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Queremos ver al Crucificado en las tumbas y hasta en las cimas de los montes, pero antes la percepción era distinta - «Las reliquias de la cruz de Cristo son auténticas» asegura el investigador Michael Hesemann - Es falso que el Crucificado fuera representado sólo a partir del siglo IV - Veneración de la santa corona de espinas de Nuestro Señor Jesucristo - Hacer la señal de la cruz es una manera de confesar nuestra fe - ¿Cómo persignarse? - Que Cristo no murió en la Cruz... - ¿La cruz invertida es satánica? - La «adoración de la Cruz» del Viernes Santo, ¿es idolatría? - Tres anécdotas de la Cruz para leer en familia, en voz alta - No hay nada en la Cruz que merezca ser reverenciado, afirman muchos de nuestros hermanos separados
San Pablo desenmascara a los evangelizadores que no se apoyan en la Cruz de Cristo
Por Pedro García
Si tomamos en la mano cualquier estudio sobre la cruz de Cristo, tal como lo expone san Pablo, nos quedamos sorprendidos por la profundidad que encierra semejante misterio... No lo entenderemos nunca, desde luego. Un Dios que se hace hombre para morir en una cruz…, eso no cabe en ninguna cabeza. Pero así fue.
Cristo crucificado, nada más
Dejemos a los teólogos que discurran y discurran. Nosotros vamos a hacer otra cosa. Miramos las veces que Pablo suelta de su pluma la palabra «cruz» y, sin darnos cuenta casi, habremos adivinado intenciones secretísimas de Dios sobre ese hecho incomprensible de un Dios que muere en el último de los suplicios. Hablemos sin orden especial alguno. Empieza Pablo escribiendo a los de Corinto: «No quise saber entre ustedes otra cosa sino a Jesucristo, y Jesucristo crucificado» (1Co 2, 2).
Para Pablo, la ciencia suprema es Jesucristo. Pero, ¿por qué precisamente crucificado? Porque en la Cruz manifestó Dios su sabiduría, inimaginable para el mundo. Nos colocamos en el mundo de entonces, ¿y cómo juzgan los hombres a ése que cuelga de un madero, y es anunciado como Salvador?
Vivamente rechazado
Los judíos comentan: «¿Jesús?... ¡Un maldito de Dios! La Biblia lo dice bien claro: ¡Maldito quien cuelga de un madero! (Dt 21,23). Pablo, con ese Cristo vete a otra parte…». Los griegos se ríen: «¿Un Dios ajusticiado en la cruz? Tu, charlatán: anda con ese cuento y esa necedad a predicar a tontos. A nosotros, no».
Pero Pablo se mantiene en las suyas: «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles. Pero para nosotros, los llamados a la fe, tanto judíos como paganos, el Cristo de la Cruz es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la locura divina es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que todos los hombres juntos» (1Co 1, 23-25).
¡Cayeron en la trampa!
Por eso cayeron en la trampa los jefes del pueblo al entregar a Jesús a la muerte de cruz. A pesar de lo listo que es, se engañó el mismo Satanás, que manejaba los hilos. De haberlo sabido el demonio y los jefes —pero no podían comprenderlo— “nunca hubieran crucificado al Señor de la Gloria” (1Co 2 ,8).
De aquí viene la decisión de Pablo, contra el parecer de griegos y judíos: «¿Saben por qué no hice alarde de elocuencia al anunciarles el Evangelio? ¡Para no restar fuerza a la cruz de Cristo! Si hubiera predicado con elegancia retórica, hubieran hecho caso a mis palabras bonitas, no a la verdad de Dios» (1Co 1,17).
Sin Cruz, un Cristo adulterado
A otros predicadores presumidos, Pablo les echa en cara: «¡Se acabó el escándalo de la cruz!”. Con su manera de predicar, anuncian a un Cristo adulterado, al adulterar la palabra de Dios» (cfr. Gal 5, 11; 2Co 4, 2). Y explica bien claro lo que le ocurrió en Corinto: «Por eso, hermanos, cuando llegué a ustedes, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciarles el misterio de Dios, pues no quise saber entre ustedes sino a Jesucristo, y éste crucificado. Y me presenté ante ustedes débil, tímido y tembloroso. Y así mi palabra y mi predicación no se apoyaban en persuasivos discursos de sabiduría, a fin de que su fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios» (1Co 2,1-5).
A los fieles que creyeron a aquellos predicadores embusteros Pablo les echa en cara: «¡Gálatas insensatos! ¿Quién les ha fascinado a ustedes, a cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado? ¿Tan necios son, que se van detrás de otro Cristo falsificado, predicado por esos que son —y lo digo llorando— enemigos de la cruz de Cristo, destinados a la perdición?» (Gal 3,1; Flp 3,18-19).
Quien de verdad ama a Cristo se abraza a su propia cruz
Pablo desenmascara a los evangelizadores que no se apoyan en la Cruz de Cristo. «¿Saben por qué lo hacen? Actúan así con el único fin de evitar la persecución por la cruz de Cristo» (Gal 6, 12).
Aquí está la razón suprema de todos los enemigos de Cristo. La Cruz estorba, naturalmente. Quien ama a Cristo Crucificado se abraza también con la propia cruz.
Si el mundo busca comodidad y placer…; si va detrás de la vanidad y el orgullo…; si rehuye todo lo que signifique sacrificio…, entonces, lo mejor es no mirar la Cruz, trae más cuenta olvidarla, y, si es preciso, destruirla como han hecho todas las revoluciones sociales anticristianas. Pablo, que lo sabe muy bien, hace y enseña a hacer todo lo contrario: enamorarse de la Cruz de Cristo. Sus palabras, para el pensar del mundo, resultan desconcertantes. Como cuando dice: «¡Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de mi Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo!» (Gal 6, 14).
