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DOCUMENTOS 
Resumimos la carta que ha escrito monseñor Óscar Domingo Sarlinga, obispo de Zárate-Campana, Argentina, dirigida a todos aquellos que «sufren depresión, angustia y situaciones de grave necesidad».
[Es] del todo natural que el cristiano enfermo o deprimido vuelva sus ojos a la Santísima Virgen María, «Causa de nuestra alegría y Salud de los enfermos». [Hay una] necesidad pastoral de afrontar con fe y esperanza el panorama de angustia y depresión en que viven no pocos hermanos y hermanas nuestros. Cuidar a los que sufren La Iglesia siempre ha tenido en alto la preocupación por los enfermos y sufrientes, a imitación del propio Jesús, como lo refería el papa Benedicto XVI en una reciente visita pastoral a una clínica: «Encontrándome entre vosotros pienso de modo espontáneo en Jesús que, durante su existencia terrena, siempre mostró una particular atención a los que sufrían, curándolos y dándoles la posibilidad de volver a la vida de relación familiar y social que la enfermedad había impedido. (…) La Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Señor, manifiesta siempre una predilección especial por quienes sufren». Así también nosotros debemos tener una especial solicitud para con los enfermos y los que sufren, y en especial para con los deprimidos y angustiados; más aún, en nuestras parroquias, movimientos y asociaciones de fieles, todo ello debiera ser un aspecto más que destacado de la pastoral. El sentido de la vida es clave Se sufre con las características físicas, psicológicas y espirituales que cada persona posee. Tiene mucho, muchísimo que ver con el sentido de la vida que cada uno tenga. Así, la esencia del sufrimiento consiste en cierta desintegración del ser, incluyendo el pasado, el futuro, el sentido de la vida de alguien, sus intenciones y proyectos, sus ideas de fuerza y sus creencias. El sufrimiento se da, pues, en una cultura, que es propia del ser humano. Ahora bien, la depresión y la angustia son siempre manifestaciones de sufrimiento. Pero la inversa no es igualmente cierta. No confundir tristeza con depresión Para introducirnos en tema, algo importante es no confundir el estado de ánimo triste, que constituye un malestar psicológico frecuente pero que no configura el padecimiento de una depresión en sí, puesto que ésta indica signos, síntomas, síndromes, un estado emocional permanente, una reacción clínica bien definida. En la depresión como estado patológico se pierde la alegría y satisfacción de vivir, la capacidad de actuar y obrar, y la esperanza de recobrar el bienestar, cayendo en un sombrío ánimo. Precisamente, aquélla se acompaña de manifestaciones evaluables clínicamente en la esfera del estado de ánimo, del pensamiento, de la actividad psico-motriz y de las manifestaciones somáticas. Juan Pablo II habló de la depresión El papa Juan Pablo II trató en distintas ocasiones el tema de la depresión desde una perspectiva humana amplia; hacía referencia a «los diferentes aspectos de la depresión en su complejidad: van desde la enfermedad profunda, más o menos duradera, hasta un estado pasajero, ligado a acontecimientos difíciles ?conflictos conyugales y familiares, graves problemas laborales, estados de soledad...?, que comportan una fisura o una ruptura en las relaciones sociales, profesionales, familiares. La enfermedad es acompañada con frecuencia por una crisis existencial y espiritual, que lleva a dejar de percibir el sentido de la vida». En general, queridos hermanos y hermanas, hay a nuestro alrededor todo un mundo de dolor del que nos compadeceríamos mucho más si miráramos aunque más no fuera un poco, saliendo de nuestro propio mundo de auto-suficiencia y auto-miramiento. ¡Si aunque sea siempre rezáramos un Padrenuestro por los que más sufren! ¡O los incluyéramos siempre en las intenciones de la Santa Misa! Puestos en el Corazón de Cristo, ya sería muchísimo, y también mucho es lo que podemos hacer, en Cristo, conforme a las exigencias de la vida cristiana, en la «eucaristía vivida» de nuestra vida diaria. Nosotros, personas religiosas, tenemos mucho que orar y mucho que obrar por el bien; sin creernos más que nadie, sino partiendo de las energías de amor, energías que el Espíritu del Señor ha puesto para bien de los que lo aman. Frente al drama del vacío existencial, pongamos amor, y allí donde haya odio, envidia, paranoia consentida, también. Como en la oración de san Francisco de Asís. Hace falta trabajar la voluntad Incluso frente al horror del campo de concentración, expresión sin par del vacío existencial, y de la ominosa Shoah, el gran neurólogo Viktor Frankl, encontró el sentido de la vida y el sentido del amor. En su obra Le dieu inconscient nos habla del «poder de contestación del espíritu». Y parte del principio de que «la