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Cumplo cincuenta años. Comparto con algún lector desprevenido un poco de lo que abunda en mi corazón.
Cumplo cincuenta años. Comparto con algún lector desprevenido un poco de lo que abunda en mi corazón. Puedo decir que me siento feliz como cuando, de pequeño, alzaba la vista en la noche y a la primera estrella que miraba, sin parpadear por supuesto, le pedía como deseo ser feliz recitando una especie de copla que terminó por hacerse un ritual. Hoy, lejos del genio infantil, comprendo que la felicidad es una conquista cotidiana y que, con seguridad, no es la ausencia de sufrimiento físico, espiritual o psicológico. Entiendo que la felicidad es asumir todo cuanto nos llega en la vida con fe y esperanza, abiertos a este amor que es pasión y deseo, entrega y sacrificio sin separación posible y que invocamos en la palabra caridad. Se bien que no digo nada nuevo y que como filosofía resulta un tanto barata. La diferencia, también lo entiendo, es vivirlo y poder dar testimonio de ello.
Pasados 50 años puedo decir, como André Frossard, que Dios existe, que me lo he encontrado en esta jornada y que no deja de sorprenderme, que me tiende celadas detrás de cada puerta, siempre de buen humor. Un Dios divertido y solidario, tan hermoso que extiende sus pequeños brazos a mi persona, recostado en un pesebre cual improvisada cuna y que, seguro, de poder, se dejaría ver en alguna resonancia magnética dentro de la panza de María. También es cierto que Dios no me ha exentado de la mordedura del dolor, como tampoco del sufrimiento profundo, de ese que cala los huesos y el alma, vivido no sólo en mi persona, también en mis próximos. Pero Dios siempre ha estado ahí y, cuando he desmayado en la jornada, al alzar la vista lo he sorprendido contemplándome desde la Cruz, haciendo de mi dolor uno con el suyo. Entonces la resurrección se sucede con su peso cotidiano, preciso y sorpresivo.
No lo niego. En ocasiones he peleado con Dios, le he gritado, le he acusado, le he reñido casi con rencor. Enojado le culpé de cuanto me sucedía, del sufrimiento de mi persona y de los míos. Negarlo, golpearlo, escupirlo, patearlo, renegar de su Iglesia parecía la solución. En su ausencia bien podría entregarme a la nada. Y todo, ¿para qué? Para encontrarlo al cabo del tiempo sentado en el camino, esperándome con una sonrisa que llena el universo, abrazándome sin preguntar y sin yo pedirlo. ¿Cómo negarse a un Dios así? ¿Cómo no quererle, cómo no rendirse? Siempre atento, a la espera en el friso de la puerta, haciéndose el encontradizo en el camino, liberándonos de los fardos acumulados por nuestra soberbia y que, al tiempo de salvarnos de la carga de nuestros pecados, se nos ofrece en un poco de pan y vino cada que se nos venga en gana. Cumpliré cincuenta años. La jornada no ha sido fácil, pero ha sido plena. Mi vida se resume en dos frases: Dios existe, Dios nos ama. |