«Mi hombre viejo, lo que yo era antes de mi conversión, ha sido crucificado con Cristo, para que el pecado quede destruido (Ro 6, 6).
«¿Qué me importa entonces el mundo, si me puede perder? ¿Y que le importo yo al mundo, si voy siempre contra corriente de lo que él hace? El mundo me interesa sólo para llevarlo a Cristo. Digo con toda verdad: ‘Yo, Pablo, estoy crucificado con Cristo… Porque los que son de Cristo han crucificado la propia carne con sus concupiscencias’» (Gal 2, 19; 5, 21).
¿Por qué Pablo mira la Cruz con simpatía?
Pablo mira la Cruz con una simpatía enorme. «¿Por qué no? Por ella nos vino la salvación, al hacerse Cristo obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz» (Flp 2, 6). En la Cruz de su Hijo, «Dios clavó y dio por anulada la escritura de condenación que pe-saba contra nosotros», y «por la sangre de Jesús concedió la paz a un mundo que estaba dividido» (Col 2, 14; 1, 10). Ahora, en la Cruz de Cristo, todos los hombres se sienten hermanos.
Realmente, mirando la Cruz podemos decir, más que nunca, que nuestros pensamientos no son los pensamientos de Dios. El misterio de la Cruz se entiende sólo cuando se la mira con ojos de fe. Y amar la Cruz, ¡por difícil que sea!, solamente se consigue cuando en el corazón hay un amor grande a Jesucristo.
Queremos ver al Crucificado en las tumbas y hasta en las cimas de los montes, pero antes la percepción era distinta La historia de este horrendo suplicio permite entender lo que san Pablo llama el «escándalo» y la «locura» de la Cruz
Estamos de tal manera habituados a ver la cruz y a Cristo crucificado en ella que nos resulta difícil percatarnos de la trágica realidad oculta tras la imagen del crucifijo.
La hemos convertido con justa razón en símbolo del cristianismo y queremos ver al Crucificado en las tumbas de los difuntos y hasta en las cimas de los montes, como símbolo de la fe cristiana y del triunfo en la lucha contra la muerte y las potencias del mal. ¿Pero qué era la cruz en el mundo antiguo y qué representó la crucifixión de Jesús?
Uno o dos maderos
La pena de muerte en la cruz (crux en latín, stauros en griego) fue precedida por un árbol o un poste (xylon) en el cual se colgaba al condenado, amarrándolo con cuerdas o fijándolo con clavos. Posteriormente se agregó al poste fijado en el suelo en posición vertical (stipes) un palo transversal llamado patibulum. El patibulum solía encontrarse en el lugar del suplicio, pero en general el condenado lo llevaba sobre la espalda y se fijaba sobre el palo vertical formando una T. En ese caso la crux se denominaba crux capitata o crux immissa. En otras oportunidades, el palo transversal se identificaba como supplicium.
Posiciones y crucifixiones masivas
La crucifixión se practicaba de distintas formas. «Veo cruces en ese lugar —escribe Séneca—, no todas del mismo tipo, sino construidas de distintas maneras por unos y otros: hay quienes cuelgan a sus víctimas cabeza abajo, otros las empalan, otros extienden los brazos sobre el patíbulo».
En Judea eran frecuentes las crucifixiones masivas de parte de los ocupantes romanos: en el año 4 A.C. Varo ordenó crucificar a todos los prisioneros capturados; Félix hizo otro tanto con una gran cantidad de «bandidos» (se trataba de rebeldes ante la autoridad romana); Floro llevó a cabo lo mismo en Jerusalén. En Roma, después del incendio del año 64 D.C., que destruyó la ciudad, se acusó a los cristianos de incendiarios y Nerón los hacía colgar en cruces y los quemaba vivos al final del día.
Los delitos que merecían la cruz
En la tradición jurídica romana los delitos castigados con la crucifixión eran la deserción ante el enemigo, la violación de un secreto de Estado, la incitación a la revuelta, el asesinato, las predicciones sobre la prosperidad de los gobernantes, la impiedad nocturna, la magia y la falsificación grave de un testamento.
A causa de su crueldad, la pena de la crucifixión no era una amenaza para los miembros de las clases altas de la sociedad.
Una práctica iniciada por los persas
Al parecer, los iniciadores de la práctica de la crucifixión fueron los persas. Esta forma de dar muerte probablemente tenía un sentido religioso, ya que de este modo la tierra, dedicada a Ormuzd, no se contaminaba por no estar el cuerpo del ajusticiado en contacto con ella. La práctica pasó de los persas a los griegos, a los cartagineses y a los romanos. Los cartagineses castigaban con la crucifixión a sus generales y almirantes cuando eran derrotados en la guerra o daban muestras de excesiva independencia; pero esta pena se aplicaba con más frecuencia para someter a las ciudades rebeldes u obligar a rendirse a las ciudades sitiadas. Así ocurrió en Tiro, sitiada por Alejandro, donde hizo crucificar a dos mil habitantes.
En el mundo grecorromano la crucifixión era la pena impuesta a los rebeldes y los bandidos, pero al mismo tiempo típica de los esclavos. En efecto, se llamaba precisamente servile supplicium (el «suplicio de los esclavos»). Cicerón la definió como el «suplicio más cruel y horrible que existe».
En el mundo judaico la crucifixión se practicó durante el período asmoneo, que se extiende desde la rebelión de los Macabeos (siglo II A.C.) hasta el año 63 A.C., cuando Pompeyo conquistó Palestina. Así, Alejandro Janeo ordenó crucificar a 800 hebreos, probablemente fariseos. Herodes suprimió esta pena, ciertamente para tomar distancia con los asmoneos y no movido por espíritu humanitario.
