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EJERCICIOS DE COMPRENSIÓN
Estamos a pocos días de la fiesta litúrgica del primer santo mexicano... la santidad nos llama a todos, incluso a los más pecadores. Y consiguiéndola haríamos que reverdecieran todas la higueras que permanecen secas...
Por J. Jesús García y García
...que nuestra patria vuelva a su antigua riqueza espiritual... ORACIÓN A SAN FELIPE DE JESÚS
En cuatro siglos pasaditos hubo ya tiempo para escribir algunas docenas de biografías de Felipe de las Casas Martínez, nacido en la ciudad de México probablemente el 1 de mayo de 1572, hijo de inmigrantes españoles (Alonso y Antonia) y que terminaría llamándose fray Felipe de Jesús, O.F.M. Parece que, dadas algunas carencias documentales, la mejor biografía de Felipe es, como casi siempre, la que aún se espera, aunque es digna de aprecio la que compuso Eduardo Enrique Ríos: Felipe de Jesús, el santo criollo.
En su niñez Felipe era tan inquieto y travieso que su niñera comentó, cuando él ingresó a un convento de Puebla para hacerse franciscano: «Cuando la higuera (una presuntamente seca que había en el patio de la casa) reverdezca, Felipillo será santo».
De las Casas Martínez no resistió la vida religiosa en Puebla. Ejerció entonces el oficio de platero, sin mucho éxito. Después su padre lo envió a las islas Filipinas, no como castigo por una vida libertina que algunos dicen que tuvo, sino ciertamente para iniciarlo en una vida de negocios comerciales. Allá, entre las tentaciones que le ofrecía el juego de azar, sintió nuevamente la vocación religiosa y entró con los franciscanos de Manila. En 1596 sus superiores le anunciaron que ya se podía ordenar sacerdote. Como no había obispo en Filipinas, la ordenación sería en México. A tal efecto se embarcó en el galeón San Felipe, que transportaba a varios misioneros. Pero una gran tempestad hizo naufragar el barco en las costas de Japón. El emperador de aquel país apresó a 26 frailes y catequistas (franciscanos, jesuitas y laicos), acusándolos de que hacían un proselitismo ilegal y de que preparaban una invasión militar. El 5 de febrero de 1597 fueron asesinados todos, Felipe el primero, después de inferirles mutilaciones y otras torturas; y es fama que ese día reverdeció la higuera en el patio de la casa paterna.
Para venerar a aquellos mártires, la Iglesia formó dos grupos: uno encabezado por Felipe de Jesús y otro por el jesuita japonés Pablo Miki. Todos ellos fueron beatificados por el Papa Urbano VIII el 14 de septiembre de 1627 y canonizados el 8 de junio de 1862 por el beato Pío IX.
Estamos a pocos días de la fiesta litúrgica del primer santo mexicano. No es un aniversario que pudiéramos llamar especialmente esperado. Pero conmemorarlo nos da ocasión de reflexionar que, si Felipe de las Casas hubiera sido, en efecto, como dicen, un libertino y hasta un disoluto, su elevación a los altares habría hecho más evidente la verdad de que «el que se tropieza y se yergue, y cae otra vez y se levanta rápido, y ora y peca, y lucha y se envisca de nuevo, y continúa batallando, y clama, y solloza, y pide que le sea arrojado un cable..., ese tal puede vivir en la fe, aunque su carne lo tenga desgarrado y viva en perpetua magulladura», como expresa bellamente Javier Larráinzar. En otras palabras: la santidad nos llama a todos, incluso a los más pecadores. Y consiguiéndola haríamos que reverdecieran todas la higueras que permanecen secas... |