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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 03 de Enero 2010

PÓRTICO

Image El mensaje de la Jornada Mundial de la Paz  es un llamado, uno más, del Papa Benedicto XVI para que los seres humanos abramos los ojos (nos hagamos como niños) y veamos la magnificencia y la delicadeza de la casa común que es la Tierra, la creación toda.

Por Jaime Septién

El mensaje de la Jornada Mundial de la Paz  es un llamado, uno más, del Papa Benedicto XVI para que los seres humanos abramos los ojos (nos hagamos como niños) y veamos la magnificencia y la delicadeza de la casa común que es la Tierra, la creación toda.

Con enorme intuición, el Papa liga la paz con el respeto al medio ambiente. Se ha dicho, hasta el cansancio, que quizá las próximas guerras no sean por cuestiones territoriales o de hegemonía política, sino por el acceso a bienes comunes pero escasos, malamente gestionados y distribuidos, como el agua. Garantizar el acceso de todos a los bienes de todos: ¿no es eso trabajar por la paz?

Alguno dijo: “si quieres la paz prepárate para la guerra”. Cinismo tan lejano al pensamiento cristiano no puede haber. Para quienes hemos decidido —con la fe y la razón— imitar a Jesús, la paz es resultado de la justicia. Y la justicia lo es del amor. Recuperar la juventud del mundo, desacelerar su deterioro y llevar a efecto un modelo de acción que, verdaderamente, revolucione la desertificación de los campos, la pérdida de los bosques, el calentamiento global, la disminución de la biodiversidad, la contaminación de agua, aire y tierra; en fin, que logre una vida mejor para la presente y las futuras generaciones, tiene una sola vía: Cristo (incluso para quienes no conocen a Cristo).

El padre Jean Daniélou afirmaba que «el cristianismo es la eterna juventud del mundo». Por su parte, el Papa Benedicto XVI señalaba al principio de su pontificado que la Iglesia tiene y transmite la juventud de Cristo, que es «eternamente joven». La Tierra, insisto: nuestra casa común, se está volviendo vieja, acabada, exhausta, derrengada, agujerada, rota y desequilibrada, no por los años que tiene de existir, sino por el odio verdadero (asociado a la avaricia, al egoísmo, la irreverencia, el poder, el dinero, el placer) con el que la hemos tratado los hombres. En materia de ecología urge reintegrar a Cristo al debate y a las soluciones de fondo. Sin Él nos seguiremos asfixiando en la modorra del cálculo y del dolor ajeno.

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