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La gran hipocresía Imprimir
Escrito por Alejandro Soriano Vallés   
Domingo 31 de Enero 2010

LUCES Y AMORES

Image Hoy no quiero hablar ni del «matrimonio» de los homosexuales, ni de su «derecho» a adoptar, sino del burdo fariseísmo de muchos de aquellos que los defienden.

Existe, en diversos medios de comunicación, sobresalientemente los de difusión, el estereotipo de que para ser «intelectual», «progresista», gente «de avanzada», hay que admitir determinados presupuestos. Todo liberal que —buscando la aprobación de sus pares— se respete a sí mismo, debe suscribir, forzosamente, ciertas cuestiones establecidas de antemano, como el aborto y el anticlericalismo. De igual manera, no se puede mantener una respetable imagen de modernidad sin predicar la tolerancia. Tan humanitaria palabra lo inscribe a uno —como por arte de magia— en el grupo de los sensibles y comprensivos, en el bando de los que «entienden» a los demás, en el partido de los que defienden a los oprimidos, en el reino de los verdaderos justos (además de conseguir, como quien no quiere la cosa y sin mucho esfuerzo de su parte, volver al «tolerante» profeta del dorado reino futuro donde los hombres, sin mirar sus diferencias, serán, por fin, hermanos). En resumidas cuentas, ser «tolerante» viste, y viste bien.

Curiosamente, este tipo de «tolerancia», noble corderito que se solidariza con las minorías y sus nobles afanes, aúlla, bestia enceguecida, en cuanto topa opiniones que se le oponen. Los «tolerantes» de tal signo no pueden tolerar que exista quien no esté de acuerdo con sus muy centradas posiciones. Perdiendo toda ecuanimidad y haciendo gala de un celo rabiosamente intolerante, los defensores de la condescendencia se tornan fieras de la intransigencia cuando de combatir criterios opuestos se trata. Quienes exigían benevolencia para las ideas propias, se descubren repentinamente dogmáticos, haciendo escarnio de las ajenas. Mostrando el cobre, la insegura materia de que están hechos, acuden enseguida a la descalificación barata, a la burla chabacana, al lugar común, a la leyenda negra. Cualquier recurso —por despreciable que sea— es útil para ridiculizar al enemigo. «Mochos», «fanáticos», «retrógrados», «pederastas», «oscurantistas», «irracionales», «dogmáticos»... el arsenal de estos «tolerantes» abunda en «tolerantes» epítetos que muestran muy bien que su «tolerancia» es sólo pretexto para imponer una ideología, su visión del mundo.

Es patente que si nuestros misericordiosos «tolerantes» lo fueran en serio, respetarían el derecho de quienes los contradicen a manifestarse, por muy equivocados que estuvieran. Lo que ocurre, empero, es que esa minoría (dueña, desgraciadamente, de buena parte de los medios de difusión) intenta imponer sus condiciones, su concepción de la existencia, su filosofía, a la mayoría. Está dispuesta a pisotear el parecer de la generalidad, con tal de lograrlo. De ese tamaño es su «tolerancia». Se trata, en realidad, del fascismo de los menos.

Pero la culpa no es sólo suya, sino principalmente del pueblo católico, que se deja humillar y despojar sin casi protestar. Mientras lo insultan y se mofan de sus creencias, su moral y su historia, guarda temeroso (y cómplice) silencio. No quiere parecer ni «mocho», ni «retrógrado», ni «ignorante». Como le importa la opinión de sus «tolerantes» enemigos, suscribe con su mutismo la imagen de «modernidad» y «liberalidad» que ellos le imponen. No vaya a ser que los fariseos, los hipócritas, lo llamen «intolerante».

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