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Indígenas: vender un bordado o pedir «pa’ un taco» PDF Imprimir Correo
Escrito por fray Gilberto Hernández García, OFM   
Domingo 14 de Octubre 2007

GRAN REPORTAJE

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Los proyectos productivos patrocinados por dependencias gubernamentales no han sido suficientes — El 16% de las viviendas indígenas no cuentan con agua potable.

Por fray Gilberto Hernández García, OFM 

Venden su tierra y, tras gastar el poco dinero que obtienen por la venta, quedan totalmente desamparados y sin un lugar para vivir.

María Jaime nació indígena ñañhú en Santiago Mexquititlán, municipio de Amealco, Querétaro. Desde niña ha venido, casi cada semana, a la capital queretana a vender servilletas y otras mantas bordadas por ella misma; primero acompañaba a su mamá, quien le enseñó a elaborar los productos que ofrece en la vía pública; ahora, con 35 años, casada y con cinco hijos,  sigue desplazándose de su comunidad a Santiago de Querétaro, tal como lo hace una buena  cantidad de sus vecinos, para «buscar la vida», ante la falta de un empleo en su lugar de origen que le asegure el sustento de su familia.

Difícil ganarse la vida

Apostada cerca del templo de San Francisco, en pleno centro histórico, la indígena nos platica, sin dejar de bordar, que muchos de los transeúntes, la mayoría turistas, sólo se acercan para tomarle una foto y sólo en ocasiones compran alguno de los bordados que ofrece en treinta pesos.

«Cuando bien me va, vendo cuatro o cinco», dice con aire de resignación en su  deficiente español, pero «hay veces que ni se vende nada»; por eso, últimamente, junto con las servilletas, vende dulces y frituras.

La otra opción: Estados Unidos

Su marido también ha dejado el pueblo, pero él se ha ido a Estados Unidos, después de haber «hecho la lucha» como albañil en Querétaro y en la ciudad de México. «Pero hace dos años que no sé nada de él», expresa dirigiendo su mirada al suelo. «Por eso es que vengo acá, para darle de comer a mis hijos», y señala a los dos más pequeños, de tres y cuatro años, que la acompañan en el tenderete.

Comer una vez al día

Por lo general come una vez al día. «Pero los chiquillos no aguantan», dice, por eso los manda a los puestos cercanos, o a las calles aledañas para que pidan «pa’ un taco»; y asegura que «casi siempre les va bien».

En ocasiones se va al mercado Escobedo o al de La Cruz. «Si tengo algo de lo que vendí compro unas tortillas, si no, pues tengo que pedir».

Como muchos de sus paisanos viene por temporadas a la ciudad. Ordinariamente pasa una semana aquí mientras logra vender algo de su mercancía; al término de ese tiempo regresa a su barrio en Mexquititlán, «para ver mis gallinas y mis plantas».

Un lugar para pasar la noche

La noche la pasa en un albergue cercano a la  Alameda Hidalgo, donde paga quince pesos por un rincón y una colchoneta.

«Otras veces, cuando no vendo nada, me voy al albergue municipal, pero son muy exigentes y hay mucha gente».

Reconoce que también ha tenido que dormir en la vía pública, cerca de la nueva biblioteca «Gómez Morín», o en los portales del centro. «Antes nos quedábamos con mi mamá por el rumbo del templo de La Cruz, pero ahora hay muchos malvivientes por ahí, y a mis hijos y a mí nos da miedo».

Acoso de los inspectores

Pero el miedo mayor no es precisamente a los vagabundos de la ciudad, sino a los inspectores municipales, quienes constantemente la acosan, como a casi todos los vendedores ambulantes, y le prohíben colocarse en algún punto de las calles, andadores o plazas del centro de esta ciudad.

«Nomás vemos uno, y es como si se nos apareciera el diablo —dice María Jaime— pintando una leve mueca que parece sonrisa; «junto mis cosas y me voy corriendo para que no me las quiten. Ya luego que veo que no andan, me regreso a seguir vendiendo».

