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Si no fuera por las órdenes de clausura y las almas reparadoras... Imprimir
Escrito por Diana R. García Bayardo   
Domingo 15 de Noviembre 2009

Image «Velen y oren para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder», dice el Señor

«Velen, pues, y oren en todo tiempo, para que puedan escapar de todo lo que ha de venir, y comparecer ante el Hijo del Hombre» (Lc 21, 36). Esto lo dijo Jesús justo después de referirse a algunos difíciles acontecimientos que han de preceder a su segunda venida.

Y es que la importancia de la oración es tal que sólo ella es el arma que el Señor nos ha entregado para salir victoriosos de la prueba. Así, depende de nosotros mismos —según estemos dispuestos a orar o no—  el que podamos escapar «de todo lo que ha de suceder». Si rezamos tal como se debe, Dios se encargará de hacer su parte, salvándonos del mal.

De hecho, Dios ya nos salva de muchos males, día a día, sin que nosotros lo advirtamos; Él lo hace atendiendo a nuestras más bien escasas y hasta mediocres oraciones, pero, sobre todo, considerando el mérito de algunas personas, laicas o consagradas, que han hecho de su vida un auténtico apostolado de oración, entre ellas los religiosos y religiosas pertenecientes a las órdenes de clausura, esas hermosas comunidades cristianas que se apartan del mundo para interceder por la salvación del mundo y que, sin embargo, son incomprendidas por muchos y vistas como inútiles.

Pero el Señor piensa de modo totalmente diferente. Así, le reveló a monseñor Ottavio Michelini, el 24 de noviembre de 1978: «Hijo mío, la Iglesia no perecerá, y no perecerá precisamente por el poder de la oración de los pocos buenos y por las humildes oraciones de aquéllos que no se han dejado engañar por las insidias venenosas del Infierno. Éstos están ya marcados y se salvarán como se salvó Noé con los hijos de sus hijos en el Arca, de la que tanto se rio la necedad y la ceguera de aquellos que no creyeron. Mi Padre Celestial jamás apartará de sí a aquéllos que le elevaron su fervorosa oración con fe viva y con corazón humilde y sincero».

A santa María Magdalena de Pazzi le dijo un día Jesucristo: «Mira, hija, cómo los cristianos viven entre las garras de los demonios. Si mis escogidos no los libran con sus oraciones, serán totalmente devorados».

Y a Catalina Rivas, una mujer de hoy, boliviana, casada y con dos hijos, que desde hace algunos años viene experimentando manifestaciones místicas y revelaciones privadas —hasta el momento su caso ha sido bien visto por diversos obispos de la región—, el Señor Jesús le dijo el 19 de julio de 1996: «El mundo nunca ha tenido tanta necesidad de oraciones como ahora en que la Justicia empieza a sobrepasar a la Misericordia». Siete días después Cristo volvió sobre el tema: «Si no se hacen cadenas de oración y se ofrecen penitencias, las fuerzas del mal, ya desencadenadas, perderán trágicamente este mundo».

Por eso el 20 de julio de ese mismo año Jesús le pidió que aprovechara todo momento para orar; le dijo: «Ora mucho, repara, porque mi Corazón sangra en esta hora tan difícil… Queda poco tiempo para salvar almas y no quiero que nadie perezca. Cuando se te vaya el sueño en la noche, ubícate junto a uno o muchos de mis Sagrarios, ora y repara allí —desde tu cama— con la mente puesta cerca de Mí; ofréceme tu adoración y tu reparación por todos aquellos que trabajan sin cesar, guiados por el demonio, para abolir mi Presencia».

Y esto es algo que Dios también espera de nosotros. ¿Estamos dispuestos a hacerlo?


Urge hacer oración de reparación

Desconocemos si es real o hipotética la siguiente lección dada por un niño y que publica Catholic.net:

— ¿Rezas a Dios? —le preguntó una persona mayor.
— Sí, cada noche —contesta el pequeño.
— ¿Y qué le pides?
— Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

El niño, sin saberlo, estaba respondiendo al llamado que Dios ha hecho muchas veces,  a través de sus místicos, de colaborar con Él en la salvación de los hombres. El pecado es mucho, y, por tanto, la necesidad de reparar tanto mal es también inmensa.

A sor Josefa Menéndez, española, religiosa coadjutora de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, fallecida en 1923 a la significativa edad de 33 años, Cristo le dijo el 21 de abril de 1922: «¡Son tantas las almas que necesitan perdón! Por esto mi Corazón busca víctimas que le ayuden a reparar los ultrajes del mundo y, por su medio, derramar mi Misericordia». Con el término de «almas víctimas» se estaba refiriendo a personas dispuestas a colaborar con Él, a través de una entrega total y amorosa, en la salvación de los demás.

En mensajes anteriores ya le había dicho a sor Josefa: «Necesito almas que me consuelen y reparen, y si aquí no las encuentro, ¿dónde iré?». Y también: «No hay una sola criatura en la Tierra tan despreciada y ultrajada como Yo… Consuélame… Ámame… Mira que son muchas las almas que me llenan de dolor; repara por las que deberían hacerlo y no lo hacen».

Lo anterior concuerda con lo dicho por la Virgen en apariciones aprobadas por la Iglesia, y en las oraciones que nos fueron enseñadas para paliar tanto mal y consolar a Cristo, «que ya está muy ofendido».

En Fátima, por ejemplo, los tres pastorcitos recibieron la indicación de orar tres veces: Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman. También la siguiente oración debían repetirla tres veces: Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María, te pido la conversión de los pobres pecadores. Esta última es muy semejante a la recibida por santa Faustina Kowalska para rezar al inicio de cada decena de la Coronilla de la Divina Misericordia, que se acompaña por repeticiones de esta otra oración: Por tu dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero».

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