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LOS VALORES DE MÉXICO
¿Cuándo perdimos el concepto de servicio público? ¿Cuándo perdieron los servidores públicos el valor de servir al público y empezaron a servirse a sí mismos y a sus familiares y amigos, aprovechando las prerrogativas de su puesto?
Por Antonio Maza Pereda
¿Cuándo perdimos el concepto de servicio público? ¿Cuándo perdieron los servidores públicos el valor de servir al público y empezaron a servirse a sí mismos y a sus familiares y amigos, aprovechando las prerrogativas de su puesto? No lo sé. ¿Fue acaso durante la larguísima «dictadura perfecta» que padecimos por siete décadas? ¿Fue durante la colonia? ¿Acaso hemos tenido alguna vez un servicio público digno y sin corrupción? Es muy interesante: los mexicanos deseamos un servicio público intachable, mismo que nunca hemos tenido y, al mismo tiempo, somos bastante cínicos en este tema: no esperamos lealtad ni probidad del servidor público.
Recientemente tuve el gusto de estar trabajando, por varias semanas, con un grupo importante de servidores públicos, contralores de diversas empresas estatales. Dos cosas me llamaron la atención: su capacidad y su tenacidad para este trabajo. Estos hombres y mujeres no son ilusos. Perfectamente se dan cuenta de las dificultades que presenta su trabajo. Saben muy bien que no tienen suficientes recursos para la inmensa tarea que les toca. Resienten el cinismo y el escepticismo de la población hacia su trabajo, sin desanimarse.
Hablando con ellos me quedó claro que la corrupción es un fenómeno de minoría. La mayoría de los servidores públicos son honestos. Sólo algunos no lo son, pero ellos son los que más se notan, los que destacan y los que hacen daño a las organizaciones en las que trabajan y, por supuesto, al país.
¿Qué podemos hacer los ciudadanos por apoyar a estos servidores públicos dignos de su nombre? Aparentemente, poco. Pero sí hay cosas que podemos hacer.
Primero, reconocer públicamente que hay buenos funcionarios en los gobiernos. Decir, con toda claridad, que tenemos claro que los corruptos no son todos, ni siquiera la mayoría de los funcionarios públicos. Debemos desterrar ese pernicioso concepto de nuestra conciencia nacional.
Es importante que todos hagamos sentir a los corruptos que son una minoría, que no todos los funcionarios públicos son iguales.
Y como cristianos, debemos rezar por esos hombres y mujeres que están combatiendo la corrupción, con escaso reconocimiento y con la continua tentación del desánimo.
¡Que Dios los cuide y los bendiga! |