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ENSAYOS CRISTIANOS 
¿Cómo es que hemos coincidido no solamente en este mundo, sino también en este continente, en esta nación y ciudad, en esta parte del siglo y en este preciso autobús? De buscarnos, no nos habríamos encontrado. Y, sin embargo, allí estamos los dos.
Siempre hay algo de milagroso en un encuentro. Que yo, que pude haber nacido en la China de la dinastía Chang (en el caso de que hubiese existido una tal dinastía), me encuentre ahora, aquí, con aquel señor de la boina colorada, que pudo, a su vez, haber sido ministro de relaciones exteriores en la corte de Amenofis IV, es algo que francamente se sale de lo ordinario. ¿Cómo es que hemos coincidido no solamente en este mundo (tanto él como yo pudimos no haber nacido), sino también en este continente, en esta nación y ciudad, en esta parte del siglo y en este preciso autobús? De buscarnos, no nos habríamos encontrado. Y, sin embargo, allí estamos los dos, náufragos del tiempo que llegan a la misma isla de este mar infinito que es la historia. Diez mil cosas tuvieron que suceder para que tanto él como yo tomáramos el mismo autobús. Por lo que se refiere a mí, fue necesario que saliera a la calle precisamente a las 9:27; que a las 9:26 no hubiera sonado el teléfono de mi casa, pues el retraso de un solo minuto habría bastado para frustrar el encuentro; que caminara exactamente a la velocidad que caminé; que no me hubiera interceptado un amigo en plena avenida para hacerme una confidencia o para invitarme un café. Por lo que se refiere a lo demás, era necesario que el chofer condujera a una constante de 45, 25 kilómetros por hora; que el semáforo de dos cuadras más atrás le hubiera tocado en rojo (de otra forma no hubiera yo podido alcanzar el autobús); que la empleada de la tienda en que compró sus cigarrillos esta mañana no tuviera cambio de un billete de 200 y lo hiciera esperar cuatro minutos. Y esto sólo por hablar de lo más obvio, aunque aún está por decir lo que necesitó haber hecho el hombre de la boina colorada. Pero dejémoslo ahí. ¡Qué extraordinario ha sido este encuentro! Pero lo más extraordinario es que nadie lo celebró: ni yo, ni el chofer (mediador de él a pleno título), ni el señor de la boina colorada. Nos limitamos a vernos de reojo y a desviar la mirada, como si todo hubiese sido de lo más evidente, como si así hubiera tenido que ser por no se sabe qué especie de necesidad. Quizá nunca más volvamos a vernos. Como en la canción de Agustín Lara, todo en esta vida es una vez nada más. Una vez nada más esta vida, una vez nada más esta hora de la mañana, una vez nada más este autobús. Una vez nada más y nunca jamás. Y, al bajar, no nos decimos adiós, sino que, resignados, nos encogemos de hombros. Nos dejamos ir como si nuestra despedida no fuera en cierto sentido para siempre. A lo mejor hay alguien en este vasto universo que busca desde hace tiempo al señor de la boina colorada, que lo busca sin encontrarlo. Y yo lo tengo enfrente, ante mis ojos, sin celebrar el milagro, mirando con indiferencia hacia el otro lado de la ciudad a través de la ventanilla. Todos los días cien, mil, doscientos mil encuentros (según mis incursiones por las calles de la ciudad), doscientos mil milagros que no agradezco ni noto; doscientas mil casualidades producto de otros doscientos mil millones de casualidades que pasan ante mi vista como pasan por el suelo las motas de polvo. Nadie sabe qué era lo que Dios había querido suscitar con aquellos encuentros. Sea como sea, fueron encuentros frustrados, pues no nos marcaron en absoluto, ni dejaron en nuestra memoria material para el recuerdo. Y porque son en cierta manera abortos, abortos que nosotros mismos provocamos, es necesario pedir perdón por ellos. Creo que fue Bruce Marshall (1899-1987), el gran escritor escocés, quien hizo salir de una de sus novelas a un personaje que oraba a Dios noche tras noche por todas aquellas personas que se encontró en el día, y creo que fue en A cada uno un denario, pero no estoy muy seguro. Sea como sea, la idea es bella. Ya que no pudimos celebrar el extraordinario encuentro con aquellos otros náufragos del tiempo (por timidez, por pudor, por indiferencia o por lo que sea), es justo pedir a Dios que les dé todo el afecto que, dadas las circunstancias, nosotros no pudimos o no nos atrevimos a darles; que algún día, cuando Él quiera y disponga, si es posible, nos volvamos a ver, y que ahora sí podamos reconocernos como dos hermanos que, aunque nacidos del mismo Padre, no se conocían por haber nacido en casas distintas y distantes. Pero lo que hay que pedir sobre toda otra cosa es que no nos habituemos nunca a los milagros, esos sucesos extraordinarios que por acaecer minuto a minuto son confundidos con esa cosa amarga que llamamos «rutina». Tener allí, al alcance de la mano, el pan de cada día, ¿no es milagroso? ¡Todos los días Dios multiplica los panes y los peces para que no quede sin respuesta una de las peticiones que solemos hacerle al rezar el Padrenuestro! «Aquel que hizo brotar vino en las bodas de Caná (explica san Agustín en su comentario al Evangelio de san Juan) es el mismo que lo produce todos los años en los viñedos. Pero no nos admiramos de este último fenómeno porque sucede cada año; su constante renovación ha hecho desaparecer en nosotros la admiración». ¡Admirarse de tener algo que comer, maravillarse de ver, agradecer cada encuentro cual si fuera un don del cielo! Dijo Chesterton una vez: «Si el mundo sucumbe, no será ciertamente por falta de milagros, sino por falta de asombro». P. Juan Jesús Priego |