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ENSAYOS CRISTIANOS 
Doy a Dios las más sinceras gracias por habernos ocultado el futuro, por haberme ocultado mi futuro. Le suplico encarecidamente que sea Él quien elija por mí, pues de otra forma, yo lo echaría todo a perder.
- Si de veras me amas -dijo el joven a Dios en su plegaria nocturna-, déjame ver algo del futuro. Entonces Dios hizo verle un desierto cuyos contornos le eran vagamente familiares. — ¡Qué desolación! -exclamó el muchacho, lleno de pesadumbre-. Y, sin embargo, este erial no me parece del todo desconocido. Aquel anuncio de lámina que se pudre al fondo me recuerda algo, pero ¿qué? ¡Ah, ya! ¡Es el parque en el que jugaba de niño! ¿De modo que esto es lo que quedará de nuestro querido parque dentro de unos años? ¿Cuántos años? ¿Diez, veinte, treinta? Por más que el espectáculo del parque convertido en yermo lo impresionara grandemente, el joven pasó en seguida a otra cosa. En realidad, lo que quería ver era no algo del futuro, sino algo de su futuro. Cinco años atrás le habían diagnosticado una enfermedad poco común, y como estaba seguro de que moriría pronto (por lo menos así lo imaginaba), preguntar por su futuro era una manera (bastante sutil) de preguntar si lo tenía. - Ahora -volvió a decir- hazme ver algo de mí. Muéstrame, por ejemplo, los libros que escribiré, o los edificios que levantaré, o los rostros de las personas que conoceré. En respuesta a su petición, Dios le mostró una fotografía de respetables dimensiones, algo así como la portada de una revista cuyo título no aparecía por ningún lado (Dios es un mal publicitario). En ella una joven bellísima sonreía deliciosamente a la cámara, mostrando una hilera de dientes perfectos. — ¿Quién es esta joven tan bella? -preguntó el muchacho-. ¿Mi futura esposa? Si así fuera, ¡lo feliz que sería! ¿De veras será mi esposa? ¿Cómo se llama? ¿En dónde se encuentra en este momento? ¿Dónde la encontraré? ¿Ha nacido ya? Ver aquel rostro bello lo llenó de una profunda tranquilidad. ¡Había futuro, había un futuro para él! No moriría a la edad en la que, sofocado por el pesimismo, agobiado por la enfermedad, había llegado a imaginarse. Insistió: — ¿Quién es? — Tu hija; es la hija que he pensado para ti -respondió el Señor-. ¿Te gusta? —Es muy hermosa -dijo el joven agitando los brazos- .Gracias... — No tienes nada que agradecer -volvió a decir Dios-. Pero, ¿sabrás sacar partido de esto que te he hecho ver? Ahora que sabía que no sólo no iba a morir joven, sino que además sería padre de una joven bellísima -una joven digna de figurar en las portadas de las revistas-, el muchacho se dio a la tarea de buscar una novia cuyos rasgos se asemejaran a los de la chica que había contemplado en su visión. Como su novia actual decididamente no los tenía, decidió cortar con ella y comenzar una nueva relación. En su búsqueda conoció a una joven un poco menor que él a la que ciertamente no amó como a la primera, pero cuya nariz se ajustaba al canon que se había propuesto obedecer. Sin embargo, pronto descubrió que si bien su nariz era la adecuada, no lo eran en cambio sus ojos, ni su mentón, ni la forma de su cabeza. Buscó otra. Esta última le gustó por sus cejas, pero al cabo de cierto tiempo le desagradó por su color, que era moreno, cuando la foto -lo recordaba bien- mostraba tonalidades más claras que oscuras. Buscó otra joven, y luego otra más, pero al cabo de diez años aún no había encontrado a la muchacha ideal. Cuando pasaron veinte, el joven, que ya no lo era tanto, encontró por fin a una joven que se ajustaba perfectamente a sus requerimientos. Sólo que ya era demasiado viejo, y ésta le dijo que no hasta con cierta energía, si no es que hasta con repulsión. («Casi podría usted ser mi padre. ¿Cómo se le ocurre?»). Entonces el desesperado increpó a Dios diciéndole que lo había engañado, que no era verdad eso de la chica, que todo aquello no había sido más que una burla. — ¿Y por qué creíste que de la primera, la única que en verdad amaste, no iba a poder yo darte una hija como la que te hice ver? No te gustó su nariz, pero la nariz que querías iba a venir de tu abuela, a quien no alcanzaste a conocer, y no de la muchacha; el mentón que buscabas vendría de la mamá de ella, y las cejas de su bisabuela. ¿Por qué no te casaste con ella? Cuando me despierto, lanzo un suspiro de satisfacción, y mientras me visto doy a Dios las más sinceras gracias por habernos ocultado el futuro, por haberme ocultado mi futuro. ¡Seguro que por querer cuidar cada árbol habría acabado dando al traste con el bosque! Desde que soñé aquel sueño pido a Dios todos los días que me permita elegir sólo el color de mis camisas, el modelo de mis chamarras o los títulos de los libros que me gustaría leer; por lo que hace a las personas, le suplico encarecidamente que sea Él quien las elija para mí, pues de otra forma, yo lo echaría todo a perder. P. Juan Jesús Priego |