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LUCES Y AMORES
Sor Juana Inés de la Cruz, gloria de México y la Iglesia
Por Alejandro Soriano Vallés
México no siempre fue el país derrotado y sin esperanza que conocemos. Hubo una época —larga, más de dos siglos— en que, a pesar de las dificultades, la alegría, como el vuelo de sus aves, pirueteaba confiada sobre el cielo azul. Fueron tiempos mejores, porque sus hombres lo fueron.
Acostumbrados como estamos al individualismo y la búsqueda personal del placer y la fama, no podemos creer que nuestros antepasados realmente se sacrificaran por el bien común. Los mexicanos modernos, sometidos a un sistema enemigo de los modos cristianos, hemos sido aleccionados para satisfacernos a costa de los demás. El adoctrinamiento que recibimos (en todas partes, de la calle a la televisión, pasando por la escuela) nos empuja a pensar que el culto al yo es natural, que siempre ocurrió así. De hinojos ante nuestros miedos, postrados ante nuestro ego, suponemos imposible la superioridad de los antiguos. Esas viejas historias de mártires, ascetas y pobres voluntarios nos ofenden. No las toleramos, porque son un reproche al modo en que vivimos. Por tanto, hay que desprestigiarlas. No es creíble que alguien antepusiera el amor a Dios y al prójimo al propio. Esos son cuentos. Si yo no soy capaz de hacerlo, nadie lo es. Seguramente, tales historias encubren algo sórdido, porque —lo veo en mi comportamiento— sórdido es el hombre.
Modelo de su pensamiento, lo sabemos muy bien, es la vida de muchos. Quien no vive como piensa, piensa como vive. Y con ese pensamiento juzga las acciones ajenas. Por ello, hay que interpretar mundanamente las biografías de tantos probos del pasado. México no pudo tener hombres justos, porque hoy no los tiene. Descubramos, entonces, detrás de cada acción santa una razón mezquina. Hagamos de nuestros nobles abuelos hipócritas; y de nosotros, sagaces descubridores de sus engañifas, grandes y perspicaces intelectuales. Comprobemos que si México es actualmente una nación vencida y sin futuro es porque siempre lo fue. Manchemos con el lodo de hoy el pasado, y así estaremos en paz. Comprobaremos que no es posible mejorar, y así no habrá motivo de cambio. Sin ejemplo, no hay virtud.
Este 12 de noviembre sor Juana Inés de la Cruz cumple 358 años de nacida. Gloria de las letras nacionales, lo es aún más de la Iglesia universal. Quizá semejante afirmación desconcierte al lector, pues la publicidad y reputación de los enemigos de Dios que han escrito contra ella dicen lo contrario. En efecto, innumerables «biografías» y novelas de conocidas celebridades modernas repiten a coro una misma y monótona estridencia, aquélla que, presentando a la monja al modo de sus autores, mancilla su venerable nombre tornándola intrigante, vengativa, lujuriosa, ambiciosa y quién sabe cuántas majaderías más. Tantas calumnias atentan no sólo contra ella, sino contra México y, principalmente, contra la Iglesia de Dios. Es una agresión a todos nosotros, desde que desfigura un pasado lleno de gloria, haciéndonos creer que la existencia es terrible porque siempre lo fue. Nos enfanga con la materia del mundo, ocultándonos que hubo seres con alas capaces de dejarla muy atrás. Nos deprime y decepciona. Nos quiere, como con Sor Juana, a su imagen y semejanza.
Por ventura, el pasado fue mucho mejor, lo cual significa que el presente puede serlo. Si el Señor lo dispone, más próximos a su natalicio, daré en la siguiente entrega algunas de las razones históricas por las que es necesario y justísimo reivindicar la reputación de la heroica Esposa de Cristo, la madre Juana Inés de la Cruz. |