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Un gran castigo Imprimir
Escrito por Diana R. García Bayardo   
Domingo 15 de Noviembre 2009

Image «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación» (Lc 21, 28)
Los santos, en sus revelaciones privadas, y la Virgen María, en sus apariciones, advierten  de un gran castigo. Hay quienes lo equiparan con la Gran Tribulación anunciada por Cristo. Pero no se trataría del fin del mundo.

En el pasaje del Evangelio de este domingo se lee: «Cuando lleguen aquellos días, después de la Gran Tribulación, la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá. Entonces verán venir al Hijo del Hombre...» (Mc 13, 24-26). Y en versículos anteriores, igual que en los otros Sinópticos, Cristo ya había anunciado en Marcos que «habrá una tribulación cual no la hubo  desde el principio de la creación, que hizo Dios, hasta el presente,  ni la volverá a haber» (Mc 13, 19). Más aún: «Y si el Señor no abreviase aquellos días, no se salvaría nadie, pero en atención a los elegidos que Él escogió, ha abreviado los días» (Mc 13, 20). Con lo anterior podría entenderse que, tras dicha tribulación, el mundo no habrá de acabarse de inmediato, sino que aún tendrá otra temporada por delante.

El «Día de Yahveh»

Ya desde el Antiguo Testamento se habla de un tiempo sin precedentes en el que Dios hará justicia: «Pueblo mío, entra en tus cámaras y cierra tu puerta tras de ti, escóndete un instante hasta que pase la ira. Porque he ahí a Yahveh que sale de su lugar a castigar la culpa de todos los habitantes de la Tierra contra Él» (Is 26, 20-21). El primero en darle a ese acontecimiento el nombre de «Día de Yahveh» fue el profeta Amós, en el siglo VIII a. C. Al principio los israelitas entendieron que se trataba de un castigo en que Dios aplastaría a las naciones enemigas mientras que ensalzaría a Israel, pero los profetas aclaran que aquel día terrible habrá de alcanzar a todos, y que los israelitas hacen mal en mostrarse tan confiados: «¡Ay de los que ansían el Día de Yahveh! ¿Qué creéis que es ese Día de Yahveh? ¡Es tinieblas, que no luz!» (Am 5, 18). Así, del fuego y del cataclismo cósmico sólo saldrá con vida un pueblo humilde: «Buscad a Yahveh, vosotros todos, humildes de la Tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el Día de la cólera de Yahveh... Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre» (Sof 1, 3. 3,12).

No hay obligación de creer en revelaciones privadas

Entre los santos, beatos, venerables y místicos, lo mismo que en apariciones de la Virgen, hay una cantidad casi incontable de mensajes que también apuntan hacia un gran castigo que tiene como finalidad la purificación del mundo, cada vez más imbuido en el pecado.

El católico que se topa con estos mensajes debe tener en cuenta que, aunque la Iglesia apruebe determinadas apariciones marianas, o declare venerable, beato o santo a un determinado hijo de Dios, no significa que hay obligación de creer ni en dichas apariciones ni en sus mensajes, tampoco en revelaciones privadas recibidas por los siervos de Dios. Lo que sí significa es que en tales mensajes y revelaciones no hay elementos que contradigan la Revelación (con mayúscula), por lo que el fiel cristiano está en libertad de creer o no creer en ellos.

Entonces, creyendo, no se peca, y no creyendo, tampoco se peca. Pero, en opinión de san Pedro Canisio, «hay menor peligro en creer lo que con alguna probabilidad nos refieren personas de bien, cosa no reprobada por los doctores, antes que rechazarlo todo con espíritu temerario y de desprecio».

Lo que no conviene creer son los mensajes provenientes de apariciones que han sido desaprobadas por la Iglesia. Aunque muchas veces tales mensajes se parezcan a los de los santos o las apariciones auténticas, suelen ir acompañados de sutiles afirmaciones que rayan en la herejía, o bien «profetizaron» cosas que no se cumplieron, mostrando así su falsedad. Para quienes tengan acceso a internet, el sitio http://www.cafarus.ch/apariciones.html contiene una larga lista de apariciones que deben ser descartadas.