Después de haber recurrido excesivamente los romanos a la crucifixión con el fin de controlar la rebelión judaica, la pena dejó de imponerse en Palestina, tanto más por cuanto en la crucifixión estaba implícita la condena de Dios (cfr. Dt 21, 22-23). De acuerdo con la ley judaica, la maldición de Dios recaía sobre el hombre crucificado. Esto explica por qué la prédica cristiana sobre el Mesías crucificado de los primeros tiempos provocó escándalo entre los hebreos: ¿cómo podía el Mesías ser un hombre crucificado y por lo tanto «maldecido» por Dios?
En todo caso, es importante observar que la ley judaica no enfocaba el hecho de ser colgado en un madero como una pena de muerte, sino como un castigo adicional. Efectivamente, este castigo se aplicaba a los idólatras y blasfemos apedreados y, por consiguiente, después de muertos.
Pena adicional
La muerte de los crucificados era sumamente dolorosa y muy lenta, de manera que a veces podían permanecer varios días en la cruz. Después de morir se dejaba al crucificado pudrirse en la cruz en calidad de alimento para las bestias. No tenía derecho a sepultura a menos que sus parientes hubieran conseguido que les entregaran el cadáver.
La crucifixión como pena de muerte sólo fue abolida a partir del emperador romano Constantino.
El inexplicable éxito del cristianismo
Estos datos históricos sobre la crucifixión nos ayudan a comprender las grandes dificultades de las primeras prédicas cristianas de los discípulos de Jesús y de la acogida de parte de los judíos y los paganos. Tanto así que el historiador se pregunta justamente cómo fue posible el éxito del cristianismo primitivo y si debiera reconocer o al menos sospechar que realmente se produjo esa intervención sobrenatural llamada por la fe el «poder del Espíritu Santo».
La «locura» y el «escándalo» de la muerte de Jesús en la Cruz eran aún mayores por el hecho de anunciar Pablo que Su muerte tenía un carácter redentor a pesar de haber sido tan espantosa.
Por otra parte, la Torâ no apoyaba el hecho de morir por los demás: «No morirán los padres por la culpa de los hijos, ni los hijos por la culpa de los padres; cada uno será condenado a muerte por pecado suyo» (Dt 24, 16).
Se comprende así de qué magnitud pudieron ser esos obstáculos enfrentados por la predicación cristiana primitiva sobre el Mesías crucificado. Únicamente el anuncio de la Resurrección contribuyó a la superación de todo obstáculo. Así, el Mesías crucificado para la salvación de los hombres es también el Señor resucitado y glorificado, y si con esto el escándalo de la crucifixión no desaparece, ciertamente se atenúa.
Resumido de Civiltà Cattolica Nº 3582
«Las reliquias de la cruz de Cristo son auténticas» asegura el investigador Michael Hesemann Después de la Sábana Santa, la inscripción «INRI» es la prueba más importante que confirma la veracidad de los Evangelios
Las reliquias de la Cruz de Cristo, conservadas en la basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén, o al menos la inscripción «INRI», son verdaderas. Esta es la conclusión a la que ha llegado el experto Michael Hesemann en su libro Titulus Crucis, publicado en italiano por la editorial San Paolo desde el año 2000.
Lo que dijeron los expertos
Hesemann comenzó sus investigaciones en mayo de 1995, al recibir la autorización del entonces sustituto de la secretaría de Estado, el arzobispo Giovanni Battista Re. Con fotos de los fragmentos de la Cruz de Cristo, en particular del titulus, conservadas en la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma, viajó a Israel, donde obtuvo de los expertos en arqueología tres respuestas.
Un estudioso judío, que analizó las fotos, dijo que el titulus se remonta «al período que va del I al IV siglo d.C.». Un perito griego lo encuadró en el siglo I d. C. con «absoluta» seguridad. Por último, un estudioso latino coincidió con este último.
De este modo, Hesemann pidió la ayuda del experto italiano, Elio Corona, quien examinó los fragmentos de madera que, según la tradición, llevó a Roma santa Elena, la madre del emperador Constantino. El experto consideró que se trata de «madera de olivo».
Hesemann asegura que el Carbono 14 encuadra la reliquia en ese período histórico. Si las investigaciones del escritor alemán se confirman, nos encontraríamos «ante un documento histórico del proceso más espectacular de la historia del mundo». Y recuerda que las primeras narraciones de los peregrinos cristianos ya hacían mención al titulus.
«La inscripción (titulus) encima de la Cruz de Cristo ‘Jesús Nazareno, Rey de los Judíos’ (INRI) es, tras la Sábana Santa de Turín, la prueba más importante que confirma la veracidad de los Evangelios, en una época de escepticismo», concluye Michael Hesemann.
Hesemann afirma que el titulus que se conserva en la basílica romana es sólo la mitad del original. La parte derecha, que fue mencionada por varios testigos hasta el siglo VI después de Cristo, ha desaparecido.
Zenit-El Observador
Es falso que el Crucificado fuera representado sólo a partir del siglo IV El ofensivo «grafito de Alexámenos» es la prueba
Es común la acusación que hacen ciertas sectas protestantes de corte iconofóbico —aquellas que tienen un horror irracional hacia toda clase de imágenes religiosas— de que el crucifijo sólo fue «inventado» como signo religioso por la paganizada Iglesia católica a partir de Constantino, es decir, sólo desde principios del siglo IV, y que, por lo tanto, los primeros cristianos jamás emplearon la Cruz, sino el pez (ictus). Aseguran que no hay imágenes que prueben que el Crucificado fuera representado, ya que Jesús está resucitado y no muerto, por lo que no hay por qué volver a ocuparse de su Cruz.
