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CULTURA 
Lo cierto es que para educar a un hijo también habría que darle «un poco», ni demasiado ni absolutamente nada.
Por Carlos Díaz Cuenta una haggadá judía lo siguiente. «Un hijo marchaba subido sobre los hombros de su padre. Cuando veía algo que deseaba y le decía: ‘dámelo’, el padre se lo daba. Sin embargo, viendo llegar a otro hombre, el hijo le preguntó: ‘¿Has visto a mi padre?’. El padre le dijo: ‘Vas montado sobre mis hombros y cuando deseas algo te lo doy, y aún preguntas:¿Has visto a mi padre?’ . Así que lo bajó de sus hombro y vino un perro, el cual le mordió». ¡Tantas veces podríamos recordar este escrito en nuestros días, durante los cuales al «quiero» le sigue el «cómprame», y al «cómprame» el «dame». Y cuando al «dame» le sigue la obediencia ciega de un padre que no sabe darse y por eso necesita dar. Sin ese darse, cualquier dar es como el beber: Antes de que el hombre tome vino, es simple como un borrego que nada sabe, o como una oveja que está con la boca abierta ante quienes la venden. Cuando ha bebido lo conveniente es fuerte como un león y dice que no hay en el mundo nadie más fuerte que él. En cuanto ha bebido más de la cuenta, se vuelve como un cerdo, y se revuelca en el arroyo y en el fango. Y, cuando está ebrio, se vuelve como un mono: se pone en pie, salta y se divierte, y deja que salgan, delante de todos, tonterías de su boca, y ya no sabe lo que hace. Alguien podrá objetar que un poco de vino, un tomar con moderación, puede incluso resultar saludable para determinadas constituciones psico-orgánicas , y yo no soy quién para saber hasta dónde puede llegar ese «poco». Lo cierto es que para educar a un hijo también habría que darle «un poco», ni demasiado ni absolutamente nada. Aunque la metáfora sea incorrecta, hoy como siempre se trata de educar con el viejo arte del palo y la zanahoria. Mejor aún sin palo, claro está, sustituyan palo por cualquier argumento convincente, por ejemplo, dejar a nuestros hijos sin hablar por el celular. Menos celular, pues, y más esfuerzo, menos inmediatismo y más educación de la paciencia, menos hedonismo y más ascetismo, que a nadie hacen mal, todo lo contrario. Y por otra parte, un día tendremos que reconocer que no es posible manejar un celular por persona, tener un coche per capita, o un imperio para cada uno, cuya denominación de origen debería ser la de democracia. Para no tener que bajar de nuestros hombros a nuestros hijos habrá que comenzar a decirles que somos sus padres, y no solamente decirlo, sino dedicar el tiempo necesario para que así lo sientan. Quizás para mañana sea tarde. ¿Dónde está mi padre? Hace algún tiempo traduje para Ediciones Palabra un libro que se titulaba exactamente Los padres perdidos, y desde entonces voy, como Sócrates, buscando padres por las calles de las ciudades con el farol encendido. Un padre capaz de hacer padres a los padres. Yo lo he encontrado, así que por favor no sigan obstaculizando la búsqueda ocultándose como Adán en el Edén. |