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Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 15 de Noviembre 2009

CON PERMISO

Image Dicen que es la enfermedad de la abundancia, aunque seguro que también podría diagnosticarse en los países pobres si el hambre no produjera allí casi todos los problemas

Por Miguel Aranguren

Dicen que es la enfermedad de la abundancia, aunque seguro que también podría diagnosticarse en los países pobres si el hambre no produjera allí casi todos los problemas. Y aunque aquellos a los que gusta catalogar las cosas aseguran que es uno de los males más extendidos del siglo XXI, no me cabe duda de que ha existido siempre, incluso antes de que algún doctor la incluyera en el vademécum de los dolores. Con la altanería que me otorga el presente, siento una especial piedad hacia todos nuestros antepasados que la sufrieron, porque a su malestar debieron sumar la incomprensión y hasta el rechazo de sus congéneres que veían en las tristezas prolongadas señal inequívoca de una caída en picado a los avernos de la locura.

La depresión es un dolor del alma, un apagamiento del espíritu, un veneno paralizante en la psique, una oscuridad subjetiva a la hora de contemplar el mundo, una incapacidad repentina para relacionarnos, un terror irracional hacia lo cotidiano y hacia lo extraordinario, una mojadura en la tintura de la muerte que, sin embargo, para los demás puede resultar una postura caprichosa y hasta una enfermedad injustificada, un empecinamiento en ver la botella medio vacía, como si no existiera ese humus grisáceo que nos encoge las neuronas y nos arruga el interés por vivir, que nos arrincona después de dominarnos con una fiereza constante y agotadora.

Hay caracteres empeñados en vestir la vida en negro, que se ganan la depresión a fuerza de puños. Hace tiempo decidieron apagar el optimismo con el desprecio del que desmocha una colilla y comenzaron a juzgar los defectos de los demás con suficiencia y altanería. Cuando uno se deja caer por esa espiral, llega un momento en el que no hay vuelta atrás: la Tierra se ha convertido en un lugar inhóspito en el que hemos nacido para sufrir los desdenes de nuestros semejantes. Pude contemplar un caso así la última vez que me corté el pelo: aquel barbero creía que el mundo se había confabulado contra él. Los vecinos, los compañeros, los políticos, los artistas y hasta sus amigos y familiares se habían puesto de acuerdo en hacerle la vida imposible, en mangonear lo que a él le correspondía, en estropear el entorno de su vida. Por si fuera poco, adivinaba un futuro osco como una cueva y cualquier mención a lo trascendente (buscar una razón superior al dolor, aprender a perdonar, pensar en positivo) se le antojaba mezquina. En aquel rato que estuve sentado en su silla, la boca se le llenó de venganzas, hasta el punto de que temí que me diera un tajo en la oreja.

Semejante distorsión de la realidad, por muy difícil que se nos pongan las cosas, está injustificada, sobre todo cuando estas mismas páginas de Selecciones ofrecen tantos testimonios de personas anónimas que -con una realidad objetiva mucho más difícil que la mía y que la suya, querido lector- son capaces de ser felices y hacer feliz su entorno. La del peluquero, lo siento por él, es una depresión fraguada con los años y convertida en una enfermedad crónica como consecuencia de haberse autoimpuesto un castigo innecesario.

Hay otras depresiones, las que no se buscan sino que llegan por motivos genéticos, por un golpe que no se ha logrado asimilar, por un vacío inesperado o por un capricho sostenido en el proceloso ámbito de la mente. La farmacopea ha logrado combinados que hacen posible una convivencia serena con la enfermedad. Bien llevada, no sólo deja de ser una cruz sino que otorga a la vida un cariz interesante: el paciente sabe que su felicidad no depende sólo de razones externas (un buen día, la felicitación del jefe, la llegada de las vacaciones…) y aprender a tener cierta manga ancha a la hora de sobrellevar las dificultades.

La depresión no es un tiempo de rosas, sin duda, pero muchos pacientes terminan por sacarle provecho al padecimiento: se distancian de los vítores tanto como de los desprecios, observan con mayor amabilidad las limitaciones propias y ajenas, aceptan los consejos, aprenden a buscar la compañía de la gente que les quiere y a echar paciencia a cualquier tipo de ansiedad.

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