exigencia fundamental del hombre es (…) la plenitud de sentido». He aquí un gran remedio a la tristeza y depresión. Aparece aquí el tema de la «voluntad de sentido», que abre vías de salida al ser frustrado, presa del vértigo del vacío existencial, que puede caracterizarse como pérdida de la capacidad para interesarse, ilusionarse y disfrutar de todas o casi todas las cosas y circunstancias de la vida, disminución general de la vitalidad, pérdida de la confianza en sí mismo, con sentimientos de inutilidad, inferioridad o de culpabilización excesiva, perspectiva negra del futuro, ideas de muerte e incluso de suicidio. No basta la ayuda psicológica: es necesaria la asistencia pastoral Este vértigo en el que el ser humano puede caer se manifiesta como rampante tristeza, ideas negras, repliegue sobre sí mismo con obsesión de muerte, y caída en el vacío. Es el drama interior, que necesita de un profesional especializado, y también de atención pastoral. Elementos desencadenantes A nivel humano en general, pienso que en el drama de la depresión pueden existir algunos factores de predisposición, pero aquí sí, más que nunca, no se debe generalizar, teniendo en cuenta la multicausalidad. Puede constituir otro factor a considerar el excesivo perfeccionismo de la persona, es decir, el ansia desmesurada de obtener resultados «perfectos», que nadie pueda atacar o criticar (lo cual hace a la persona muy vulnerable a la frustración). El perfeccionismo podría ser confundido con el sentido genérico de la «responsabilidad», pero en realidad denota cierto sentimiento de omnipotencia y, diríamos, de «irrealismo», en el sentido de rehusar admitir las propias limitaciones. Otro factor importante puede constituir la psico-estructura del sujeto con caracteres paranoicos o paranoides, factor que hace ver a muchos de los que lo rodean (o a todos) como un conjunto de adversarios y enemigos conjurados. Ello le ocasiona aislamiento y rechazo, y, quizá, depresión. Tampoco podríamos dejar de mencionar como factores depresivos a la agobiante «soledad» (no la fecunda, sino esa soledad destructiva, que frustra) y a la parálisis o atrofia de la actividad, en la cual la persona deprimida experimenta una exacerbación de su sentido de autocrítica y tiende a teñir de negativo sus posibilidades de actuación. La actitud pastoral necesaria La actitud pastoral debe considerar lo siguiente: + Una persona que ha caído en depresión necesita compañía y ayuda a fin de superar la soledad y aislamiento, necesita que alguien le abra camino a la luz en su vida, necesita ejercitar alguna actividad satisfactoria que le resulte exitosa, abrirse al Bien y a la Verdad, y para ello es preciso que descubra cuáles son las fisuras y grietas de su personalidad por donde se han filtrado las aguas negras de la depresión. + Lo primero que necesita es la aceptación de la propia realidad, la cual, en la medida en que Dios la quiso, o permitió por lo menos, llega a ser «historia sagrada» en el sentido en que ni un cabello cae de nuestra cabeza sin que el Padre celestial lo sepa. + También la autoestima coopera, porque no puede amar a los otros quien no se ama. + Es claro que si la persona que sufre depresión es un cristiano, hay elementos muy sólidos en la fe para superar el mundo de oscuridad y frustración. La acción pastoral necesaria Por ello, en la atención pastoral de quien padece angustia y depresión ocupa un lugar de primer plano todo lo que pueda robustecer la fe, comprendiendo por ésta las certezas acerca de la bondad y sabiduría de Dios, acerca de su presencia y su amoroso poder, acerca del destino de felicidad que Dios quiere para todos los seres humanos. También acerca del recibimiento tierno que Dios prodiga a sus hijos descarriados (cfr. Lc 15, 11-24), aun sabiendo perfectamente acerca de nuestras limitaciones, flaquezas y astucias (cfr. Salmo 103, 14). El papel de los que cuidan de la persona deprimida (por ejemplo, quienes atienden a nivel pastoral a quienes más sufren) consiste sobre todo en ayudarle a recuperar la estima de sí misma, la confianza en sus capacidades, el interés por el futuro y el deseo de vivir. Por eso es importante ayudarla a percibir el amor y la ternura de Dios, integrarla en una comunidad de fe y de vida donde pueda sentirse acogida, comprendida, sostenida, en una palabra, digna de amar y de ser amada. Muy importante es asumir el sufrimiento (y, por ende, la depresión y la angustia) no como masoquismo sino como forma de «participación en la pasión y en la cruz de Cristo» y, en el decir de san Pablo, para «completar lo que falta a la pasión de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24). El camino hacia la vida eterna puede tener que atravesar por una prueba, así como por un cierto aniquilamiento y sentimiento de abandono, a imitación de Cristo. |