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No perdamos de vista que Dios no aparta su misericordia de sus criaturas
Por Omar Árcega E.
A todos nos ha tocado vivir alguna semana o algún día especialmente desastroso, ese cúmulo de acontecimientos desafortunados que nos hace exclamar: ¡Me levanté con el pie izquierdo! En esos momentos alguna vez nos nace expresarnos como lo hizo Cristo: «Eli, Eli lama sabactani» ¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!
En medio de esa desesperación se nos olvida que Dios esta siempre a nuestro lado. Perdemos de vista su presencia amorosa, pero Él no aparta su misericordia de la creación, de sus creaturas. Esto es precisamente lo que festejamos al celebrar la Divina Providencia. Hablar de Dios providente significa que la luz de su amor permanentemente nos ilumina, que por Él nos encontramos en este mundo, no estamos en la tierra a la deriva, a merced de los ventarrones de la historia. Dios, como Padre omnipotente y sabio, está presente y actúa en el mundo, en la historia, en cada criatura, sobre todo en el hombre, que, guiado por Él, debe llegar a la meta final: la vida eterna. Juan Pablo II lo expresa magistralmente: «La Providencia significa la constante e ininterrumpida presencia de Dios como Creador en toda la creación: una presencia que continuamente crea y continuamente llega a las raíces más profundas de todo lo que existe».
Divina providencia y libertad
Estar bajo el cuidado y la protección de Dios, significa no estar en el mundo simplemente «arrojados» sino arropados, no implica que el ser humano pierda su libertad. Ciertamente hay un destino, un plan que Dios ha pensado para ti y para mí, pero tenemos un gran regalo: el libre albedrío. Tenemos la capacidad de aceptar o rechazar, de hacer lo correcto o de pecar. «La Divina Providencia sigue el ritmo del hombre en la historia y se adapta a sus leyes de desarrollo. La autoridad de Dios respeta plenamente la libertad humana (expresión de la libertad divina)». Dios sostiene nuestra existencia pero nos da suficiente espacio para que como hombres y mujeres libres optemos por nuestros propios caminos.
El mal
La existencia de la maldad en la Tierra hace dudar a muchos de la Providencia de Dios. Porque, si Dios nos cuida y sostiene, ¿por qué permite la existencia de individuos que dañan a sus prójimos? Aquí conviene recordar que una forma de expresión del Amor Divino es la libertad. Por otro lado, nos recuerda Juan Pablo II parafraseando a san Agustín: « La Divina Providencia, no queriendo el mal, lo tolera, en vista de un bien mayor. En Jesucristo, Dios saca bien del mal. Cristo confirma con su propia vida que Dios está al lado del hombre en el sufrimiento; lo toma sobre Sí y revela que ese sufrimiento posee un valor y un poder redentor y salvífico. La verdad de la Providencia adquiere así, mediante el poder y la sabiduría de la cruz de Cristo, su sentido escatológico definitivo».
La Divina Providencia, hoy
En el concilio Vaticano II se habla de la Divina Providencia como «plan eterno de Dios en la Creación, como realización de ese plan en la historia, como sentido salvífico y escatológico del universo, y, especialmente, según la predestinación en Cristo». Se habla de que Dios tiene un plan para el ser humano. Los actuales desarrollos de la civilización forman parte de la voluntad divina. Sin embargo, estos adelantos traen contradicciones y desequilibrios. «La Divina Providencia viene al encuentro del hombre, también en el desarrollo del mundo de hoy, para asistirle y ayudarle».
Los rápidos avances científicos, la sensación de un cada vez mayor y más preciso control sobre la naturaleza, han creado una cultura de la soberbia, en donde el ser humano se erige su propio dios. «Es fácil ceder al deslumbramiento de una pretendida autosuficiencia, hasta olvidarse de Dios o ponerse en su lugar. Hoy esta pretensión llega a algunos ambientes en forma de manipulación biológica, genética, psicológica». Esto lleva a pensar que Dios es obstáculo en nuestro «progreso». Nada más falso: la libertad del hombre encaja, se acrisola, en el Plan Divino.
Dios provee
En algún momento de nuestra vida experimentaremos una intensa amargura, desánimo y decepción, pero, aun en estas contrariedades, podemos y debemos vivir al Dios Amor. Es válido que gritemos: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», pero después de esa descarga emocional no debemos olvidar que la Providencia Divina nos acompaña y se conduele, es decir, se duele con nosotros. En lo más profundo de nuestro dolor, Dios nos brindará algo provechoso para nuestro crecimiento. Providencia significa «prevención que mira o conduce al logro de un fin». Dios conduce a cada ser humano a nuestro fin: la comunión con Él. |