¿Sólo el pez y nada de la cruz?
Dicha acusación se debe, como suele suceder, a un desconocimiento real de la historia. Para empezar, es falso que el pez fuera el único y verdadadero símbolo cristiano. En realidad había muchos signos del cristianismo en la primitiva Iglesia, y para ello basta con mirar lo que se pintó en las catacumbas: el ave fénix, el áncla, la paloma, el orante, el Buen Pastor, el mencionado pez y, sobre todo, el monograma de Cristo, formado por dos letras del alfabeto griego: la X (ji) y la P (ro) superpuestas; se trata de las dos primeras letras de la palabra griega Christòs (Jristós), es decir, Cristo. El monograma, que entre otras cosas se grababa o pintaba en tumbas para indicar que el difunto era cristiano, es el más antiguo de todos los símbolos cristianos, y aún se emplea continuamente en los templos cristianos y en los ornamentos litúrgicos.
Aunque la Cruz como signo de pertenencia a Cristo se popularizó a partir del siglo IV, la representación de Cristo crucificado es anterior, aunque no se conserven muchas pruebas pictóricas. Pero hay que fijarse principalmente en el «grafito de Alexámenos».
El citado grafito, también llamado «grafito de burla del Palatino», que se conserva en el museo de las Termas de la ciudad de Roma y que fue elaborado no en siglo IV ni después, sino entre finales del siglo II y principios del III, es una caricatura garrapateada en una pared por los estudiantes paganos del colegio imperial para burlarse de un condiscípulo; en ella aparece un soldado romano cristiano postrado de rodillas ante un crucifijo con rostro de asno, y debajo se lee el comentario sarcástico: «Alexámenos adora a su Dios». La calumnia más extendida de los paganos romanos de ese tiempo contra los cristianos era que estos últimos adoraban «una cabeza de asno».
Lo peculiar de la ofensiva caricatura es que el personaje crucificado con cabeza de asno viste una especie de camisa. La costumbre romana era la de crucificar a los reos sin ninguna clase de ropa, de ahí que el «grafito de Alexámenos» evidencia que los paganos ya conocían las imágenes cristianas del Crucificado, a quien jamás la Iglesia lo representa completamente desnudo.
D.R.G.B.
UNA RELIQUIA DEL MISTERIO DE LA PASIÓN Veneración de la santa corona de espinas de Nuestro Señor Jesucristo
Por Francisco de Jesús Ángeles Cerón / París
Son casi las tres de la tarde del penúltimo viernes de Cuaresma, y los asientos que ofrece la catedral de Notre Dame de París este día están prácticamente llenos. Es normal ver los pasillos de la catedral de la ciudad luz abarrotados de turistas, pero no lo es tanto ver sus lugares llenos de expectantes peregrinos. Esta tarde van a exponerse para su adoración algunas reliquias de la Pasión, entre las que destaca la Santa Corona de Espinas, y justamente a la hora recién citada los pasillos se cierran a los turistas y se abren sólo a la fe de los peregrinos.
Sólo en las primeras dos filas de asientos al centro de la catedral se pueden observar peregrinos de varias naciones, se pueden escuchar murmullos en inglés y en francés, naturalmente, pero también en japonés, en alguna lengua que no alcanzo a reconocer y también en alemán, y este mexicano que aquí escribe, aunque guarda silencio, habla en español para sus adentros, y, tal como quienes le rodean, está también él desde su corazón pendiente de lo que ahí va a ocurrir.
El eco de una campana pone a todos de pie y los acordes de la música sacra llenan los espacios de la catedral de Nuestra Señora de París desde el sitio que ocupa su órgano mayor hasta el último rincón de ésta. La procesión anuncia el inicio de la ceremonia y los ojos de cuantos estamos ahí contemplan el paso de las reliquias custodiadas por el incienso y por los canónigos del Capítulo de la catedral de Notre Dame.
Las reliquias fueron expuestas en el altar y la liturgia de la Palabra comenzó. Las miradas se posaban, todas ellas, en la santa corona de espinas, mientras la palabra de Dios nos envolvía a través de las lecturas preparadas para la ocasión y, a través de la meditación, también preparada para tal efecto.
El transcurso de la ceremonia litúrgica hacía más dulce la espera para estar más cerca de las reliquias. Y ese momento llegó. Como todo peregrino, yo también pude estar muy cerca de las reliquias de la Pasión cuando éstas fueron puestas en las manos de un canónigo que, frente al altar, las exponía a los fieles para que éstos pudieran venerarlas.
Son sólo algunos segundos los que puede uno estar cerca de la santa corona de espinas, pero esos segundos bastan para contemplar ese signo en el que puede nuestra vista apreciar una huella del gran amor de Cristo en su pasión dolorosa. Es realmente inexplicable y las palabras no alcanzan para describir la sensación que envuelve a quien tiene la misteriosa e inmerecida oportunidad de contemplar por un momento estas reliquias que de instrumento de tortura pasaron a ser, por el gran amor de Nuestro Señor, instrumentos de salvación. El silencio es lo más digno, acaso, para seguir contemplando en el recuerdo el santo Misterio que estas reliquias nos traen a la memoria.
Estas reliquias descansan en Paris desde el año 1239, gracias a San Luis, y para su solemne conservación fue construida la Sainte Chapelle, pero desde la Revolución fueron confiadas a los canónigos del Capítulo de la catedral de Notre Dame de París y colocadas bajo la vigilancia estatutaria de los Caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalén.
