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Pueri hebraeorum: la tenue línea de la fe Imprimir
Escrito por Javier Algara   
Domingo 28 de Marzo 2010

VÍGÍA

Image Fuera del templo nos llama más la atención el dogma de quienes buscan a otros dioses: Jesús de Nazaret es simplemente un hombre.

Por  Javier Algara / San Luis Potosí

A nuestros lectores más jóvenes quizás no les digan nada esas palabras en latín, aunque espero que las hayan escuchado, y cantado, en español durante la celebración del Domingo de Ramos. «Los niños (pueri) de los hebreos, tomando ramos de olivos, salieron al encuentro del Señor; gritaban y decían: ¡Hosanna, alegría, en el cielo!».

Cuando Jesús entraba a Jerusalén, los niños tomaron ramas y las agitaban a su paso en señal de alegre bienvenida. Seguro que no fue idea de ellos. Sus padres, judíos siempre expectantes de la llegada del Mesías, los habían sacado a la calle a recibir al Maestro de Nazaret, que había demostrado con sus milagros que de seguro era el enviado de Dios. Desde hacía meses que los rumores corrían de boca en boca de Galilea hasta Judea: «¡Nadie ha hablado con tanta autoridad!», «¡Ha hecho ver a los ciegos y hablar a los mudos!».

Pocos días después, sin embargo, los niños se quedaron encerrados en su casa mientras los padres salían a gritar frente a la Torre Antonia: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Ahí, en el Pretorio, «despreciable, desecho de los hombres, varón de dolores, azotado y humillado»,  estaba aquél a quien ellos mismos habían aclamado como Mesías. Pedían la muerte para el mismo al que habían declarado hijo de David cuando iba montado en el borrico.

«He aquí al hombre», lo describió el politeísta Poncio Pilatos. Ya no era Dios, ni siquiera el Ungido de Dios. Los hebreos, y me imagino que sus hijos también, se creyeron esa palabra. Como nos la creemos también nosotros, que cada año, mientras agitamos los ramos como los hijos de los hebreos, gritamos que reconocemos en Jesús al Señor que estamos esperando. Nuestras carencias, económicas y personales parecen invencibles; definitivamente necesitamos alguien que nos saque de esta miseria. Por tradición religiosa y costumbre cultural, en parte, y porque hemos escuchado que Jesús puede salvarnos, cada año en esta fecha agitamos nuestros ramos, como los habitantes de Jerusalén. Nosotros, además, guardamos en el zaguán los ramitos como si fueran un  poderoso talismán. Por si las moscas.

También nosotros, ay, como los pueri hebraeorum, apenas termina la celebración litúrgica, nos apresuramos a pedir la sentencia de muerte para el mismo a quien acabamos de llamar Señor. Fuera del templo nos llama más la atención el dogma de quienes buscan a otros dioses: Jesús de Nazaret es simplemente un hombre. Y aun si fuera dios, hay dioses mucho más poderosos: dinero, poder, fama, belleza. Es ante ellos que hay que inclinarse. Esos dioses —aunque sea virtualmente— efectivamente pueden sacarnos de la pobreza, satisfacer hasta nuestros mínimos caprichos, convertir a los demás en nuestros sirvientes.

¿De qué te sirve —cuestiona burlona la TV— un dios que te pide que te dejes abofetear,  que te dice que a quien te pide un peso le des dos, que no reclames al que te pide prestado, que perdones a quien te ofende? ¿Que no ves —nos pregunta el agudo comentarista noticioso— que Jesús es una patraña, que si fuera cierto no habría curas pederastas ni ambiciones políticas de los obispos? ¿Que si el Evangelio fuera cierto, y Jesús tan compasivo, el Papa dejaría a los gays que se casaran y a las mujeres embarazadas que se deshicieran de sus bebés? Y los pueri christianorum, nosotros, nos creemos todo eso, y decidimos ser nosotros los dueños de nuestra propia historia, sin ninguna injerencia enajenante del clero ni del Evangelio. ¡Qué bueno que ya México es oficialmente laico! Pero, el año entrante, eso sí, estaremos de nuevo con los ramos en la mano y cantando «Pueri hebraeorum».

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