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SAL Y TIERRA
Un argumento citado con mucha frecuencia para cuestionar el celibato de los presbíteros es la escasez de personal en la Iglesia.
Por Jorge E. Traslosheros
Un argumento citado con mucha frecuencia para cuestionar el celibato de los presbíteros es la escasez de personal en la Iglesia. Se dice que, si se dejara a los hombres casados acceder al presbiterado, entonces tendríamos suficientes sacerdotes. El argumento tiene tres problemas. Uno, que el sacerdocio sigue siendo un don, un llamado, una vocación con independencia del celibato. Dos, que el problema de la contradicción entre el servicio al altar, a la comunidad y la familia no depende de la cantidad de personal, sino de la vocación misma. ¿Queremos muchos y malos presbíteros? Yo prefiero pocos, muy buenos y con vocaciones bien definidas, capaces de vivir con intensidad su relación con Dios.
El mayor problema que veo con el argumento es que obedece a una visión clericalista de la Iglesia que está costando mucho trabajo desterrar. Ni modo. Quienes tal argumentan son tradicionalistas involuntarios. Me explicaré. Durante siglos, casi todas las funciones de liderazgo dentro de la Iglesia fueron asumidas por los presbíteros en grado tal que, por citar tres ejemplos básicos, el diaconado permanente desapareció y los agentes claves de la pastoral y los teólogos eran todos sacerdotes. Este modo de ser Iglesia requería de ejércitos de presbíteros para funcionar.
Es tiempo de superar esta visión tan conservadora de la Iglesia que se confronta con el concilio Vaticano II y el magisterio pontificio. El concilio llamó a recuperar el diaconado permanente para los hombres casados por ser un servicio a la liturgia, a la Palabra y a la comunidad en la cual se vive inserto, en armonía con la vida familiar y profesional. Tal es el carisma que lo distingue. Sería bueno que los obispos lo tomaran muy en cuenta. También hizo un llamado a que los laicos nos incorporemos a la vida de la Iglesia, a que dejemos de hacernos los occisos y asumamos de una vez nuestra responsabilidad en la comunión de los bautizados, a que dejemos de ser católicos vergonzantes y participemos de manera decidida en la vida cultural, política, científica, artística, etc. De lo que se trata es de dar ancha cabida a la multiplicación de los carismas que caracteriza a esta nueva primavera de la Iglesia —como le ha llamado Benedicto XVI— y que, claro está, escapa a los ojos de los medios de comunicación y de los observadores poco atentos.
Estoy cierto de que el debate por el celibato de los presbíteros favorece el clericalismo y nos distrae del fondo de las cosas. Si ponemos atención al concilio, al magisterio pontificio y a los signos de los tiempos resulta fácil entender que no se requieren muchos presbíteros, sino pocos y bien formados, que ha llegado el momento de decidirnos a dar cauce a los carismas, sin confusión, sin confrontación, en comunión. Laicos, consagrados, diáconos, presbíteros, obispos, religiosos y religiosas tenemos distintos talentos que es menester poner al servicio de la comunidad. Sólo así daremos testimonio de la fe y razones de nuestra esperanza, con verdad, en caridad. Como dijo el poeta, cada cual a su faena porque en esto no hay suplentes. |