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Los festejos del bicentenario son una ocasión inmejorable para reflexionar en el papel que la Iglesia ha desempeñado en nuestra historia nacional.
Por El P. Luis Alfonso Orozco, Lc
Los festejos del bicentenario son una ocasión inmejorable para reflexionar en el papel que la Iglesia ha desempeñado en nuestra historia nacional. México no nació en 1821 con la consumación de la Independencia. México había nacido tres siglos antes, en 1521, con el encuentro de dos mundos: el español y el indígena. Allí surgió la realidad cultural mestiza que desde su infancia recibiera el bautismo por la fe católica, hecho que se ratificó de modo admirable con el prodigio del Tepeyac en 1531. Así pues, México es, desde sus raíces, un pueblo católico y Santa María de Guadalupe es la Madre de la nación.
México, como realidad nacional, tampoco existía antes de 1521. Por tanto, afirmar que México nace en 1821 al consumarse su independencia de España es un error de visión. Durante muchos decenios en México se enseñó una historia oficial donde los hechos fueron ajustados al servicio de la ideología política.
La Iglesia en esos 200 años
La historia de México en estos dos siglos ha sido dolorosa, pues se ha escrito con la sangre vertida en la multitud de luchas y de guerras internas que desgarraron al país. Desde los inicios del movimiento insurgente, la Iglesia siempre ha estado al lado del pueblo mexicano en todos sus acontecimientos relevantes. Le ha acompañado y educado, ha sufrido con el pueblo en primera persona.
En estos dos siglos la Iglesia ha acompañado cada paso de la historia mexicana, por la simple razón de que muchos de los protagonistas eran católicos. Hidalgo, Morelos, Mariano Matamoros, eran sacerdotes. La imagen guadalupana fue elegida como símbolo unificador del primer estandarte patrio. En las Tres Garantías se escogió el color blanco de la bandera nacional para representar el catolicismo que profesaba la casi totalidad de la nación.
Los contendientes de los bandos liberales y conservadores durante las guerras de Reforma, al margen de sus ideas políticas, eran en su mayor parte bautizados en la Iglesia. Diversas leyes injustas de las Constituciones de 1857 y de 1917 miraron a expropiar los bienes de la Iglesia y a limitarla drásticamente en el ejercicio de su papel educativo y como guía espiritual del pueblo.
Basta repasar los hechos sobresalientes de la historia mexicana para caer en la cuenta de que la pretensión de querer presentar a la Iglesia católica como enemiga de los intereses de la nación y de su progreso es otro falso levantado por la ideología que ostentaba el poder político. La Iglesia no es enemiga del pueblo, sino que ha sufrido con él todos los atropellos e injusticias. La historia oficial se podrá manipular y acomodar a los intereses del bando vencedor, pero los hechos no se pueden ocultar.
Recuperar y purificar la memoria
Los católicos mexicanos han sido protagonistas en los doscientos años de historia nacional. Fueron iniciadores, actores y consumadores de la independencia; después participaron al lado de uno u otro bando en la luchas por el poder del siglo XIX y posteriormente en los años trágicos de la revolución. El pueblo mexicano católico sufrió en carne propia la invasión de un vecino oportunista, quien se llevó por la fuerza la mitad del territorio. En aquel episodio, un puñado de extranjeros católicos se alió contra el invasor para luchar al lado de los mexicanos. Fue el Batallón de San Patricio, integrado por irlandeses.
A la caída del porfiriato, el pueblo católico sufrió los horrores de la revolución desatada entre las facciones y de la persecución religiosa, cuya idea obsesiva era desterrar el catolicismo. Fue entonces cuando México engendró numerosos hijos mártires, muchos de los cuales ya han sido canonizados para gloria de México.
Es imposible separar la Iglesia de la historia de México, porque desde 1531 México comenzó a ser un pueblo profundamente católico y lo es todavía hoy en su mayoría en el 2010, año de los festejos del bicentenario. Se trata de una oportunidad muy adecuada para mirar de cara hacia la verdad para recuperar la memoria histórica, porque «Un pueblo que deja de saber cuál es su propia verdad acaba perdido en los laberintos del tiempo y de la historia, privado de valores claramente definidos y sin grandes objetivos claramente enunciados. La Iglesia se sitúa en el mundo, ayudando a la sociedad a comprender que el anuncio de la verdad es un servicio que ésta ofrece a la sociedad, abriendo nuevos horizontes de futuro, de grandeza y dignidad». (Palabras del Papa Benedicto XVI durante su viaje a Portugal, 12 de mayo de 2010). |