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La agresión a un personaje público tiene normalmente mucha visibilidad. Las cámaras captan la escena, los medios de comunicación la difunden. En seguida, la gente comenta y habla sobre lo sucedido, con alarma, con pena, con preocupación.
Por Fernando Pascual
La agresión a un personaje público tiene normalmente mucha visibilidad. Las cámaras captan la escena, los medios de comunicación la difunden. En seguida, la gente comenta y habla sobre lo sucedido, con alarma, con pena, con preocupación.
Hay otras agresiones, como la del aborto, que permanecen invisibles para muchos. Se trata de agresiones que se producen en salas higiénicas, en un ambiente de silencio cómplice, mientras una mujer sabe que están destruyendo la vida de su hijo.
Los abortos se han convertido en agresiones invisibles. La prensa no hablará casi nunca de ellas. No hay cámaras, no hay cronistas, ni siquiera hay un nombre para identificar a las víctimas. Pero la oscuridad y el silencio que rodean a tantos miles de abortos no quita el dramatismo de lo que ocurre: un ser humano es destruido.
El mundo necesita abrir los ojos ante tantas agresiones invisibles. Hay que tener valor para denunciar una hecatombe gigantesca que destruye vidas y que carcome conciencias. Sólo desde la denuncia valiente de lo que ocurre, desde la visibilidad de un drama ante el que muchos apartan cobardemente sus miradas, será posible movilizar las conciencias.
Habrá entonces muchos hombres y mujeres dispuestos a trabajar para ofrecer ayudas concretas a tantas madres que no abortarán a sus hijos porque alguien les ha ofrecido un gesto de solidaridad y luz para defender y amar la vida de esos hijos que han empezado a vivir en sus entrañas. |