Hacer la señal de la cruz es una manera de confesar nuestra fe «Estoy bautizado, pertenezco a Cristo, Él es mi Salvador, la Cruz de Cristo es el origen y razón de mi existencia»
La cruz es el símbolo radical, primordial para los cristianos. Durante los tres primeros siglos de la era cristiana parece que no se representó plásticamente la cruz. Fue en el siglo IV cuando la cruz se convirtió, poco a poco, en el símbolo predilecto para representar a Cristo y su misterio de salvación. Y con el descubrimiento de la verdadera Cruz de Cristo, en Jerusalén, el año 326, por santa Elena, la atención de los cristianos hacia la Cruz fue creciendo. La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, que celebramos el 14 de septiembre, se conoce ya en Oriente en el siglo V, y en Roma al menos desde el siglo VII.
Del Cristo glorioso al Cristo sufriente
Las primeras representaciones pictóricas o esculturales de la Cruz ofrecen a un Cristo glorioso, con larga túnica, con corona real: está en la Cruz, pero es el Vencedor, el Resucitado. Sólo más tarde, con la espiritualidad de la Edad Media, se le representará en su estado de sufrimiento y dolor.
La Cruz es un símbolo repetidísimo en sus variadas formas:
- La Cruz que preside la celebración eucarística, sobre el altar o cerca de él.
- La Cruz procesional que encabeza el rito de entrada en las ocasiones más solemnes, y parece ser el origen de que luego el lugar de la celebración esté presidido por ella.
- Las que colocamos en las habitaciones de nuestra casa.
- La Cruz pectoral de los obispos y el báculo pastoral del Papa.
- Las Cruces penitenciales que los nazarenos portan sobre sus espaldas en las precesiones de Semana Santa.
- La Cruz como adorno y hasta como joya, que muchas personas llevan en el cuello.
- Y las variadas formas de «señal de la Cruz» que trazamos sobre las personas y las cosas (en forma de bendición) o sobre nosotros mismos en momentos tan significativos como el comienzo de la Eucaristía o el rito del Bautismo...
Una verdadera cátedra
No nos damos cuenta, porque ya estamos acostumbrados a ver la Cruz en la Iglesia o en nuestras casas. Pero la Cruz es una verdadera cátedra, desde la que Cristo predica siempre la gran lección del cristianismo. La Cruz resume toda teología sobre Dios, sobre el misterio de la salvación de Cristo, sobre la vida cristiana.
La Cruz es todo un discurso:
- Nos presenta a un Dios trascendente, pero cercano;
- un Dios que ha querido vencer el mal con su propio dolor;
- un Cristo que es Juez y Señor, pero a la vez siervo que ha querido llegar a la total entrega de sí mismo, como imagen plástica del amor y de la condescendencia de Dios.
La Cruz ilumina nuestra vida. Nos da esperanza. Nos enseña el camino. Nos asegura la victoria de Cristo, a través de la renuncia a sí mismo, y nos compromete a seguir el mismo estilo de vida para llegar a la nueva experiencia del Resucitado.
Lo que atestiguamos
Hacer la señal de Cruz es confesar nuestra fe: Dios nos ha salvado en la Cruz de Cristo.
Es un signo de pertenencia; al hacer sobre nuestra persona esta señal es como si dijéramos: «Estoy bautizado, pertenezco a Cristo, Él es mi Salvador, la Cruz de Cristo es el origen y razón de mi existencia».
www.diocesisdecanarias.es
¿Cómo persignarse?
«He visto que no todas las personas lo hacen igual. ¿Cuál es la forma correcta?»
Consulta: «Me he dado cuenta de que mucha gente que conozco se persigna de manera distinta y quisiera que me aclaren, por favor, si existe una manera correcta o incorrecta de hacerlo».
Respuesta: Para persignarse se emplea la mano derecha. Se coloca el índice doblado detrás del pulgar, para formar una cruz. Y los tres dedos restantes se dejan extendidos y juntos. Algunos liturgistas dicen que ponerlos en esta posición nos ayuda a tener presente a la Santísima Trinidad al persignarnos.
Entonces, con los dedos en cruz, se trazan tres cruces pequeñas, dibujándolas imaginariamente, empezando por la parte superior del palo vertical, luego la parte inferior, luego el extremo izquierdo del palo transversal y luego el extremo derecho. Se traza una cruz sobre la frente, otra sobre los labios y otra sobre el pecho.
Algunas personas suelen persignarse diciendo para sí: «Por la señal de la Santa Cruz» (al trazar la cruz sobre la frente), «de nuestros enemigos» (al trazarla sobre los labios), «líbranos, Señor, Dios nuestro» (al trazarla sobre el pecho).
Después de eso, se dejan todos los dedos extendidos y unidos entre sí, y se traza una gran cruz que va de la frente al pecho y del hombro izquierdo al hombro derecho. Al trazar esta gran cruz se dice: «En el nombre del Padre» (al tocarse la frente), «del Hijo» (al tocarse el pecho), «y del Espíritu Santo» (al tocarse el hombro izquierdo y después el derecho).
En los países hispanoamericanos solemos terminar este rito colocando nuevamente el dedo índice y pulgar en forma de cruz y besándola tras decir «Amén».
El persignarse con sólo las tres cruces pequeñas (sobre frente, boca y pecho) se suele emplear, por ejemplo, antes de la proclamación del Evangelio en Misa. El otro modo de persignarse («En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo») se emplea en forma más común (antes de orar, al terminar la oración, al inicio y final de la Misa, etc.).
