – filológicas. Se formó en la Universidad de Madrid, en la que conoció a Marcelino Menéndez y Pelayo, que más tarde se convertiría en su maestro y amigo. En 1892 se doctoró con un trabajo sobre las fuentes de El Conde Lucanor y en 1899 obtuvo la cátedra de Filología Comparada en la Universidad Central de Madrid, cargo que conservó hasta su jubilación. Ingresó a la Real Academia en 1902, en la que fue director en 1925 y 1947, tras ser apartado de ella en 1939 a raíz de su posición respecto de la Guerra Civil que asolaba a su patria. En 1905 nuestro autor, a la sazón comisionado por el Rey para arbitrar en el conflicto de límites entre Perú y Ecuador, aprovechó el feliz término de su misión para viajar por Hispanoamérica con el fin de estudiar el Romancero tradicional español que aquí aún pervive. Comenzó así su largo derrotero de investigación filológica, sólo comparable al de su maestro Menéndez y Pelayo. El estallido de la guerra civil lo encontró en Madrid, donde permaneció hasta conseguir viajar fuera del país con su familia. A partir de allí inició un camino que lo llevó lejos de la España ensangrentada, sin aceptar encolumnarse detrás de ninguno de los dos bandos. Así, vivió en Burdeos, Cuba, Estados Unidos y París, siempre investigando y dictando cátedra. Al retornar a su patria, en la que encontró no pocos problemas políticos, se le restituyeron sus cargos y continuó con sus pesquisas científicas a la par de dirigir la Historia de España, obra monumental que se terminó en 2004, mucho después de la muerte de nuestro autor. Entre su vastísima obra mencionamos sus títulos más importantes: La Leyenda de los Siete Infantes de Lara (1896), Disputa del alma y el cuerpo (1900), El Auto de los Reyes Magos (1900), La Razón de Amor (1905), El Romancero Español (1910), Flor Nueva de Romances Viejos (1928), Antología de prosistas españoles (1899 y 1928), Crestomatía del español medieval (1965-66), El Cantar del Cid, la epopeya castellana a través de la literatura española (1910), Poesía juglaresca y juglares (1924), La España del Cid (1929), De Cervantes y Lope de Vega, Idea imperial de Carlos V, El Imperio Hispánico y los cinco reinos; dos épocas de la estructura política de España (1950), La 'Chanson de Roland' y el neotradicionalismo; orígenes de la épica románica (1959), El Padre Las Casas (1962), El padre Las Casas; su doble personalidad (1963) y Los Reyes Católicos y otros estudios (1962). Transcribimos un fragmento de su Idea imperial de Carlos V, acaso uno de sus estudios más criticados, justamente por el talante castizo y católico con el que allí se expresa: «Carlos V se ha hispanizado ya y quiere hispanizar a Europa. Digo hispanizar porque él quiere transfundir en Europa el sentido de un pueblo cruzado que España mantenía abnegadamente desde hacía ocho siglos, y que acababa de coronar hacía pocos años por la guerra de Granada, mientras Europa había olvidado el ideal de cruzada hacía siglos, después de un fracaso total. Ese abnegado sentimiento de cruzada contra infieles y herejes es el que inspiró el alto quijotismo de la política de Carlos, ese quijotismo hispano que aún no había adquirido expresión de eternidad bajo la pluma de Cervantes (...) ese sentimiento era hispano, y nada más que hispano, al concebir como el gran deber del emperador el hacer, lo mismo personalmente que por sus generales, la guerra a los infieles y herejes para mantener la universitas christiana; era ésta una idea medieval reavivada, resucitada por España, era el ansia de unidad europea, era la organización del imperio como aliado de la Iglesia (la correlación de las dos luminarias, la luna y el sol, que decían los tratadistas medievales)». |