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LUCES Y AMORES
La Constitución mexicana, tal como existe, no reconoce ampliamente la libertad religiosa, pues sus liberales redactores pusieron «candados» legales.
Por Alejandro Soriano Vallés
En uno de mis artículos recientes traté el tema del laicismo. Ahí dije que, entendido según su correcta acepción filosófica, «es el principio de autonomía de las disciplinas y actividades del hombre, que deben regirse únicamente por sus propias reglas, sin intervención de intereses o fines ajenos a los que les atañen». El laicismo, así, salvaguarda la independencia de los diversos ámbitos de la vida del hombre. Se trata de algo bueno, porque distingue y separa, otorgando a cada cual lo suyo.
Sin embargo, por desgracia sobrevive en México una concepción fundamentalista, fanática, del mismo. Heredada de la lucha jacobina decimonónica, que luego pasaría a la rabia anticristiana de los gobiernos «revolucionarios» del siglo XX, tal noción sigue dando por hecho que «laicismo» significa reducir la religión (sobre todo la católica) a la mínima expresión posible. Sería deseable, de acuerdo con ella, que se limitara a la «vida interior», «espiritual» (la cual, por supuesto, no debería tener ninguna relación con la «vida activa», «social»). Desconociendo que la fe verdadera mueve al hombre entero a actuar en consonancia con lo que exige, nuestros retrógrados «laicistas» ambicionan imponer a los católicos un silencio vejatorio y fascista. Por medio de tan dictatorial disposición quieren hacer no una república «laica», como alegan, sino una atea que impida a los cristianos obrar siguiendo los dictados de su conciencia. Intentan acallarlos, violando sus derechos humanos.
En efecto, diversas normas internacionales resguardan la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, como las expuestas en la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y la Convención Americana de Derechos Humanos. El artículo 18 de la primera de ellas, entre otras cosas, garantiza a toda persona «la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia». Que es, justamente, lo que los volterianos radicales intentan impedir al convertir a México en una república «laica». En tanto el «laicismo» que propugnan es el empolvado de la reacción jacobina y las logias masónicas, su tentativa es la conservación de un feudo donde sólo ellos opinen. Guarecidos en un juarismo trasnochado, maniobran para silenciar a los católicos, disimulando así la flagrante profanación de sus más elementales derechos a expresarse. Pero su deseo es el mantenimiento de un estado injusto, donde basta el calificativo «religiosos» para descalificar (y silenciar) los criterios ajenos.
La Constitución mexicana, tal como existe, no reconoce ampliamente la libertad religiosa, pues sus liberales redactores pusieron «candados» legales a las garantías que acabo de mencionar. Sería preciso que el agregado «laica» que se le ha hecho protegiera unos derechos no únicamente consignados en tratados internacionales suscritos por nuestro país, pero que, más que nada, son inherentes a la condición humana. Mientras sea México un sitio donde sólo los escogidos pueden hablar, la iniquidad seguirá reinando. |