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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 28 de Marzo 2010

PÓRTICO

Image La carta del Papa Benedicto XVI a la Iglesia de Irlanda hará historia. Por varias razones, principalmente, por la valentía de un pontífice que se ha atrevido a decir las cosas por su nombre.

Por Jaime Septién

La carta del Papa Benedicto XVI a la Iglesia de Irlanda hará historia. Por varias razones, principalmente, por la valentía de un pontífice que —por amor— se ha atrevido a decir las cosas por su nombre. En la hora de la verdad, Benedicto XVI no duda un segundo en afirmar que los actos cometidos por algunos sacerdotes en Irlanda son crímenes abominables, ante Dios y ante los hombres. Así, sin rodeos, directo, contundente.

Y señala que en Irlanda, como en muchos otros lugares del mundo, se ha confundido el celo por proteger el buen nombre de la Iglesia con la complicidad con los criminales que, abusando de su posición, han traicionado a Cristo. Deben responder, dice el Papa, en los tribunales civiles y en el Tribunal Supremo. Más les hubiera valido atarse al cuello una piedra de molino...

Muchos pecadores sentimos un regusto amargo, pero, a la vez, feliz de que existan «otros» más malos que nosotros. Y caemos en la tentación de apuntar con el dedo a quienes abusaron de los niños como descargando en ellos nuestras horribles culpas, quizá en otros ámbitos menos perversos pero no menos dolorosas al corazón de la Iglesia. Nuestras culpas en el amor quedan «saldadas» cuando aparecen estos pecadores, y a ellos les colgamos el cartel de únicos culpables de que la Palabra de Dios no ilumine nuestro tiempo.

¡Insensatos! El Papa nos habla con la vehemencia de padre y pastor a cada uno de los hijos de la Iglesia. Nos pide, con lágrimas abundantes, una recuperación de la pureza, del asombro ante el milagro de la vida, del respeto a la dignidad del otro, en fin, nos exige que sepamos unir —como el artista— la belleza de una obra con el bien y con la verdad. Y eso es el amor al prójimo: el amor al pecador y el odio al pecado (lo que tanto trabajo nos cuesta comprender, pero que constituye el núcleo duro del mensaje cristiano).

Esta carta pasará a formar parte del legado de la Iglesia a la sociedad humana. Como el mea culpa de Juan Pablo II en el año 2000. La Iglesia llora las faltas de sus hijos. Por eso, nada más por eso, la Iglesia es cada día más grande, más bella, más poderosa: la humildad la hace invencible.

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