¿Dios siempre avisa?

Respecto de los mensajes que no contradicen el Depósito de la Fe, hay quienes dicen que no es posible que Dios misericordioso castigue de tal modo al mundo, que probablemente esos mensajes son producto de la imaginación. Pero otros responden que Dios siempre avisa: «¿Cae en una ciudad el infortunio sin que Yahveh lo haya causado? No, no hace nada el Señor Yahveh sin revelar su secreto a sus siervos los profetas» (Am 3, 6-7), y que lo más natural es que proporcione tales advertencias a través de las personas que Él quiera. A continuación se mencionan sólo algunos de estos conflictivos avisos que fueron publicados con Imprimatur:

Santa Brígida de Suecia (1303-1373).-  «Cuarenta años antes del año 2000, el demonio será dejado suelto por un tiempo para tentar a los hombres. Cuando todo parecerá perdido, Dios mismo, de improviso, pondrá fin a toda maldad. La señal de estos eventos será: cuando los sacerdotes habrán dejado el hábito santo y se vestirán como gente común, las mujeres como hombres y los hombres como mujeres».

San Vicente Ferrer (1350-1419).- «Vendrá un tiempo que ninguno lo habrá visto hasta entonces... Se producirá un estruendo tan grande, de modo que ni fue ni se espera otro mayor, sino el que se experimente en el Juicio... Veréis una señal y no la conoceréis; pero advertid que en aquel tiempo las mujeres vestirán como hombres y se portarán según sus gustos y licenciosamente, y los hombres vestirán de mujeres».

Sor María de Jesús de Ágreda (1602-1665, en proceso de beatificación).- «Me fue revelado que, a través de la intercesión de la Madre de Dios, todas las herejías desaparecerán. La victoria sobre las herejías ha sido reservada por Cristo para su Santísima Madre... Un inusual castigo a la raza humana tendrá lugar hacia el fin de los tiempos».

Beata Ana María Taigi (1769-1837).- «Dios enviará dos castigos: uno en forma de guerra, revoluciones y peligros, originados en la Tierra; y otro enviado desde el Cielo. Vendrá sobre la tierra una oscuridad total que durará tres días y tres noches. Nada será visible y el aire se volverá pestilente, nocivo, y dañará, pero sólo a los enemigos de la Religión. Durante los tres días de tinieblas la luz artificial será imposible. Sólo las velas benditas arderán... Los malos perecerán en toda la tierra durante esta oscuridad universal, con excepción de algunos pocos que se convertirán».

San Gaspar de Búfalo (1786-1836).- «Aquél que sobreviva a los tres días de tinieblas y de espanto, se verá a sí mismo como solo en la Tierra ... No se ha visto nada semejante desde el diluvio».

Venerable Bernardo María Clausi (1789-1849).- «Este azote se hará sentir en todo el mundo y será tan terrible que cada uno de los que sobrevivieren se imaginará ser el único que ha quedado, y todos se arrepentirán. ... Pero antes habrá hecho el mal tantos progresos que parecerá que los demonios han salido del Infierno. Pero cuando la mano del hombre no pueda más, y todo parezca perdido, Dios mismo pondrá su mano y arreglará las cosas en un abrir y cerrar de ojos».

Apariciones de la Virgen en La Salette (1846).- «Dios va a castigar al mundo de una manera jamás vista... Nadie podrá escapar. ... Las Iglesias serán cerradas y profanadas; los sacerdotes y religiosas serán perseguidos... Los libros malos abundarán... Muchos sacerdotes se alejarán de la fe verdadera, y hasta obispos. El demonio tendrá sus iglesias que le darán culto. Reinará el materialismo, el ateísmo y toda clase de vicios. ... Parecerá que Dios se haya olvidado de la humanidad. Todo parecerá perdido. ... Entonces Jesucristo, en un acto de su justicia y de gran misericordia para los buenos, dará orden a sus ángeles para que todos los enemigos sean exterminados. Caerá fuego del cielo. El sol se obscurecerá... Los perseguidores de la Iglesia, las personas dadas al pecado, perecerán y la tierra parecerá un desierto».