Es incorrecto persignarse apresuradamente, trazando una especie de garabato que no se entiende, como si diera pena trazarse la cruz; tampoco se deben trazar más cruces de las mencionadas ni más veces de las mencionadas, pues no se trata de un ritual supersticioso, sino de expresar lo que pide Jesús en el Evangelio que se proclama en Misa, que somos apóstoles de Cristo, enviados a anunciar al mundo la Buena Nueva en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Fuente: Desde la Fe
Variación en las Iglesia orientales
En las Iglesias orientales, en especial los católicos y ortodoxos de rito bizantino, juntan los dedos índice, medio y pulgar de la mano derecha representando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, que es un solo Dios. Los dedos anular y meñique se doblan; representan las dos naturalezas del Mesías: verdarero Dios y verdadero Hombre.
La costumbre de santiguarse nos viene de los primeros cristianos
Persignarse o santiguarse es hacer el gesto ritual de la señal de la Cruz. Esta costumbre pertenece al primer siglo de la era cristiana. Según una tradición, san Juan antes de su muerte dibujó una cruz sobre su cabeza con la mano; es decir, que el uso de esta señal habría sido transmitido a la Iglesia por los propios Apóstoles.
Los primeros cristianos comenzaban todo acto con la señal de la Cruz. El sacerdote también se santiguaba al comenzar el sermón, y usaba ya el mismo signo en cualquier oficio de la Iglesia. En las actas de san Afri, escritas en el siglo I, se relata que cierta vez un pagano le dijo a san Narquis y a su diácono: «Sé que son cristianos, ya que con frecuencia signan su frente con la cruz». Y Tertuliano a principios del siglo II escribe que los cristianos se persignaban durante todas sus ocupaciones, ante cada movimiento: cuando salían o volvían a su casa, cuando se vestían y se calzaban, al entrar al baño, al sentarse a la mesa, al encender las lámparas, al comenzar una conversación, al acostarse, etc. Se signaban siempre con la mano derecha, aunque de distinta manera: al principio lo hacían con un dedo signando la frente, la boca y el pecho. Luego se persignaban tocando con la mano la frente, el pecho, el hombro izquierdo y después el derecho.
RESUELVE TUS DUDAS
Que Cristo no murió en la Cruz...
PREGUNTA: Tengo amigos de la secta «Testigos de Jehová» que dicen que Jesús no murió en una cruz, sino en un palo vertical.
RESPUESTA: En todas las Biblias del mundo dicen que Jesucristo murió en una cruz, excepto en la «biblia» de los jehovistas (miembros de la secta Testigos de Jehová). Aun así, hay que subrayar que esta religión, durante sus primeros 50 años de existencia, creyó en la Cruz (ver su libro Plan Divino de las edades, estudio XII ), y que no fue hasta 1925 que decidió inventar una nueva doctrina sin la Cruz. De ahí que se vio obligada a escribir su propia «biblia» para poder desaparecer la palabra «cruz» y sustituirla por «madero de tormento».
Las cuatro veces que en el Nuevo Testamento se menciona la palabra «madero» con relación a la pasión de Cristo, no se estaba diciendo que hubiera ocurrido en un palo vertical, sino que se refiere al material del que estaba hecha la Cruz. Los jehovistas dibujan a Jesús con las manos extendidas hacia arriba y le ponen el letrero encima de sus manos, pero la Palabra de Dios es muy clara al indicar que «sobre su cabeza pusieron, por escrito, la causa de su condena: «Este es Jesús, el Rey de los judíos» (Mt 27,37). El letrero estuvo encima de su cabeza, no encima de sus manos; y si lo dice así es porque no tenía las manos extendidas hacia arriba, sino hacia los lados, es decir, en forma de Cruz.
¿La cruz invertida es satánica?
PREGUNTA: Sé que los adoradores de Satanás usan el crucifijo invertido, para burlarse de Jesús. ¿Por qué, entonces, cuando Juan Pablo II fue a Galilea en el año 2000, usó en la Santa Misa un sillón satánico?
RESPUESTA: Frecuentemente los que somos ignorantes en materia de religión y teología, relacionamos la imagen de la cruz invertida con sectas satánicas o prácticas del mal o cuestiones demoniacas; y, aunque, en efecto, es usada para cuestiones malévolas, el significado histórico o teológico es otro.
Desde el punto de vista del cristianismo, la cruz invertida simboliza la forma en que murió el apóstol san Pedro, hacia el año 64. Cuando fue conducido al monte para ser crucificado, pidió que lo pusieran de cabeza ya que no se sentía digno de morir igual que su Dios y Señor. Los Padres de la Iglesia mencionan este acontecimiento petrino en diversas ocasiones. Cuando Juan Pablo II visitó Tierra Santa en el año jubilar de 2000, en la Misa en Galilea ocupó un sillón con una cruz invertida en el respaldo; se diseñó así para significar que dicha sede (el asiento que ocupa el que preside la Eucaristía) era propia del sucesor de san Pedro. Así, en este caso la cruz invertida no tiene ninguna connotación satánica.
La «adoración de la Cruz» del Viernes Santo, ¿es idolatría?
PREGUNTA: ¿Por qué la Iglesia tiene el Viernes Santo un rito que se llama «adoración de la cruz»? Esa terminología hace parecer que somos idólatras, al «adorar» dos palos cruzados.
RESPUESTA: Dado que la adoración es un acto que se dirige sólo a la divinidad, es verdad que la terminología «adoración de la Cruz» parece blasfemia, y causa confusión incluso dentro de los ambientes católicos. También es verdad que existe toda una teología al respecto, con terminologías aún más confusas que poco ayudan: que si el primer significado de la palabra latina ad-orare es «elevar una súplica»; que si no es lo mismo la «adoración de latría» que la «adoración de dulía»; que si santo Tomás de Aquino opina que a la Cruz debemos darle ambos tipos de «adoración»; que si nuestra «adoración de latría» a la Cruz no debe ser «absoluta» pero «sí relativa», etc.
