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FLOR DE HARINA (Sal 147, 14) 
Con acento lírico relata Tagore la pena de no haber sido más generoso.
Por el padre Justo López Melús Con acento lírico relata Tagore la pena de no haber sido más generoso. —Mendigando de puerta en puerta, iba andando por el camino que lleva a la ciudad, cuando a lo lejos apareció tu carroza de oro, como un sueño prodigioso, y me pregunté quién sería aquel rey de reyes. Creció mi esperanza y pensé: se terminaron los malos días y me dispuse a esperar que lloviesen las limosnas espontáneas y que el polvo apareciera sembrado de riquezas. —La carroza se detuvo a mi lado. Tu mirada se fijó en mí y descendiste como una sonrisa. Me di cuenta de que había llegado por fin la hora de mi suerte. De pronto tú tendiste tu mano derecha y me preguntaste: ¿Qué tienes para darme? ¡Ah, qué rareza real la de tender la mano al mendigo para pedirle limosna! —Yo permanecía confuso y perplejo. Al final saqué de mi alforja un granito de trigo y te lo di. Pero cuál no fue mi sorpresa cuando, al anochecer, al vaciar mi saco en el suelo, encontré un pequeño grano de oro en el mísero montón. Me puse a llorar amargamente y pensé: ¿Por qué no habré tenido ánimo para darme yo todo entero? En otros lugares, el poeta bengalí expresa el gozo de la generosidad. —Mientras voy caminando, se me derrama el agua de mi cántaro: ¡Qué poca me queda para mi casa! Canta la cascada: aunque un poco de mi agua basta al desierto, con qué alegría se la regalo toda. Soy la nube de otoño ya sin lluvia: mira mi plenitud en el arrozal maduro. La vida se nos da, y la merecemos dándola. Será tu vecino el que disfrute de las primicias de tus frutos. En el agua de tu cántaro beberán primero tus amigos. Si echo mi misma sombra en mi camino, es porque hay una lámpara en mí que no ha sido encendida. |