|
ENSAYOS CRISTIANOS 
Hay el deber de amar adentro y afuera. Y si esto es así, ¿dónde más podría ser fijado el mandamiento sino en la puerta, que es como el puente entre el adentro y el afuera, entre lo público y lo privado?
¿Os habéis imaginado alguna vez un mundo sin puertas? En cierta ocasión hice todo lo posible por imaginármelo y, vanidad aparte, debo confesar que no lo conseguí. Imaginad la cara de un niño que no pueda ir a rebotar su balón en el parque de enfrente; el humor del ama de casa a la que le sea prohibido ir a platicar con la vecina de dos casas más allá; la nostalgia del que habiendo nacido cerca del mar tenga que conformarse con el puro ruido de las olas. Un mundo sin puertas sería como un campo de concentración. O peor aún que eso. Consta por ciertos testimonios dignos de todo crédito que los prisioneros de los campos alguna vez se consolaron con la contemplación de un crepúsculo, o inclinándose ante la fragancia de una rosa solitaria. Pero en un mundo sin puertas no habría crepúsculos ni rosas. Cuando los hombres eran nómadas, poca necesidad tenían necesidad de puertas: vivían de cara al infinito y caminaban en grupos. Pero cuando se vuelven sedentarios obran la separación y cada uno se va a vivir a su propia casa. Entonces descubren que existe un peligro llamado encierro, y que éste puede significar más de una cosa: soledad, incomunicación, incluso locura. Entonces, para tener siempre disponible una vía de escape, construyen puertas. La puerta es el símbolo de la libertad y la salud. Consideradas las cosas desde esta perspectiva, ¿os parece extraño que Jesús mismo se hubiera comparado con una puerta? «Yo soy la puerta, dijo un día a sus discípulos. Si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto» (Juan 10, 9). Honor que nos hizo. ¿Me creería si le digo que hasta un sociólogo tan afamado como Georg Simmel (1858-1918) se ocupó una vez de nosotras las puertas? Lo hizo en un ensayo de 1909, donde dijo: «Es esencial para el hombre, en lo más profundo, el hecho de que él mismo se ponga una frontera, pero con libertad, esto es, de modo que también pueda superar nuevamente esta frontera, situarse más allá de ella». La casa pone un límite al espacio infinito: lo cuadricula, por decir así, para convertirlo en hogar, pero mediante la puerta puede vencer el confinamiento al que él mismo se ha sometido para salir a respirar el aire puro de la libertad. ¿No es esto maravilloso? Pero ved, también, para qué otra cosa puede servir una puerta. Cuando los judíos habitaban ya la tierra prometida y habían construido en ella sus casas, Dios les dio el siguiente mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si estás de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, serán como una insignia ante tus ojos, las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas» (Deuteronomio 6, 5-9). Para nosotras las puertas, puesto que nos concierne directamente, este texto es de obligada meditación. Durante mucho tiempo he dado vueltas y vueltas a este pasaje misterioso. ¿Por qué sobre nosotras ha de ser escrito el mandamiento y no en el techo de la casa, por ejemplo? Respecto a esta difícil cuestión he llegado a elaborar una teoría que ahora expongo a vuestro juicio. ¿Qué es lo que hace alguien, por ejemplo, cuando quiere dejarle a otro un recado sumamente urgente? No lo deja por cierto en el suelo, pues se lo llevaría el viento; ni sobre su escritorio, porque acaso se le perdería entre los otros muchos papeles que hay allí, sino que lo fija en la puerta, a la altura de los ojos, de manera que cuando éste entre o salga sea lo primero que vea. Algo similar, me imagino, quiso hacer Dios con su pueblo; como lo que tenía que decirle era algo de suma importancia, quiso que sus palabras estuvieran siempre delante de los ojos, de modo que nadie las olvidase. Pero hay todavía algo más: al fijar allí mandamientos y no en otro lugar, el Todopoderoso vio que era muy prudente que al entrar a su casa o al salir de ella, el judío se acordara del mandamiento del amor. El que sale a la calle sin acordarse de que debe amar, corre el riesgo de convertirse en un peligro para sus congéneres; el que entra a su casa y se olvida del amor, puede acabar siendo, como se dice, candil de la calle y oscuridad de su casa, relacionándose con los suyos como sólo saben hacerlo los tiranos. Hay el deber de amar adentro y afuera. Y si esto es así, ¿dónde más podría ser fijado el mandamiento sino en la puerta, que es como el puente entre el adentro y el afuera, entre lo público y lo privado? En los tiempos de la posmodernidad y del retorno de los brujos, a las puertas nos ponen ajos. Es decir que hoy servimos únicamente para recordar a la personas que tienen que lavarse la boca y cuidarse el aliento. Lo que, me parece, es una gran ofensa a la dignidad de las puertas. Pero me callo ya: nuestros soliloquios producen el mismo sonido de las polillas cuando éstas nos devoran las entrañas, y la verdad es que no me agrada nada la idea de anticipar ese júbilo un tanto lánguido llamado, quién sabe por qué motivo, jubilación. ¿Sabe usted lo que haría conmigo el dueño de la casa si por ventura me escuchase? ¡No quiero ni pensarlo! De modo que me despido de usted y le digo adiós. Buenas noches. P. Juan Jesús Priego |