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Depresión, ansiedad y estrés son padecimientos comunes en las esposas de los emigrantes
Por Gilberto Hernández García
Hace ocho años Raquel y Rodrigo se casaron, pero él se fue de «mojado» apenas un mes después de la boda. Durante estos años sólo ha regresado en tres ocasiones, por períodos que no van más allá de dos meses, para, prácticamente, engendrar los tres hijos que tienen.
Raquel se levanta a las 5:00 de la mañana para ir al molino, «echar tortillas», preparar el desayuno y disponer a sus hijos para ir a la escuela. Luego hace limpieza en la casa, para después sacar a pastar animales. El resto de la mañana lo ocupa en faenas del campo. Después deberá regresar a casa para preparar la comida y recibir a sus hijos. La tarde la pasa lavando o realizando algunas tareas del campo que le hayan quedado pendientes. Ve que los niños hayan hecho la tarea y los baña, les da de cenar y los manda a dormir.
En todo ese trajín cotidiano no ha tenido tiempo para llorar y suspirar por su esposo.
De angustias y soledades
Como muchas otras mujeres de la Sierra de Barajas, en Pénjamo, Guanajuato —una de las zonas más pobres del estado y que más migrantes «expulsa» en el país—, Raquel sufre una sobrecarga de trabajo y de responsabilidades.
Según Gustavo López Castro, sociólogo e investigador del Colegio de la Frontera Norte (COLEF), las esposas de los migrantes, además de hacerse cargo de los hijos, del mantenimiento del hogar y de las tareas campesinas, «tienen que hacer un buen uso de las remesas, negociar con la suegra, librarse del acoso sexual de otros hombres de la comunidad al vivir solas, todo lo cual les provoca un constante estado de tensión».
Esta situación de angustia emocional, que implica depresión y ansiedad, es uno de los costos invisibles de la migración. El sociólogo investigador va más allá: asegura que existe «un estado de emergencia en la salud emocional de mujeres en buena parte de las comunidades rurales de entidades expulsoras de migrantes, como Guanajuato, Michoacán y Zacatecas».
El estudioso realizó una investigación de campo en diez comunidades rurales del noroeste michoacano y encontró en esposas de migrantes incidencias de depresión, ansiedad y estrés, más altas que el promedio nacional: el 41.7 % presentan ansiedad y el 54.3 %, depresión.
López Castro señala que «lo peor es que la mayoría de esas mujeres ni siquiera se dan cuenta del estado en el que viven, además de que en sus comunidades no existen especialistas para tratar el problema».
Informó que los síntomas físicos que se presentan durante el llamado Síndrome de Penélope son: hipertensión arterial, padecimientos metabólicos como diabetes, taquicardia, dificultad para respirar, mareos, hormigueos, desvanecimiento, cansancio y debilidad.
Los problemas emocionales detectados en esta investigación son: malestar general, ansiedad, tristeza, desánimo, falta de motivación, sentimientos de culpa, depresión y «nervios».
Con la esperanza del regreso
Este conjunto de síntomas padecidos por mujeres, asociados a la migración, ha sido llamado Síndrome de Penélope, en consonancia con el Síndrome de Ulises, padecido por los hombres migrantes, utilizando el paralelismo con la mitología griega.
Según el mito, Ulises se va a la Guerra de Troya y pasa 30 años sin regresar a su hogar y Penélope, su esposa que lo espera, sometida a problemas de estrés, de acoso sexual, teje por el día y desteje por la noche una colcha, pues si la termina se deberá casar con alguien.
Los psicólogos y psiquiatras han acudido a esta analogía para englobar en un solo término todos estos procesos que pueden incidir en la salud física y emocional de las esposas de migrantes. Sin embargo, «el tema no ha sido muy analizado ni por psicólogos o sociólogos y representa en muchas comunidades del país un grave problema de salud», asegura el sociólogo Gustavo López Castro. |