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OBRAS Y RAZONES
El debate sobre el Estado laico y la libertad religiosa en México empieza a tomar temperatura
Por Jorge E. Traslosheros
El debate sobre el Estado laico y la libertad religiosa en México empieza a tomar temperatura. A la propuesta laicista y nada democrática de algunos diputados, varios senadores, en especial Pablo Gómez, han respondido con otra que invita al abandono de lastres ideológicos para profundizar nuestra democracia. Para comprender bien las implicaciones que hoy tiene este debate en nuestras vidas, me parece imperativo empezar por refrescar nuestra memoria.
Recordemos que la Iglesia en México vivió una larga persecución de 1914 a 1938. También que la experiencia mexicana no fue la excepción durante el siglo XX. Hubo persecuciones con mayor o menor virulencia contra todas las religiones en los cinco continentes. Las hubo por igual en regímenes revolucionarios, democráticos o fascistas, en sistemas capitalistas o comunistas, en países del primer o del tercer mundo, fueran potencias o países emergentes. No hubo distinciones. Los Estados nacionales que orquestaron el asedio buscaron por todos los medios construir y mantener el monopolio jurídico, cultural e ideológico sobre la sociedad, por lo que no debe sorprendernos que identificaran en las religiones el enemigo a vencer, por ser éstas grandes formadoras de cultura, de identidad y de sentido de trascendencia. La religión fue considerada como el opio del pueblo no sólo por los regímenes marxistas.
A la vuelta del siglo XXI las persecuciones burdas, llevadas a cabo por medio de la violencia de las armas, parece que ya no son una generalidad, por lo menos en Europa y América. En su lugar se ha instaurado una persecución de baja intensidad que ha tomado la forma de acoso cultural, cuyo objetivo es desterrar a la religión y a la persona religiosa del espacio público. Al creyente se le exige que, al salir de casa, cuelgue en la percha sus más profundas convicciones. Como ha señalado Andrés Ollero, se ha pasado de calificar a la religión de «opio del pueblo», a tratarle como «tabaco del pueblo». De un vicio que debe ser perseguido y eliminado, a un mal que debe ser combatido y de preferencia erradicado, por lo menos de los lugares públicos, por ser considerado nocivo a la salud. |