Es probable que el nombre de «adoración de la Cruz» nunca se cambie, aun cuando pueda seguir causando algún daño en la fe del pueblo cristiano. Por eso debe quedarnos claro lo que dijo san Juan Damasceno en el siglo VIII: que «el honor dado a una imagen se dirige y llega hasta el prototipo», y, por tanto, el culto de adoración no va dirigido a los pedazos de madera que forman la cruz, ni si siquiera a la imagen de Cristo que puede haber sobre tal cruz, sino a Cristo mismo. Dice el Salmo 99, 5: «Postraos ante el estrado de sus pies», y esto es para adorar a Dios, no para adorar el estrado. Lo mismo ocurre con el crucifijo el Viernes Santo; de ahí que la llamada «adoración de la cruz» deba entenderse como «adoración de Cristo en el misterio de la Cruz», o «adoración de Cristo crucificado», y nada más.
Tres anécdotas de la Cruz para leer en familia, en voz alta
Los tres árboles
Había una vez tres árboles que comentaban entre sí sus sueños y deseos. El primero dijo: «Yo deseo que algún día mi madera pueda servir como un cofre donde los hombres almacenen elegantes joyas y sus tesoros más preciados».
El segundo dijo: «Yo deseo que algún día hagan de mí una gran embarcación, donde pueda navegar por el mar y transporten en mí a los reyes y personas más importantes de la Tierra durante sus viajes».
El tercero dijo: «Yo quiero crecer y llegar a ser el arból más grande del bosque. Así, cuando los hombres me vean, pensarán en lo grande que es Dios y qué tan cerca estoy del cielo».
Así pasaron los años hasta que un día llego un leñador al bosque. Miró el primer árbol y dijo: «Creo que podré vender su madera al artesano del pueblo». El árbol se sintió feliz al pensar que su sueño de convertirse en cofre de tesoros podría ahora hacerse realidad.
Miró al segundo y dijo: «A éste lo venderé al carpintero del puerto». El árbol se sintió feliz pues creía que su sueño de convertirse en un gran barco se haría realidad muy pronto.
El leñador miró el tercer árbol y éste comenzó a sentir mucho miedo, pues sabía que si lo cortaban su deseo nunca se haría realidad. Entonces el leñador dijo: «No creo necesitar nada especial de este árbol, pero lo cortaré y veré que hago con su madera».
Así, los tres arbóles fueron cortados: al primero el artesano del pueblo lo tomó e hizo de él un pesebre que fue colocado en un establo donde sirvió para poner paja y alimentar así a los animales. Al segundo el carpintero lo convirtió en un pequeño bote, ni siquiera lo sufiecientemente grande para navegar en alta mar, por lo cual lo utilizaron para ir a pescar. Y el tercero fue convertido en dos largas piezas y fue puesto en una bódega, dejándolo así en el olvido. Tristemente los tres árboles se desilusionaron mucho pues vieron cómo sus deseos nunca se harían realidad. Hasta que un día un hombre y una mujer que eran peregrinos llegaron a pasar la noche en el establo. La mujer dió a luz a un pequeño, y hubiera querido haber tenido una cuna para haberlo puesto sobre ella luego que nació, pero al no haber más lo colocaron sobre aquel pesebre. Entonces el árbol comprendió que sobre él había estado el tesoro más grande, Dios mismo hecho hombre.
El segundo árbol estaba también muy triste siendo una pequeña lancha, hasta que un día unos hombres que eran pescadores subieron en él, y, mientras una gran tormenta azotaba con fuertes vientos y uno de ellos dormía tranquilamente, doce hombres asustados despertaron al que dormía y éste dijo al viento y al mar: «¡Que haya calma!». Y la tormenta cesó inmediatamente. Entonces el árbol comprendió que él había sido el transporte del Rey de Reyes y Señor de Señores.
El tercer árbol se sentía muy triste también, hasta que un día sus dos piezas fueron unidas en forma de cruz, y fue cargado por un hombre al cual escupían y maltrataban durante su trayectoria en medio de una multitud de gente, y al llegar a la cima de un cerro fue clavado sobre él. Entonces el árbol comprendió que su deseo de ser el más cercano al Cielo se volvió realidad, al poder haber sido partícipe de la salvación de los hombres y tener sobre él al Hijo de Dios, al Redentor.
A veces pedimos al Señor cosas que no recibimos inmediatamente, y a veces hasta pensamos que Dios no escucha nuestras súplicas. Pero lo cierto es que no todo lo que pedimos se nos dá de la manera que deseamos.Hay que ponernos en las manos de Dios y esperar en Él, puesto que muchas veces nuestros planes no son los planes de Dios; mas su plan siempre es el mejor para nosotros.
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La cruz abrazada
Un joven sentía que no podía más con sus problemas. Cayó entonces de rodillas, rezando: «Señor, no puedo seguir. Mi cruz es demasiado pesada» .
El Señor le contestó: «Hijo mío, si no puedes llevar el peso de tu cruz, guárdala dentro de esa habitación. Después escoge la cruz que tu quieras».
El joven suspiró aliviado: «Gracias, Señor».
Luego dio muchas vueltas por la habitación observando las cruces; había de todos los tamaños. Finalmente fijó sus ojos en una pequeña cruz apoyada junto a la puerta y susurró: «Señor, quisiera esa cruz». El Señor le contestó: «Hijo mío, ésa es la cruz que acabas de dejar».
Autor anónimo.
Lecciones del Crucifijo
Le ocurrió a un soldado en el frente de batalla. Cayó herido mortalmente. No se le podía llevar de momento al hospital mientras durase el fuego enemigo.
Entonces el médico de la compañía le dijo con cordialidad: «Amigo, ¿quiere que le inyecte algo de morfina para que se le calmen los dolores?».
