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PÓRTICO 
Cuando al escritor inglés G. K. Chesterton le preguntaban por qué era miembro de la Iglesia católica, solía responder que lo era por la sencilla y única razón de que el catolicismo es la verdad y la Iglesia católica la guardiana de la verdad.
Por Jaime Septién Cuando al escritor inglés G. K. Chesterton le preguntaban por qué era miembro de la Iglesia católica, solía responder que lo era por la sencilla y única razón de que el catolicismo es la verdad y la Iglesia católica la guardiana de la verdad. Nosotros ni locos diríamos esto. Defender que el catolicismo es la verdad y que la Iglesia católica permanece como centinela del tesoro de la verdad nos avergüenza. Pensamos y creemos que la verdad, lejos de ser sinfónica, es relativa; que cada quien la posee a su manera y que cada uno le pone un «toque especial», diferente, «muy suyo». Y todo eso deriva en la catástrofe de poner la verdad, que es Jesucristo, en el mostrador de una tienda. La Iglesia es una comunidad de hombres, nos dicen estos católicos holgazanes. Y como tal, yo no le debo ni respeto ni obediencia. Ella está para administrar los sacramentos pero no para atesorar la verdad. Es una transnacional del espíritu; una empresa gigantesca que llama al amor, sí, pero que, en el fondo, lo único que clama es por las limosnas... Y lo peor es que esas voces triunfan, son populares, escriben en los periódicos de gran tiraje... y «representan» la opinión de los católicos. Es más: hacen ellos la opinión católica. Sin embargo, la Iglesia continúa su labor de siglos, calladamente, a veces demasiado calladamente, imprimiendo en los corazones de los fieles el fuego de la imitación de Cristo, que es la única verdad que nos hace obedientes, y la única novedad que nos impulsa al bien. Si no partimos —como dice el papa Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret— de ese Jesús que vive en comunidad con el Padre, es decir, si no partimos de la verdad de que Jesús es el Hijo de Dios que ve el Rostro del Padre y habita en Él como el que habita en la casa de la verdad, nuestros pasos andarán en círculo. Y venderemos la verdad de Cristo en cualquier esquina, a cualquier mercachifle que venga con la estupidez de que él tiene una mejor, más barata, más «humana» y, desde luego, una «verdad» que no exige —para nada— el sacrificio. Gracias a Dios, la verdad no depende de nosotros ni Cristo de los cristianos; que si no... |