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VIGÍA 
Lamentablemente, la cantidad de fieles que leen libros u otras publicaciones católicas es ridículamente insignificante.
Por Javier Algara La Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada hace poco en Aparecida, Brasil, siguiendo lo que ya parece ser costumbre de los últimos papas, fue inaugurada por Benedicto XVI con un discurso que sentó las bases para muchos de los debates que ocuparon la atención de nuestros obispos durante las sesiones del encuentro, y cuyas conclusiones se encuentran ahora recogidas en el documento conclusivo de dicha asamblea. Se trataba de identificar y describir la realidad de la región, y los retos que se le presentan a la Iglesia en su tarea de ayudar a los católicos americanos a reconocer y desarrollar su naturaleza como discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos tengan vida. Entre las muchas estrategias que se indican como necesarias para acometer esa misión figura la utilización de los medios de comunicación. Se afirma que, con frecuencia, el Evangelio ha sido transmitido en forma poco apropiada a las nuevas condiciones socioculturales de nuestro planeta, con resultados lamentables, y que la tecnología informativa moderna puede ayudar a remediar esta situación. Es un hecho que la Iglesia americana verdaderamente está haciendo muchos esfuerzos en esta línea, con obvias diferencias de intensidad según los diferentes países, generadas por las condiciones políticas y económicas vigentes en ellos. Cine, documentales, radio, periodismo, etc., son algunos de estos instrumentos utilizados por organismos eclesiales al servicio de la nueva evangelización. Pero el que quizás sea el medio de comunicación más antiguo, el libro, con sus características únicas y sus inmensas posibilidades de ser un factor indispensable en la profundización de los contenidos doctrinales, parece que no está recibiendo el mismo empuje que los otros medios, al menos en nuestra patria, gran analfabeta funcional por tradición. Y una cosa que urge en nuestras comunidades eclesiales para hacer frente a la deserción masiva de fieles rumbo a las sectas o al indiferentismo religioso, es precisamente la habilidad para entender y profundizar en los contenidos de la fe. No que esta profundización sea necesaria para creer, pero si se quiere tener una feligresía bien formada para dar explicación de la fe, para dar razón de nuestra esperanza, a la par de las catequesis, del catecumenado, de los cursos bíblicos y otras actividades de educación en la fe, el libro debe ocupar un sitio especial. No puede ser suplantado o suplido por el internet, el cine y otras novedades informáticas. Lamentablemente, la cantidad de fieles que leen libros u otras publicaciones católicas es ridículamente insignificante. Quienes tenemos la experiencia de ayudar a difundir periódicos católicos como El Observador, sabemos del desaire olímpico que nos merecemos de parte de la casi totalidad de nuestras comunidades parroquiales. Establecer una librería católica en México es un altísimo riesgo financiero, a menos que en ella simultánea y mayoritariamente se vendan también estatuas y estampitas piadosas, rosarios, libros de texto escolares y hasta caramelos. ¿No podrá formar parte de las estrategias pastorales de los señores obispos una encaminada a fomentar la lectura de libros católicos? |