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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 07 de Octubre 2007

PÓRTICO

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¿Qué espera el Papa de las hermanas de clausura?  «Que sean antorchas ardientes de amor, manos unidas que velan en oración incesante». 

Por Jaime Septién

Hace un par de semanas, el papa Benedicto XVI recibió a un grupo de hermanas clarisas del monasterio de la Inmaculada Concepción, de Albano Laziale, muy cercano a la residencia de verano del Santo Padre en Castelgandolfo. 

Yo tenía mucha expectación por el encuentro entre este Papa y las monjas de clausura.  Los de Juan Pablo II habían sido intensos, cuajados de referencias a la densidad de la clausura.

Como siempre, Benedicto XVI me sorprendió (estoy seguro que también a las clarisas y a todas las religiosas que viven bajo claustro).  Les habló desde su corazón transparente y desde el conocimiento certero de la realidad actual.

Les dijo que su vida de oración difícilmente iba a tener eco en la opinión pública (porque, añado yo, la opinión pública está demasiado ocupada por el ruido de los medios de comunicación), pero que eso no importaba, pues su compromiso con el Evangelio es una aportación extraordinaria que le ofrecen a la labor apostólica y misionera de la Iglesia.

El Papa dio -una vez más-en el blanco. La Iglesia vive en el mundo pero, como enseña Jesús en la oración sacerdotal, no es del mundo. Por lo mismo, necesita del empuje del padrenuestro; necesita el ardor de la pequeña hermana que se levanta antes del alba a pedir por la conversión del corazón de los hombres, por la monjita anciana cuyas rodillas han desgastado el reclinatorio, conversando con Dios y pidiéndole que derrame su Misericordia sobre una humanidad que, a menudo,  lo niega.

¿Qué espera el Papa de las hermanas de clausura?  «Que sean antorchas ardientes de amor, manos unidas que velan en oración incesante». 

Ellas escuchan la respiración de Dios; los latidos del Sagrado Corazón de Jesús. Son intermediarias entre el dolor y el bálsamo, entre la luz que se derrama y las tinieblas que nos apresan.  Son las grandes siervas del avemaría que cada madrugada encienden, en el dintel del mundo, la fogata de la reconciliación. Bendito sea su don, su regalo de silencio, hecho con las cuentas de un Rosario, para nosotros, los peregrinos del Absoluto.


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