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EN LA CALLE
Qué pasaría si los diputados del Distrito Federal anunciaran en sus campañas electorales que van a aprobar el aborto y las uniones de homosexuales.
Por Fernando Rivera Barroso
Viajando en micro escuchaba —a fuerzas, porque el chofer llevaba el sonido muy alto— la popular canción de Juan Gabriel que habla del amor eterno e inolvidable, que quisiéramos nunca termine, aún en la soledad de la tumba. Entre tumbos y frenazos del microbús trataba de leer en el periódico una noticia interesante —cosa poco habitual en los periódicos— sobre el descubrimiento en Roma de una tumba con cinco mil o seis mil años de antigüedad. Lo más interesante es que esta tumba contiene los esqueletos jóvenes de un hombre y una mujer que murieron abrazados, o al menos así los inhumaron sus parientes. En ambos casos se trataría de una evidencia de amor que pretendió superar el tiempo.
El radio del microbús dejó oír la estridente voz del «comentarista» anunciando a bombo y platillo el inicio de las bodas gays en la ciudad de México. ¡Qué contraste tan enorme!: unos cuantos diputados que en sus campañas nunca dijeron que aprobarían esas uniones, las legalizan aun cuando no se conoce cuál es la voluntad mayoritaria de los chilangos. Algunos dicen que los gustos mexicanos han cambiado y que, precisamente, Juan Gabriel ha sustituido a Jorge Negrete.
Yo no estoy muy seguro de tal inversión. El contraste es de verdad enorme; la evidencia científica me dice que el matrimonio entre un hombre y una mujer es conocido y reconocido por todos los pueblos desde siempre. También es cierto que en algunos estratos de algunas sociedades ha habido desviaciones a esta norma matrimonial, y también es cierto que cuando eso ha sucedido se corresponde a los momentos en que esas mismas sociedades han perecido por su descomposición interna.
México está adentrándose en un curso de descomposición social alentado por las acciones soterradas de quienes legislan a favor de acciones contrarias a lo natural; al menos así lo entiende el compañero casual en el microbús, un carpintero que me decía: «no puede ser útil eso de juntar gente del mismo sexo, es como si yo quisiera unir mis tablas sin hacerlas ‘machimbradas’, tendría que pegarlas a fuerza de clavos o pegamento, pero nunca quedarán como lo natural, nomás se engaña haciendo cosas mal hechas».
Le pregunté que era eso de «machimbrada» —tecnicismo carpintero que desconocía—, explicándome que era como el hombre y la mujer, el macho y la hembra, que naturalmente están hechas para «ensamblarse» y quedar perfectamente unidos y para siempre, sin necesidad de atenerse sólo a los pegamentos o clavos.
El carpintero mexicano de hoy y la tumba romana de hace cinco mil o seis mil años dicen lo mismo: el matrimonio es entre un hombre y una mujer, y es para siempre, aún en la soledad de la tumba.
Me quedé pensando qué pasaría si los diputados del Distrito Federal anunciaran en sus campañas electorales que van a aprobar el aborto y las uniones de homosexuales. Si no lo hicieron y no lo hacen, por algo será. |