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Escrito por Gilberto Hernández García   
Domingo 30 de Mayo 2010

Image La muerte de María Isabel Mondragón Arriaga ocurrió un Viernes Santo (Novena parte)

Por Gilberto Hernández García

En el lugar donde fue el cuarto de Isabel y Salud, la familia Mondragón y los vecinos de San José del Rodeo levantaron una capilla, tal como era el deseo de la joven. Frente al altar –donde discretamente se encuentra una foto de Isabel–, Salud trae a su memoria lo acontecido el Viernes Santo de 1980.

Secuestradas

«Por ahí del mediodía salimos de la casa de Las Huertas, para ir al centro de Maravatío. Un taxi nos emparejó. El que lo llevaba, muy amable nos invitó a subirnos al carro, que no nos iba a cobrar  porque él iba para allá, nosotras nos subimos porque ya se nos había hecho tarde».

 «Le platicamos que íbamos a las Tres Caídas, que nos gustaban mucho las cosas de Dios. Entonces nos felicitó por la fe que teníamos y nos dijo que su mamá también era muy devota. Luego nos dijo que por qué no íbamos a su casa para presentarnos a su mamá. Le dijimos que no teníamos permiso y que en cuanto terminara la procesión de las Tres Caídas, teníamos  que volver al trabajo».
«A las dos nos pareció que no tenía buenas intenciones; entonces le dijimos que nos bajara ahí.  Nos dijo que cómo nos íbamos a quedar a media carretera; pero como le seguíamos insistiendo que nos bajara, vimos como que se enojó y aceleró el carro, y unos cuantos metros más adelante se salió de la carretera y se metió por un camino. Nosotras empezamos a gritar y a encomendarnos a Dios».

¡Eso nunca, jamás!

Muy pronto llegaron a una casa abandonada. El hombre aquél las bajó con violencia,  las empujó al interior de la casucha y aseguró la puerta. Sin más le espetó a Isabel: «Desde ahora tú vas a ser mi mujer  y tu hermana será la criada». Isabel respondió: «¡Eso nunca, jamás!» y empezó a forcejear con el detestable hombre. Eso lo enfureció aún más y arremetió con rabia contra la  joven que hacía todo lo posible por defenderse.

Ciego de ira por no lograr sus propósitos, de sus ropas sacó un puñal y lo hundió en repetidas ocasiones en el corazón y cuerpo de Isabel, que cayó bañada en sangre y moribunda.

Salud, se interpuso para defender a su hermana, pero el criminal le asestó una herida en el brazo. La joven, antes de perder el sentido, alcanzó a percibir que su hermana, tirada en el suelo, se desangraba mientras balbucía algo así como una oración;  Salud gritaba pidiendo auxilio e invocaba la protección del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen de Guadalupe, hasta que cayó desmayada.

Pasados unos minutos, Salud recobró el conocimiento y se percató que el asesino había atado con una soga a Isabel y la arrojaba fuera de la casa. De inmediato el hombre volvió a donde se encontraba la asustada mujer para atacarla, satisfaciendo sus más bajas pasiones. La joven padeció el momento entre gritos de auxilio, rezando, encomendándose a la protección de Dios.
Después de haber consumado su fechoría, el asesino ató de pies y manos a Salud y le puso limón y sal en los ojos y se los vendó; luego se ocupó de cavar una fosa para arrojar ahí el cuerpo inerte de Isabel.

Días de angustia

Salud permaneció diez días secuestrada y sometida a las constantes vejaciones del asesino. Ella le suplicaba repetidamente que la dejara libre y seguía rezando. Las súplicas parecieron surtir efecto, al punto de que el hombre se le acercó un día para pedirle que rezara por él y para aconsejarle lo que tenía que decir una vez que la dejara en libertad.

Finalmente, el lunes 14 de abril, alrededor de las seis de la mañana, la llevó a la carretera para que abordara el camión. Antes de que se marchara le aseguró que su hermana Isabel ya estaba de regreso en la casa familiar.

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