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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 07 de Marzo 2010

PÓRTICO

Image Es natural al ser humano honrar a aquellos que colaboraron con Dios para que tuviéramos el don inmenso de la vida.  Pero nos lo han vuelto anormal.
 

Por Jaime Septién

El cuarto Mandamiento es muy sencillo: «Honrarás a tu padre y a tu madre».  Dije muy sencillo, porque es natural al ser humano honrar a aquellos que colaboraron con Dios para que tuviéramos el don inmenso de la vida.  Pero nos lo han vuelto anormal.  Y nosotros lo hemos permitido.  Déjenme darles un ejemplo.

¿Saben cómo se llama el programa de caricaturas que se perfila para ser el más indecente de la historia de la (muy indecente) televisión infantil de Estados Unidos?  Sé que están pensando en la familia Simpson, pero no es así. Las estupideces de Homero Simpson han sido superadas por otra caricatura que lleva, ni más ni menos, el nombre de Padre de familia.

La indecencia se mide por el número de quejas (allá sí existen) recibidas por la Comisión Federal de Comunicaciones.  Tan sólo un capítulo de Padre de familia (en inglés Family Guy) trasmitido en marzo de 2009, generó 200 mil quejas entre los telespectadores.  El capítulo se llamaba «Milky Surprise» (algo así como «Sorpresa lechosa») y en él se narraba la chistosísima aventura del bebé a quien en lugar de leche le ponían semen de caballo en su cereal por una broma del papá… La caricatura se pasa los domingos por la noche, en horario súper estelar.

¿Así es posible que una generación crezca honrando a sus padres?  Allá y aquí, en todos lados, los medios, pero en especial la televisión y el cine, se burlan de manera constante de la paternidad y de la maternidad; enseñan a los niños a considerar a sus padres como meros proveedores de juguetes, golosinas, diversiones y caprichos; y si no lo hacen, son unos ogros, insensibles, inútiles, retrasados, sin chiste, viejos, retrógrados y algo estúpidos.  Más todavía si los papás son creyentes, católicos, devotos: esos sí que –para la industria de la publicidad—no sirven para nada: pues son austeros y –de remate— ponen por encima las cosas de Dios sobre los «sentimientos» del niño…

El costo social y humano de la burla es enorme.  Hoy lo vemos en la frontera norte, por ejemplo.  Y en tanta «adolescencia adelantada y tanta soledad arrepentida», como decía la canción de hace muchos años.

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