El soldado, que había aprendido muy bien la ley suprema de Cristo clavado en la Cruz, respondió: «Gracias, pero, no hace falta. Jesús en la Cruz no tuvo alivio alguno. ¿Por qué voy a ser yo menos?».
Las lecciones de Jesucristo en la Cruz son la ciencia más alta que Dios ha comunicado al mundo. La Cruz nos dice ante todo lo que es la justicia de Dios. ¿Quién puede satisfacer a un Dios ofendido? Sólo Dios podía pagar a Dios, y Dios halló la fórmula en su Hijo hecho Hombre: «¡Padre, aquí estoy! Toma, y cóbrate todo lo que te deben mis hermanos los hombres. Eres Dios, y Dios te pide perdón... ¿Aceptas o no aceptas?». Y Dios Padre aceptaba, ¡vaya que sí aceptaba!
Agonizaba san Felipe Benicio. Y en su lecho de muerte pedía: «¡Tráiganme el libro!». Pensaban los presentes: «¡Pobrecito, ya delira! ¿Para qué quiere un libro en estos momentos?». Pero el enfermo insistía: «¡Tráiganme el libro, mi libro!».
Viendo que nadie le entendía, clavó la mirada en el Crucifijo que pendía de la pared, y todos adivinaron. tras descolgar la bendita imagen, se la pusieron en las manos; la besó el moribundo y exclamó: «¡Éste es el libro en el que he estudiado durante toda mi vida!».
Por Pedro García, cfm / Riial.org
No hay nada en la Cruz que merezca ser reverenciado, afirman muchos de nuestros hermanos separados Sin embargo, otros entre ellos, en sus diversos salones de reunión, tienen cruces... pero sin Cristo
«Algunos de mis amigos de otras religiones piensan que el único valor del crucifijo es espantar vampiros», platica el católico converso David MacDonald en su titio de internet. Este canadiense, que saltó del mundo del rock y del teatro en Brodway a la vida cristiana, sabe bastante de las trabas que el mundo protestante encuentra en la Cruz: «Un amigo evangélico me dijo: ‘¿Por qué los católicos adoran una cruz? La cruz fue un horrible instrumento de tortura. No hay nada en ella que merezca ser reverenciado. ¡Ustedes se han creado un ídolo!’».
No adoramos la Cruz
El propio David responde al anterior cuestionamiento: «Los católicos no adoramos la Cruz. Adoramos a Cristo y reconocemos su grandeza y su amor manifestado de la forma más extrema sobre la Cruz. La Cruz fue un instrumento de tortura, pero unido al Cuerpo de Cristo, que estuvo clavado en ella, toma para los cristianos una connotación diferente, muy diferente. La Cruz cobra su significado por la presencia de Jesús en ella. Si alguien quisiera crear un ídolo tendría que remover a Jesús de la Cruz y cambiar la historia».
Cruz sin Cristo
Y en realidad algo de eso ya sucede. A diferencia de los crucifijos con el Cuerpo herido de Jesús que pueden verse en templos católicos, ortodoxos y hasta entre los luteranos y anglicanos, numerosos salones de reunión de las sectas protestantes tienen como símbolo una cruz vacía.
Cada año, desde hace 22, la secta estadounidense Catedral Crystal, de Garden Grove, California, hace una representación teatral espectacular que se titula La Gloria de la Pascua. En ella el juicio y crucifixión de Jesús son misericordiosamente rápidos —entre menos se note que sufrió, mejor—. La secta sí utiliza la cruz en su catedral, pero sin Cristo
Para resucitar tuvo que morir
«¿Por qué veneramos el crucifijo si ya Jesús ha resucitado?», le preguntan al sacerdote Jordi Rivero en el sitio católico de internet Corazones.org. El presbítero responde: «La Cruz es parte inseparable del misterio pascual que incluye Pasión, Muerte y Resurrección... El crucifijo en ninguna manera niega la Resurrección sino que manifiesta la seriedad de nuestros pecados y el amor infinito con que Cristo murió para salvarnos».
Observa el padre Jordi que la Cruz es mencionada explícitamente 29 veces en el Nuevo Testamento, aunque muchas más veces se refiere a ella sin usar la palabra exacta. Lo importante es que Jesús, colgado del madero, es quien nos atrae.El propio Cristo lo dijo: «Y Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí» (Juan 12,32). Esta enseñanza, afirma el sacerdote, «es válida para todos los tiempos. Contemplar a Jesús ‘levantado’ en la Cruz es clave para conocerlo íntimamente».
Signo del amor que Dios nos tiene
San Pedro, los Once y los demás discípulos proclamaron la Cruz sin cesar. Testimonio de ello es lo que quedó escrito en algunas de las cartas de san Pablo. La exaltación de este símbolo cristiano es clarísima: «Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo» (Gálatas 6,14).
El padre Jordi recomienda: «A los que nos atacan por llevar la Cruz en el cuello o tenerla en un lugar de honor en nuestras casas o por erguirla sobre un lugar visible, hemos de responder con san Pablo: ‘La predicación de la Cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan —para nosotros — es fuerza de Dios’ (1 Corintios 1,18)».
La Cruz no mató a Jesús
En el artículo «¿Por qué la Cruz?», del Catecismo Básico de Aciprensa Digital, se lee: «Algunas personas, para confundirnos, nos preguntan: ‘¿Adorarías tú el cuchillo con que mataron a tu padre?’». Y responde sabiamente: «¡Por supuesto que no! Primero, porque mi padre no tiene poder para convertir un símbolo de derrota en símbolo de victoria; pero Cristo sí tiene poder. ¿O tú no crees en el poder de la sangre de Cristo? Segundo, no fue la cruz la que mató a Jesús sino nuestros pecados».
D. R. G. B. |