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VÍGÍA
Las imágenes que llegan de Haití son verdaderamente impresionantes... pero quizás más impresionados deberíamos estar ante lo que hubiera podido ser y no fue.
Por Javier Algara / San Luis Potosí
Las imágenes que llegan de Haití son verdaderamente impresionantes, tanto por la destrucción y la muerte que se observa por doquier, como por las noticias del apoyo ofrecido a esa nación por Estados, empresas e individuos alrededor del mundo. La solidaridad con que ha respondido la humanidad ante esta tragedia es notable.
Pero quizás más impresionados deberíamos estar ante lo que hubiera podido ser y no fue. Lo que quiero decir es que la solidaridad parece entenderse únicamente como la generosidad ante tragedias cargadas de cifras de muertos y desaparecidos. Un periodista, hace ya unos años, manifestaba que la característica distintiva del mexicano era la solidaridad, y sustentaba su afirmación en la forma como nuestro pueblo había respondido con las víctimas del terremoto del 85 en el DF. Como si sólo en México la gente respondiera de ese modo en momentos semejantes. Pero, aunque así fuera, ¿de que sirvió esa solidaridad mexicana si ante las tragedias cotidianas —corrupción e ilegalidad impunemente rampantes—, las que sexenio tras sexenio habían venido resquebrajando la moralidad de los gobiernos y empresas que construyeron chapuceramente muchos de los edificios colapsados, nadie había respondido oportunamente?
El mismo drama se repite hoy en Haití: vemos la solidaridad en la muerte y la destrucción material del momento, pero ésta es en gran parte resultado de años de silencio cómplice ante la pobreza, la ignorancia, la corrupción y la marginación. Decía Jacques Maritain: «El fin de la sociedad es el bien de la comunidad, del cuerpo social. Pero si el bien del cuerpo social no es entendido como el bien común de todas las personas, así como el cuerpo social en sí mismo es un todo conformado por personas, esta concepción también llevaría errores de tipo totalitario. El bien común de la sociedad…es el bien de la vida humana de la multitud, una multitud de personas; es su comunión en la buena vida». Las placas tectónicas desempeñaron su papel sobre un escenario social donde el bien común es el menos común de los bienes. La historia de Haití está plagada de opresión y regímenes corruptos. 80 % de su población vive debajo de la línea de la pobreza y 54 % vive en la pobreza abyecta. Ocupa el lugar 203 en ingresos per cápita en una lista de 229 países y es el más pobre de América (según datos de la CIA). No es de sorprender que la ayuda enviada desde el extranjero no encuentre cómo llegar a manos de los sobrevivientes. ¿Qué infraestructura, qué organización gubernamental puede existir en esas circunstancias? Ahora la sociedad haitiana sólo tiene comunión en la devastación.
Y si no fuera por el terremoto, ¿quién hablaría de Haití fuera de Haití? ¿Quién sería solidario de sus pobres? |