Números, números

María Jaime es sólo una de las muchas personas indígenas que constantemente están yendo y viniendo de la zona indígena del sur de Querétaro a la capital del estado. 

Hay quienes señalan, como el caso de la presidencia municipal de Amealco, que cerca del 50% de la población indígena de ese municipio se ve obligada a emigrar temporalmente a Santiago de Querétaro o a otras ciudades del mismo estado o fuera de él, para «salir de la mala racha», vendiendo sus artesanías, como bordados, tejidos, muñecas y productos de alfarería, entre otros.

Según la Secretaría de Desarrollo Social, la zona indígena de Amealco está considerada como de «alta» o «muy alta marginación», es decir, aquella población que sobrevive con menos de un salario mínimo al día.

De acuerdo con la delegada estatal de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), la región étnica sur de Querétaro se caracteriza por contar con una «fuerte dependencia del ingreso externo para subsistir», pues las condiciones de pobreza y las escasas oportunidades de empleo han «estimulado la emigración, sobre todo la temporal, como sobrevivencia», principal actividad en la economía de la zona, junto con «la agricultura de subsistencia», que consiste en sembrar maíz, frijol, calabaza y chile para autoconsumo.

El notable rezago en infraestructura social parece perpetuarse; a decir de la CDI, en 2000, el 31.38  por ciento de las viviendas indígenas no contaban con agua potable, cifra que disminuyó a 16.16 por ciento en 2005; por su parte la carencia de energía eléctrica en casas habitación pasó de 25.27 por ciento a 10.92 por ciento en el periodo señalado.

Para hacer frente a la situación de miseria y para arraigar a los vecinos en sus comunidades, se han venido desarrollando proyectos productivos, patrocinados por algunas dependencias del gobierno federal y estatal; sin embargo, no han sido suficientes.

Así fue establecido en Amealco un corredor artesanal y una maquiladora que emplea a más de 2 mil personas, en su mayoría mujeres indígenas, pero no ha tenido el alcance necesario  para atender a los más de 22 mil pobladores de origen étnico que habitan en 37 de los 80 poblados de este municipio y que representan el 39 por ciento de 58 mil 921 habitantes de esta zona.

Querétaro, estado indígena

La población indígena de Querétaro está integrada por 23 mil 363, según datos del II Conteo de Población y Vivienda 2005, del INEGI; aunque la CDI maneja en sus estadísticas la presencia de 25 mil 269, de los cuales 22 mil 77 son otomíes, que  conforman el 86 %, localizados principalmente en los municipios de Amealco y Tolimán, y en menor medida en Cadereyta, Ezequiel Montes, Colón y Peñamiller; el resto del porcentaje lo constituyen algunos núcleos de población pame o xi’ui, y huasteca o teenek, en los municipios de Jalpan y Arroyo Seco, en la Sierra Gorda de la entidad. Querétaro se ubica como la tercera entidad con mayor número de hablantes de lengua otomí en el país.

Como papel volando…

Aunque se diga románticamente que la migración de Santiago Mexquititlán a la ciudad de Querétaro es una «tradición familiar», lo cierto es que en el fondo existe una intrincada serie de factores, entre los cuales destaca la pauperización del campo, la constante alza en el precio de los insumos necesarios para sostener una producción competitiva y los bajos precios de garantía a la hora de comercializar las cosechas; además del cambio en la tenencia de la tierra al ser modificado el artículo 27 constitucional que ha excusado a los otomíes a vender su tierra por la pobreza en la que viven, y a gastar el poco dinero que obtienen por la venta, quedando totalmente desamparados y sin un lugar para vivir.

Aunque es difícil contabilizar la magnitud de la presencia indígena en Santiago de Querétaro, el DIF a nivel nacional asegura que existen en ella tres mil quinientos niños en situación de calle; de éstos, el  80% son infantes otomíes oriundos de Santiago Mexquiti-tlán.


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