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TESTIMONIO
Testimonio de Yara Gallegos: sufrió presiones y maltratos emocionales en el IMSS por no aceptar anticonceptivos ni esterilización debido a su auténtica fe católica
Jesús Marcelo llegó a nuestra vida a finales de diciembre del año pasado. ¡Estábamos embarazados! Sus cuatro hermanos brincaron de emoción, se abrazaban y gritaban; mi esposo y yo estábamos igualmente emocionados y sorprendidos. Dios nos confiaba otro hijo suyo. Además era la quinta cesárea, sabíamos que sería un embarazo difícil y con riesgos; sin embargo confiamos en que si Dios lo había permitido, Él nos ayudaría.
El embarazo fue una etapa llena de emociones diversas, con los que se alegraban y confiaban junto con nosotros, con los que se enojaban por traer otro hijo al mundo en plena crisis, con los que hacían comentarios burlones sobre si no teníamos televisión, y con los que en tono de exigencia nos decían: «¡Pero ya es el último! ¿verdad?».
Posteriormente me caí y tuve que ingresar al IMSS para que me atendieran. Los regaños, las burlas, las ofensas y las presiones para que fuera mi último embarazo fue lo que vivimos mi hijo y yo.
La pérdida
En esas fechas en nuestro estado se debatía la reforma constitucional a favor de la vida. Tras una invitación para participar en las mesas de reflexión , Jesús Marcelo y yo, gustosos, nos preparamos para defender la vida de los que no tienen voz; él se movía dentro de mí, y juntos lo vivimos intensamente. Ahora todo estaba listo para su llegada: los pañales, la cuna, la ropita, los amigos, los abuelos, los hermanos, mi esposo y yo. Así, el 31 de agosto por la noche (día de san Ramón no nato, patrón de las embarazadas) me dirigí al hospital después de haber sentido un fuerte escalofrío. La noticia que me dieron los doctores fue inesperada y dolorosa: nuestro hijo había muerto, su corazón no latía más.
Con el dolor inexplicable que sienten los padres al perder un hijo que estaba a una semana de nacer, teníamos que pensar en lo que seguía, una quinta cesárea llena de riesgos y posibles complicaciones.
Las agresiones
Me sugirieron ir nuevamente al IMSS porque si tenía complicaciones la atención sería muy costosa; además, en su hospital tenían lo necesario (sangre, aparatos, etc.). Después de mi experiencia anterior en ese lugar, no quería ir ahí, pero pensé que, viendo el dolor por el que pasaba, los doctores no me molestarían. Sin embargo, no fue así: al ingresar nos explicaron los riesgos de la cirugía y me dijeron que me tenía que «ligar» para no volver a embarazarme. Mi esposo les explicó que no estábamos de acuerdo con esa alternativa, y que no creía que fuera necesario discutir ese tema en este momento tan difícil para nosotros.
Lo que pasó después fue una lluvia de presiones, ofensas, maltratos emocionales. En medio de mi gran dolor no los podía entender. Me llamaron irresponsable, ignorante; me dijeron que mi bebé se había muerto porque mi matriz no estaba bien como resultado de no haberme ligado antes. Hablaron con mi esposo para saber si se iba a hacer la vasectomía; cuando les dijo que no, arremetieron contra él: que era un irresponsable, que yo tenía un marido muy «hombre», el cual seguramente estaba viendo el futbol mientras yo me jugaba la vida en el quirófano. Finalmente accedieron a operar, pero me hicieron saber que no estaban de acuerdo con mi decisión y, muy molestos, después de la cirugía me hicieron firmar tres cartas de que no aceptaba ningún método anticonceptivo; en la última le pusieron con letras rojas: «PORQUE ES CATÓLICA».
Ángeles en la oscuridad
En este medio tan hostil del hospital quiero reconocer a cuatro personas que fueron capaces de llevar un rayo de luz en medio de tanta oscuridad: una enfermera que, sin decir nada, solamente me abrazó; otra enfermera que, cuando sacaron a mi bebé, me pregunto si quería que bautizaran a mi hijo y lo hizo; al anestesiólogo, que, al escuchar tantas presiones, les dijo: «Bueno, ya trataron de convencerla y no quiso, déjenla y empecemos la cirugía», y a una doctora que estuvo en mi cirugía y me dijo que la operación había salido muy bien, que no había habido ninguna complicación, que mi matriz estaba perfecta y que ni siquiera parecía que tenía cuatro cesáreas. A estas cuatro personas les doy las gracias por ser valientes y hacer la diferencia en su medio laboral.
Sobreviviendo a la intolerancia
Haber vivido como familia esta situación nos obliga a defender los derechos de tantas mujeres que en su voluntad de tener más hijos o vivir de acuerdo a su fe son agredidas, presionadas y violentadas emocional y verbalmente por doctores, enfermeras y trabajadores sociales de estos hospitales públicos.
Lamentablemente, ahora tendremos que sumar a la lista de violencias domestica, laboral y tantas otras, la violencia hospitalaria que sufren las mujeres que no están de acuerdo con las políticas de planificación familiar. Y no es una exageración: si alguien llama a otra persona irresponsable o ignorante sólo porque no piensa igual o porque no quiere hacer lo que le piden, eso es violencia verbal y emocional. Todos sabemos que este tipo de violencia es muy sutil: busca confundir y vencer la voluntad de las personas, y a menudo se refleja en que las mujeres acaben usando anticonceptivos o ligándose, aunque no lo quieran. Como familias y mujeres católicas estamos llamados a denunciarla, y los doctores, enfermeras y trabajadores sociales católicos están llamados a no ejercer este tipo de violencia. |