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Desde hace varias semanas no escucho ya los noticieros y, cuando voy conduciendo, prefiero poner música. ¡Estoy harto de malas noticias! ¿Cómo se puede vivir a la vista de tanta catástrofe? Pareciera que los presentadores se han propuesto hacernos la vida imposible.
Por Juan Jesús Priego
Desde hace varias semanas no escucho ya los noticieros y, cuando voy conduciendo, prefiero poner música. ¡Estoy harto de malas noticias! ¿Cómo se puede vivir a la vista de tanta catástrofe? Pareciera que los presentadores se han propuesto hacernos la vida imposible. ¡Y bien, lo han conseguido! Esa amargura que de pronto se ha apoderado de la sociedad entera se la debemos a ellos. Me decía una vez un amigo español: «¡Es inaudito! Con esos medios de comunicación que tienen, ¿cómo no va a ser México un país deprimido? Es claro que, como dicen ustedes, en España también se cuecen habas. Pero los noticieros no nos lo están diciendo todo el tiempo, he ahí la diferencia».
Mi amigo tiene razón. Por eso he decidido adoptar la actitud de Ulises cuando pasaba en su cóncava nave por el país de las sirenas.
— ¿Ya has escuchado la noticia de que…?
Y me sueltan luego la desgracia.
— No —respondo al instante—. Yo ya no escucho las noticias.
— ¿Qué dices? Eso es un crimen contra la realidad; además, tú estudiaste Ciencias de la Comunicación. ¡No tienes derecho a vivir ignorando lo que pasa!
— Por supuesto que se puede vivir en la ignorancia —digo, tratando de defenderme— ¿Quieres que te lo demuestre? Mira: yo, por ejemplo, no sé lo que de mí piensa mi vecino, y no por eso se me quita el sueño ni siento angustias mortales. Hay cosas que nunca sabremos, que no sabremos jamás, y, ya ves, aquí estamos, vivos y de pie.
En los últimos tiempos, ¡cuántos insultos he escuchado dirigidos contra las cosas más santas, cuántas invectivas! Los conductores de los noticieros parecen disfrutar mucho ofendiendo a los católicos y queriéndoles hacer creer que la Iglesia es una cloaca o algo parecido a una letrina. ¿Y todavía he de sentirme en el deber de escucharlos? ¡Que se vayan a la porra! Es claro que podría yo enviarles un mensaje para exigirles mayor respeto a la hora de hablar de ciertos temas y rogándoles, además, que eviten en lo posible hacer generalizaciones abusivas. Pero, ¿qué ganaría con ello? ¡Ni siquiera lo leerían en voz alta! Hay demasiados intereses de por medio como para puedan tomar en serio mi humilde petición.
¿Para qué indignarme cada vez que oigo las noticias? He hecho algo mejor y más prudente: apagar el aparato. Es el remedio de Ulises llevado hasta el extremo. Sí, Ulises lo sabía: taponarse los oídos es, en ciertos casos, el mejor de los remedios. Yo no digo que todos los católicos debieran hacer lo mismo que este servidor de ustedes: yo lo hago únicamente por la paz de mi alma; lo que sí digo es que si los católicos nos atreviéramos a apagar el aparato tan pronto como los comentaristas empezaran a mostrarse ofensivos, éstos se quedarían hablando solos, lo cual sería para ellos un golpe poco menos que mortal.
Pero como ésta no es mi columna —es decir, no estoy en mi casa, sino de huésped en otra— me veo en la necesidad de ser breve y acabar ya. Y lo hago citando una frase de François Mauriac que, en estos tiempos de persecución mediática, me he repetido infinidad de veces para no desesperar: «Cuando se trata de la Iglesia, las palabras victoria y derrota pierden su sentido habitual. Nunca la sentimos tan desarmada como en sus triunfos, ni tan poderosa como en sus humillaciones». |