Sor Elena Aiello (1895-1954, en proceso de beatificación).- «El mundo será invadido por grandes desgracias, revoluciones sangrientas, huracanes terribles, inundaciones de ríos y mares... Nubes con rayos de fuego, y una tempestad de fuego pasarán sobre el mundo, y el azote será el más terrible que ha conocido la historia. Durará setenta horas. Los impíos serán aplastados y eliminados. Muchos se perderán, porque permanecen en sus pecados».

Beata Jacinta de Fátima (1910-1920).- «Si los hombres se arrepienten, el Señor les perdonará; pero si no cambian de vida, vendrá al mundo el castigo más terrible que se ha conocido».

San Pío de Pietrelcina (1887-1968).-  «Rápidamente cerrar vuestras puertas y ventanas, tapar toda vista del mundo exterior durante el más terrible de los acontecimientos; no profanéis vuestra vista con miradas curiosas porque santa, santa es la ira de Dios. La Tierra será purificada para vosotros, los restos del fiel rebaño... Perseverad por una noche y un día y por una noche y un día, y a la siguiente noche se calmarán los terrores. . . Al amanecer del próximo día el sol brillará otra vez y su calor y su luz disiparán los horrores de la oscuridad. Aceptad la nueva vida con humilde gratitud».
Sor Lucía de Fátima (1907-2005).- Declaró en 1958 al padre Agustín Fuentes: «Creedme, padre, el Señor castigará al mundo muy pronto. El castigo es inminente... Padre, es urgente que nos demos cuenta de la terrible realidad, no queremos asustar a las almas, pero...».

Dios saca bienes de los males

Ante todas estas declaraciones, a los fieles convendría, en lugar de caer en pánico, hacer conciencia de que Cristo es el único Señor de la historia, que nada escapa de sus manos; que, en ocasiones, lo que en primera instancia parecía una desgracia, con el paso del tiempo se descubre que no lo fue, y, aún más, que si el Señor permite que cosas realmente malas ocurran no es porque haya perdido el control: «Dios no hubiera permitido la existencia del mal si no fuera tan sabio, tan bueno y tan poderoso que pudiera sacar bienes aun de los mismos males», declara san Agustín. En palabras de san Pablo: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman» (Rm 8, 28). Por eso Nuestro Señor Jesucristo puede decir en el Evangelio según san Lucas que las señales que preceden a su Venida no deben ser motivo de abatimiento: «Cuando empicen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación» (Lc 21, 28).

Éste es el momento de conquistar la vida eterna

Nadie sabe si aún estará vivo cuando ocurra la Gran Tribulación anunciada por Cristo, o si le tocará estar sobre la Tierra al momento del fin del mundo. Lo que no cambia para nadie es que la vida terrena de cada ser humano es la única oportunidad con la que cuenta para conquistar la vida eterna, la cual sólo se logra trabajando en ello: «El Reino de Dios se alcanza a la fuerza, y solamente los esforzados entran en él» (Mt 11, 12).

Por eso más vale comenzar ya mismo y «trabajad con temor y temblor por vuestra salvación» (Flp 2, 12), sabiendo que «las almas de los justos están en las manos de Dios... Por una corta corrección recibirán largos beneficios, pues Dios los sometió a prueba y los halló dignos de sí... El día de Su visita resplandecerán» (Sab 3, 1-9), y recibirán el premio prometido por Cristo: «Al vencedor le concederé sentarse Conmigo en mi trono, como Yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono. El que tenga oídos, que oiga...» (Ap 3, 22).

Por Diana R. García Bayardo

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