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Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 21 de Marzo 2010

CON PERMISO

Image Los abusos cometidos por católicos investidos con órdenes sagradas o votos religiosos, producen una terrible fractura de confianza entre los fieles y la jerarquía.

Por Miguel Aranguren

Los abusos cometidos por católicos investidos con órdenes sagradas o votos religiosos, producen una terrible fractura de confianza entre los fieles y la jerarquía, sobre todo cuando a tan despreciables delitos se ha unido el silencio de los superiores que conocieron las ominosas andanzas y no fueron capaces de separar, denunciar y resarcir a las víctimas, sino que prefirieron correr un velo cobarde aun con riesgo de que las violaciones se sistematizaran hasta convertirse en un cáncer.

Teniendo presente la terrible sentencia que el propio Cristo dictó contra quienes escandalizaran a un pequeño —un abuso sexual, de cualquier naturaleza, muy especialmente si lo ha cometido un hombre contra un menor de su mismo sexo, es un escándalo elevado al infinito—, a quienes recomendó atarse a la piedra de un molino y lanzarse al mar, echo de menos un análisis más  desapasionado por parte de los medios beligerantes contra la Iglesia. Me parece bien que señalen a todos aquellos que delinquieron —por acción y por omisión— siempre y cuando los abusos estén probados. También deberían detenerse en los tres pilares sobre los que gravita la cuestión.

El primero, que cuando los hombres no ordenamos las pasiones para convertirnos en dueños de  nuestra voluntad, nos hacemos capaces de auténticas barbaries. El segundo, que la floración de estos escándalos coincide con la universalización de la revolución sexual, según la cual nadie debe poner coto a los placeres de entrepierna ni permitir que la moral limite la creatividad genital. La Iglesia no se ha cansado de recordarnos que la sexualidad es un don de Dios regido por unos principios. Como quienes han cometido los crímenes representaban, en su mayoría, a esa Iglesia, es mucho más grave su delito. El tercero, que en la mayoría de los casos los delincuentes eran homosexuales camuflados bajo una sotana o un hábito, es decir, que la práctica homosexual, aberrante de por sí, termina por buscar, en muchos casos, la compañía de menores, incluso forzados. Creo que estos tres pilares son un buen aviso a navegantes.

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