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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 21 de Marzo 2010

PÓRTICO

Image Los pecados contra el sexto mandamiento se han multiplicado, incluso dentro de la propia Iglesia católica. Es una pena, una terrible pena.

Por Jaime Septién

Los pecados contra el sexto mandamiento se han multiplicado, incluso dentro de la propia Iglesia católica. Es una pena, una terrible pena. Pero se explica (aunque no se justifica) por la atmósfera súper erotizada que han creado los medios de comunicación. Todo vale con tal de que cumpla con acrecentar mi propio placer. Usar al otro, hacerlo objeto de mis apetencias, destruir la familia, acabar con la virtud, con el valor, con la práctica de la fidelidad…

Lo que importa hoy es no tener convicciones. Y la fidelidad es una convicción profunda, un apego a lo que el filósofo judío Emmanuel Levinás llamaba “el humanismo del otro hombre”. Es muy sencillo (y absolutamente estéril) reclamar actos humanos para mi dignidad. Es terriblemente complicado (aunque no debería serlo) respetar la dignidad humana del otro. Menos aún debería serlo para los cristianos que vemos a Cristo en el otro (pero, ¿de verdad lo vemos?).

La crisis de la fidelidad toca a todos los estamentos sociales, a todos los niveles económicos, a todas las instituciones. Viene desde el principio, cuando se nos enseña en la casa a simular, a decir que sí cuando es no, a mentir, a relajar la conducta, a perseguir nuestra individualidad, a sobresalir sin importar cómo, a dejar atrás a los demás, a hacerlos a un lado, si es “necesario”, a eliminarlos. De ahí a tomar la mujer o el hombre del prójimo, a violentar el vínculo sagrado del matrimonio, a buscar el placer en donde se pueda y con quien se pueda, hay un pequeño trecho (que es fácil saltar: la sociedad consumista, el sistema vociferante de los medios, pone el puente: nosotros “solamente tenemos que cruzarlo”).

¿Cómo recobrar el don de la sexualidad y protegerlo en nosotros los casados, en los hijos, en la familia, en la Iglesia? Recobrando algo que hemos dejado ir en el camino (por miedo al qué dirán, por vergüenza, por temor a “quedarnos solos”): recuperando el orgullo por la palabra dada, por el cumplimiento de los acuerdos, por el sacrificio y el regalo al otro de mí intimidad. Quien es fiel a sus principios no juega con las circunstancias. Se sabe débil, pero pleno de sentido. Se sabe otro Cristo, y eso le basta.

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