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VIGÍA 
No estamos obligados a ver en la TV nada que no nos guste. Ni a comprar artículos que no necesitamos, o que nos hacen daño. El que no haya programas mejores no te debe hacer sentir obligado a ver la basura que te están ofreciendo, ¿o sí?
Por Javier Algara La palabra «boicot» (boycott, en inglés) se originó en Irlanda, a finales del siglo XIX, cuando un individuo de nombre Charles Boycott, que era administrador de ciertas tierras en ese país, fue víctima del rechazo de la población local a causa de las exageradas rentas que exigía a los campesinos. La gente dejó de tratarlo, de comprar sus productos, de trabajar para él, etc. Mr. Boycott se dio pronto cuenta de que le había salido más cara la intentona de abusar de los demás que lo que pensaba ganar con su injusta estrategia. Mahatma Gandhi en India, y otros líderes sociales en otros países, han utilizado con mucho éxito el boicot como una táctica de protesta en contra de leyes injustas, logrando siempre que los gobiernos o autoridades modificaran o rescindieran las normas que molestaban a los ciudadanos. Hace unos días, «A favor de lo Mejor», un movimiento que desde hace unos años lucha porque los medios de comunicación -que hasta ahora han actuado mayoritariamente con la mirada puesta exclusivamente en el rating y sus atractivos beneficios económicos (y el poder que dichos beneficios pueden comprar)- cumplan con el aspecto social y educativo de su labor a través de mejorar la calidad informativa, artística y moral de los contenidos de sus programas. Se están recabando firmas para tratar de hacer pesar la opinión pública ante los propietarios de las cadenas informativas. No dudo que eso es algo que, de lograrse, ayudará no únicamente en el aspecto de ablandar a los comunicadores, sino también de amalgamar las fuerzas de la ciudadanía. Pero creo que una estrategia mucho más rápida y efectiva, y cuyo efecto los tesoreros de las empresas de medios no pueden dejar de percibir inmediatamente, y de reconocer que México realmente quiere algo mejor, es que simplemente apaguemos la TV y/o dejemos de comprar los productos que patrocinan la programación que no nos gusta. Si no nos gusta lo que nos ofrecen los distintos canales o estaciones de radio, o nos disgusta que los productores de bienes de consumo patrocinen esos programas molestos, dejemos de usarlos, y punto. Del mismo modo que, según dicen que dijo el general Álvaro Obregón, nadie aguanta un cañonazo de 50 millones, no hay empresa que soporte pérdidas multimillonarias. No estamos obligados a ver en la TV nada que no nos guste. Ni a comprar artículos que no necesitamos, o que nos hacen daño. El que no haya programas mejores no te debe hacer sentir obligado a ver la basura que te están ofreciendo, ¿o sí? Cada vez que apagamos la TV o dejamos de comprar un producto pernicioso le estamos dando al comunicador o al fabricante un mensaje que no puede ignorar. Basta que, a través de una consulta, realizada por medio de una encuesta o algo parecido, se prepare una lista de programas indeseables, que se haga una campaña de educación al respecto, y que a partir de cierta fecha el mayor número posible de personas apague la TV a la hora en que esos programas salgan al aire; y que esa medicina se repita cada vez que las televisoras hagan la intentona de volver a las andadas. Claro que un boicot demanda de quienes lo llevan a cabo el sacrificio de abstenerse temporal o definitivamente de ciertos bienes, comodidades y oportunidades, pero «si quieres azul celeste, que te cueste». Valen la pena, creo yo, unos días, o semanas, de abstención televisiva, para que logremos algo mejor. Si no te gusta no lo compres, y punto. |