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Ágora es la nueva película del director español Alejandro Amenábar. En ella aborda la vida de Hipatia, filósofa y maestra neoplatónica y la primera matemática mujer de la que se tiene constancia en la historia.
Conociendo la vida de Hipatia
Natural de Egipto, Hipatia se destacó en los campos de las matemáticas y la astronomía, miembro y líder de la escuela neoplatónica de Alejandría a comienzos del siglo V. Seguidora de Plotino, desdeñaba el misticismo y se centró en los estudios lógicos y las ciencias exactas, llevando una vida ascética. Educó a una selecta escuela de aristócratas cristianos y paganos que ocuparon altos cargos, destacándose entre ellos el obispo de Ptolemaida, Sinesio de Cirene, Hesiquio el Hebreo y Orestes, que llegaría a ser prefecto imperial de Egipto en el momento de la muerte de la filósofa alejandrina.
Un argumento falso
La cinta esta sustentada por una ideología poco ética del director, quien a través del cine manipula la historia de Hipatia, donde ubica una ideología anticristiana modificando la realidad histórica. Amenábar narra la vida y la muerte de Hipatia desde una perspectiva que no revelan los textos clásicos que hablan de esta filósofa neoplatónica.
Amenábar carga las tintas, descontextualiza y simplifica al máximo a ciertos personajes como san Cirilo o Amonio. Aquellos hechos se sitúan, por tanto, en el contexto de la confrontación de dos cosmovisiones, de dos culturas, la pagana y la cristiana, y es ahí precisamente donde Amenábar quiere aprovechar para proponer su propia filosofía de la historia: si el paganismo fue luz, el cristianismo es oscuridad; si el paganismo fue progreso, el cristianismo supuso una marcha atrás en la cultura, en la civilización, en la filosofía y en la ciencia.
Alejandro Amenábar se considera ateo. Fue educado bajo la fe católica pero ha pasado por el agnosticismo y ahora es creyente de una instancia superior llamada naturaleza.
Jugando con el guión y la imagen
En Ágora los paganos visten de blanco (Hipatia), y los cristianos de gris o de negro (Amonio, Cirilo). A este esquema bipolar Amenábar añade a lo largo del film una vuelta de tuerca: lo malo no es en realidad el cristianismo, sino cualquier concepción teológica. Ya sean los dioses paganos o el Dios cristiano y judío: la religión oscurece la razón, desprecia a la filosofía y frena la ciencia y el progreso.
El director trata de hacer creer que entre Hipatia y Jesucristo existe un paralelismo. Además, según el director pagano, Hipatia vive la destrucción de la Biblioteca de Alejandría y el inicio del fin del imperio romano, mientras avanza un cristianismo que, como otras religiones de la época, es violento y lucha contra el conocimiento.
La falsedad de la propuesta cinematográfica emerge cuando se sabe que en Alejandría se sucedían las luchas internas entre facciones (con cristianos, judíos y paganos, a menudo mezclados en los mismos grupos) a lo largo de toda la historia de la ciudad. Los cristianos no atacaron a la «civilizada Hipatia» en los términos en los que lo plantea la película sino que se trataba de luchas entre hordas de multitudes que actuaban sin control.
Bajo el envoltorio de una película supuestamente histórica, Alejandro Amenábar propone un juicio muy negativo sobre el valor actual de las religiones en general y del cristianismo en particular. Los cristianos que aparecen son bárbaros, fanáticos, misóginos, violentos y muy visionarios. Y los dos buenos cristianos que vemos, Sinesio y Davo, a lo largo del fim se van contaminando del oscurantismo circundante.
La verdad es que en la famosa escuela matemática de Alejandría convivieron alumnos de tradición neoplatónica y cristiana hasta su desaparición. Esto, desde luego, desmiente la afirmación de Amenábar de que el cristianismo acabó con la tradición clásica y que Hipatia se erigió como símbolo de su fin.
Por María Velázquez Dorantes |