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AL MARGEN…
Puede que no sea una obra maestra, pero es, sin duda, un excelente trabajo, y es un logro humano antes que uno cinematográfico.
Por Juan Carlos Moreno Romo
Puede que no sea una obra maestra, pero es, sin duda, un excelente trabajo, y es un logro humano antes que uno cinematográfico. No es verdad que el artista pueda o deba prescindir de todo, incluyendo los valores y los deberes del hombre. Y no hace falta, ¡al contrario! Un buen hombre, un hombre humilde y honesto que trabaja con amor y con respeto está en mejores condiciones para hacer las cosas bien, incluso en materia artística, que uno que se hace daño y nos lo hace a los demás —y que conste que no estoy diciendo que no haya que pasar, de vez en vez, por los dolores de parto, o por las pruebas, o los caminos estrechos y escarpados, o por los senderos de cruz, pero esa es otra historia.
Nos la recomendó mi hermana Alma y por eso la fuimos a ver —nosotros que no acostumbramos a seguir las indicaciones de las campañas mediáticas, o de la publicidad—, y a ella se la recomendaron en su grupo de estudio y reflexión, en su parroquia. De no ser por ese «de boca a oreja» parroquial y familiar no nos habríamos enterado de que en nuestro país había tan buenas noticias en materia cinematográfica, ¡y ya era hora!
La película es bonita y es entrañable. Yo soy profesor universitario, y he tenido alumnos así. Me acordé de Danielle, quien, ya mayores todos sus hijos, a su propio ritmo y sin ninguna prisa sigue estudiando con nosotros su licenciatura en Filosofía. Y de Javier también, mi antiguo maestro de Física en la Preparatoria Centro, quien fue después mi alumno de Cosmología y Filosofía de la Ciencia, y antes que mi alumno mi amigo, y mi compañero de largas y muy gratas caminatas. Y me acordé, sobre todo, de Don Poli, quien fue uno de mis primeros alumnos de pelo blanco y me enseñó, en una sola y breve conversación (una vez que, rumbo al santuario de la Virgen de Los Dolores, en Soriano, de paso por Saldarriaga se detuvo en mi casa) mucho más de lo que le enseñé yo en todo un año de clases en el que, por lo demás, puse todo mi empeño de joven profesor de filosofía.
Y es que una es la escuela de los libros, los cursos y los exámenes, y otra es la escuela de la vida (lo cual de ningún modo quiere decir que en los libros y en las aulas no haya vida), y es eso justamente lo que nos muestra la película El estudiante.
En ella vemos por un lado —representando a nuestras universidades modernas, que ya no educan— a un mero y rígido y convencional y distante profesor, que al mismo tiempo que descree, insensible y despectivo, de las posibilidades de sus estudiantes, se aprovecha muy vilmente de la admiración que, gracias al escaparate público que le proporciona su puesto, le tiene una bella joven que, como el Fedro de Platón, está deslumbrada por las letras (y por la Universidad misma y lo que la cultura tiene de «distintivo» o de «elitista»), y por el otro vemos, sobre todo, a Don Chano, el viejo lector de Cervantes que sigue teniendo muchas ganas de vivir, y de convivir y por lo mismo de enseñar a vivir a los demás, en este caso a los jóvenes un tanto cuanto excéntricos que tiene al lado y en quienes sabe ver a la persona más allá de los estereotipos juveniles (la vestimenta agresiva y los peinados raros, la música estridente…), que en primera instancia bien podrían serle repelentes a un hombre de su educación y de su edad.
Muy sincera y muy sentidamente los invito a verla, y a adquirir incluso el DVD, y a tenerla en casa como se tiene un buen libro, y en este caso una muy buena invitación a leer el Quijote, y lo que de vivo y eterno hay en él.
Y desde luego vaya un «¡bravo!», señor cineasta Roberto Girault. Siga usted adelante y estoy seguro de que no tardará en darnos, preparada por una serie de buenas obras —en los dos sentidos de la palabra—, una verdadera obra maestra. |