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Carta del arzobispo de Valladolid, Braulio Rodríguez Plaza, con motivo de la polémica sucitada por los crucifijos en las aulas de un colegio en el 2008 (carta extractada)
No existe ninguna norma que prohíba la existencia de crucifijos en las clases, y si no hay tal prohibición, unos padres católicos, que tienen el derecho de que sus hijos sean educados según sus convicciones, ¿acaso están haciendo que la presencia de un crucifijo en el aula sea una amenaza para otros niños que no son cristianos o no lo quieran ser? «Es difícil pensar que un crucifijo pueda ser una amenaza para la educación y el estado laico», afirmó hace apenas dos días el servicio de información religiosa de la conferencia episcopal italiana. Habla, sin duda, de una sana laicidad.
Y es que el crucifijo, a pesar de la sentencia del juez vallisoletano, tiene, además del sentido religioso cristiano para estos creyentes, otro valor no desdeñable: es el símbolo omnipresente en la historia y en la cultura que ha configurado el Occidente en el que vivimos y los valores que sostienen la democracia. Pero, sin duda, hay una pérdida de memoria respecto a las tradiciones y los valores que han dado esencia a Europa. No se puede pensar razonablemente que el crucifijo expuesto en el aula escolar sea un simple objeto de culto; es también un símbolo idóneo para expresar el elevado fundamento de los valores civiles que delinean la sana laicidad en el actual ordenamiento jurídico español.
¿Por qué, pues, hacer desaparecer la imagen del que ha llevado a personas concretas, familias y pueblos enteros a apostar por el bien común, la justicia, el perdón, la ayuda mutua, la solidaridad, la fraternidad y la caridad, que es amor desinteresado que busca el bien de los demás? No parece razonable en nuestro entorno cultural. ¿A quién se obliga hoy a ser cristiano, qué imponemos hoy los católicos a los que no lo son? ¿Nuestras procesiones, sobre todo de Semana Santa? Entendemos que pueda molestar a un sector de nuestra sociedad que los católicos quieran mostrar externamente, en la calle y en los lugares públicos donde vivimos, que creemos en Jesucristo y que esta fe es buena para la humanidad. No extorsionamos a nadie. Nosotros aceptamos otras muestras de «creencias» y a otros creyentes no católicos y no cristianos. No nos molestan, si son hombres y mujeres de buena voluntad. Sin duda en el caso que nos ocupa las partes afectadas por la sentencia harán valer sus derechos, siempre con procedimientos democráticos. Juan Pablo II dijo a una representación de responsables, profesores y alumnos de escuelas romanas: «El crucifijo, presente en vuestras aulas, es signo concreto del don de amor de Jesús a todo hombre: ojalá que sea para cada uno de vosotros una invitación a entregarse generosamente, a fin de construir un mundo nuevo más solidario y justo». |