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EJERCICIOS DE COMPRENSIÓN
Imposible que usted fuera a un país islámico y quisiera eliminar la media luna como emblema, o a Israel a quitarles la estrella de David, porque, según usted, tales símbolos «ofenden y vulneran sus derechos de padre a educar a sus hijos según sus convicciones».
Por J. Jesús García y García
No estaría de más que algún día los cristianos abriésemos la boca. Ganas no nos faltan, quizás es por respeto o educación. FORO SANTO TOMÁS
En materia de emblemas usados por los diferentes grupos humanos podemos remontarnos, por lo menos, hasta el tótem. Éste, como otros elementos simbólicos de posterior aparición, fue la representación que el hombre hizo de un ente superior (o de cualquier ser natural o fenómeno considerado propiciatorio), alguien o algo a quien encomendarse, a quien alabar y agradecer, a quien ofrecer sacrificios, e incluso a quien culpar de que las cosas no salieran como se deseaba. A una comunidad así significada, usted, amigo lector, aunque se llamara Solie Lautsi y contara con el apoyo de toda la burocracia estrasburguesa, no podía llegar y echar abajo el sagrado símbolo prevaleciente, por ser usted minoría; y mientras no cambiara su condición (es decir, que usted, con muchos otros, formara mayoría) tendría que plegarse al gusto y voluntad dominantes.
La fe ha estado históricamente ligada a una serie de símbolos significativos. Imposible que usted fuera a un país islámico y quisiera eliminar la media luna como emblema, o a Israel a quitarles la estrella de David, porque, según usted, tales símbolos «ofenden y vulneran sus derechos de padre a educar a sus hijos según sus convicciones». Y esa es la irracionalidad cometida por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos: dictar una sentencia contra los países cristianos que en forma distintiva tienen un crucifijo colgado en alguna pared de sus escuelas. Europa tiene una larguísima tradición cristiana, ¿por qué ese afán de quitársela sin mediar plebiscito alguno? Podemos recordar otros episodios de ese intento de arrancar la fe al viejo continente: la pretendida supresión del crucifijo y la Biblia en las tomas de posesión de los cargos públicos, los autobuses ateos de Barcelona, la discriminación a una empleada de British Airways por el delito de llevar un pequeño crucifijo colgado al cuello... en fin, son muchos y de todos los tamaños. Tienen, eso sí, una característica común: están apuntados básicamente contra el catolicismo, el eslabón más débil de la cadena porque habitualmente somos los católicos los que peor nos defendemos.
Menos mal que ya se están presentando otros síntomas: el inefable Berlusconi, presidente del gobierno de Italia, ha dado muestras de que también es capaz de gestos bizarros. Ha tachado la sentencia de marras como «totalmente inaceptable», argumentando que «sabemos desde siempre que Italia es un país en el que la historia del cristianismo es su propia historia». Y la ministra de Educación, Mariastella Gelmini, declaró: «Nadie, aun menos una corte europea impregnada de ideología, logrará arrancarnos nuestra identidad. Nuestra Constitución reconoce justamente el valor de la religión católica para nuestra sociedad».
Una laicidad positiva se fundaría en la cooperación entre el Estado y las distintas confesiones, no en la supresión de éstas —y menos de sólo una de ellas—, a las cuales debería serles permitida la manifestación de las creencias en la vida pública. |