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DESDE EL CENTRO DE AMÉRICA 
Basta vivir tu fe con naturalidad, con alegría, para que los demás lo noten y quieran también esa «alegría» que llevas dentro.
Por Claudio de Castro Hace unos días me detuve en una panadería para comprar unos dulces. Cuando fui a pagar, la joven que atendía la caja me sugirió, indicando una bombonera: — Llévele uno de estos a su esposa, que a ella le gustan mucho. Quedé sorprendido y le pregunte: — ¿Cómo sabe esto? Ella sonrió y me respondió: — Es que cuando usted viene con su familia, ella siempre compra uno. Seguí su consejo. Cuando llegué a la casa llamé a mi esposa Vida y le entregué el dulce. — Me encantan —dijo muy contenta. Y añadió: — Siempre que puedas, tráeme uno. Pensé mucho en ello. En cómo las personas se fijan en ti, en lo que haces, en el testimonio que das con tu vida, casi sin que te des cuenta. Por eso, basta vivir tu fe con naturalidad, con alegría, para que los demás lo noten y quieran también esa «alegría» que llevas dentro, que brota de ti con generosidad. Esa presencia viva de Dios. Cuando medito en esto recuerdo siempre la anécdota que me contaron de mi cuñada Alma: Se mudó con su familia a un pueblito de Europa. Esos pueblos admirables y hermosos, en los que el tiempo pasa lento, sin prisas. Mi cuñada salía todas las mañanas, muy temprano, para ir a Misa. Y regresaba feliz a su casa. En este pueblito vivía un niño que daba mucho qué hablar, por su mal comportamiento y sus malas palabras. No pasó desapercibido para él que mi cuñada salía con prisa, todas las mañanas y regresaba muy contenta. Un día la detuvo. — ¿A dónde vas? — A Misa. — ¿Te puedo acompañar? — Si tu mamá te da permiso, con mucho gusto, me puedes acompañar. A la mañana siguiente el niño la esperaba impaciente afuera de la casa. — Estoy listo —le dijo—. Mi mamá me dijo que puedo ir contigo cuantas veces desee. Así empezó el niño a ir a Misa cada mañana, y empezó también a cambiar. Se convirtió en un niño alegre, que daba buenos ejemplos a los demás, que no decía malas palabras. Con el tiempo mi cuñada tuvo que mudarse a otro lugar. Cuando se marchó, el niño se había convertido en el monaguillo del pueblo. Asistía a Misa todas las mañanas y era un ejemplo a seguir. |