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MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Al buscar empleo, Daigo encuentra un anuncio en el periódico para trabajar en una agencia de «despedidas» o «salidas».
Por Luis García Orso, S.J.
Daigo es un joven músico que interpreta el violonchelo en una orquesta en Tokio. Cuando la orquesta se disuelve por falta de ingresos económicos y de patrocinadores, Daigo y su joven esposa se van a vivir al pueblo natal, al norte de Japón. La casa que su madre le heredó a Daigo resulta lo más oportuno para su situación económica.
Al buscar empleo, Daigo encuentra un anuncio en el periódico para trabajar en una agencia de «despedidas» o «salidas». El joven es contratado inmediatamente con muy buen salario, como Okuribito: el que ayuda a salir, a despedirse; pero no a un viaje cualquiera -para su sorpresa y confusión-, sino a salir de este mundo y pasar a la eternidad. El dueño de la agencia de servicios se encarga de lavar, vestir y preparar el cuerpo de los difuntos para que luzcan presentables en el ataúd y en su funeral, y así tengan una digna salida de esta vida.
Okuribito / Departures (de Yojiro Takita, Japón, 2008), merecedora del Oscar 2009 y de una veintena de premios, es una muy bella y emotiva película sobre la vida y la muerte, sobre la cercanía y la reconciliación, sobre el destino y la elección, sobre la belleza y la ternura de los pequeños detalles. Eso que quizás vamos perdiendo en el trajín de las grandes ciudades modernas y que necesita aprenderse y practicarse, poco a poco, pacientemente. Ante una visión mercantilista y materialista de la vida y de la muerte, de la belleza y del arte, la película contrapone un acercamiento humanista, estético y religioso. De la mano del viejo experimentado, Daigo recibirá lecciones de cómo se prepara un cadáver con delicadeza, respeto y belleza, porque la persona se lo merece en su despedida.
Para esto, el joven aprendiz deberá afrontar sus propias repugnancias, su inexperiencia, el descrédito del oficio ante los demás, la no aceptación de los más cercanos, hasta que poco a poco vaya asumiendo lo sagrado de cada cuerpo, la belleza de cada persona, la particularidad de cada detalle. Con un ritmo muy pausado y una bella banda sonora, la historia nos va dejando contemplar y apreciar cada objeto: el rostro en una foto, un pañuelo, una piedrita, el maquillaje, un baño público, los copos de nieve, la música de la infancia. Daigo habrá de aprender a tocar cada cuerpo con la musicalidad que tocaba el violonchelo; pero el chelo era quizás una obligación impuesta desde pequeño y ser «el que despide a un muerto» puede ser una elección de amor.
El director nipón se ha atrevido filmar un tema universal, soslayado en muchas culturas: la despedida de nuestros muertos, y al hacerlo con tanta simpatía y belleza nos ayuda a abrazar el misterio de la muerte tanto como se abraza la vida, a reconocer lo cercanos o distantes que estamos de las personas, a creer en esa puerta a la eternidad que todos hemos de cruzar, y a acompañar a otros en el tránsito hacia la Belleza de la Vida. |