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JÓVENES - CORRESPONDENCIA 
No cabe duda de que la huella que un profesor deja en las almas de sus alumnos es indeleble, cuando ha sabido transmitir su sabiduría con pedagogía y con amor.
Recibí un correo electrónico de una amiga, ex compañera de la preparatoria, y entre todas las peripecias que me narraba encontré una digna de mayor atención: «El viernes fuimos a una cena para reunir fondos para el maestro Cabrerita ¿Te acuerdas de él?». Cuando cursábamos la preparatoria teníamos un excelente profesor de Literatura Universal y Literatura Hispanoamericana: Gerardo Cabrera. Por nosotros era conocido como «Cabrerita», a pesar de que ni su inteligencia ni su corpulencia fuesen diminutivas, sino más bien muy grandes (ambas). Un hombre consagrado totalmente a la enseñanza, que vivía en su casa, con la sola compañía de su hermana y de sus más de cuatro mil libros. Mientras cada uno de nosotros hacía su carrera universitaria y se encarrilaba hacia su estado de vida, el profesor Cabrera cayó gravemente enfermo a causa de una rara dolencia. A esta siguieron varias complicaciones y lo que parecía una enfermedad pasajera se convirtió en un definitivo estado de postración en una cama: con todas las piernas llagadas e insuficiencias en algunos órganos vitales, «Cabrerita» lleva más de diez años encerrado en su biblioteca. Sí, hizo de su biblioteca su habitación, estudio y comedor. Dejó de recibir su exiguo salario de profesor ante la imposibilidad de continuar su actividad docente. Su pensión, sus ahorros y aquello que podía obtener por su cuenta se acabó en pocos meses por los enormes gastos médicos, y la necesidad económica llegó a un estado verdaderamente crítico. Su enfermedad consumió además de su cuerpo sus recursos económicos al grado de tener que pasar algún día sin comer por no tener nada. Siendo un hombre de una profundísima fe en Dios, nunca dudó del auxilio divino y éste llegó de una forma muy gratificante. Resulta que uno de sus ex alumnos se enteró del estado de «Cabrerita». Al visitarlo, no sólo se comprometió a frecuentarlo periódicamente, sino a ayudarle económicamente. Este ex alumno les comentó a los demás compañeros de su generación la situación y organizaron cenas, rifas, y otros actos entre los antiguos compañeros de clase para «recaudar fondos para Cabrerita». Ni qué decir del éxito que tuvo aquella primera colecta. Esto fue hace ya unos años. Volviendo al correo electrónico de mi amiga, me contaba que habían hecho una cena con los de mi generación para juntar dinero para el profe. Aquellos primeros ex alumnos no sólo se comprometieron a recolectar fondos, sino que fueron pasando la voz a las distintas generaciones de ex alumnos para que todos se solidarizaran con aquel que nos había ofrecido tantas horas de clase, de sabiduría y de profundo testimonio cristiano. Y «Cabrerita» sigue allí, con sus padecimientos, pero dándonos ejemplo de esperanza y de gratitud hacia su ex alumnos. La verdad es que el hecho me conmovió. No cabe duda de que la huella que un profesor deja en las almas de sus alumnos es indeleble, cuando ha sabido transmitir su sabiduría con pedagogía y con amor. Un diez para el profesor Cabrera por su ejemplo; un diez a los ex alumnos por haber aprobado el examen de la vida, que es el de la solidaridad y el de la gratitud. Manuel Cevallos Alcocer, L.C. |