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Escrito por Javier Algara   
Domingo 07 de Octubre 2007

VIGÍA

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Un ciego palpó la pata y pensó que el elefante se asemejaba a un tronco de árbol; otro, la enorme oreja, e imaginó al animal como un trozo de lona rugosa; un tercero la cola, y lo creyó una grosera cuerda. Como era de esperarse, la diferencia de «verdades» provocó una acalorada discusión entre los invidentes.

Hay expresiones que, habiendo sido durante años simple tema de debate entre filósofos, inesperadamente adquieren tal divulgación y popularidad que hasta reconocimiento de veracidad universal se les concede en la vida cotidiana. Son frases que suenan bonito y que, de primera oída, parecen metafísicamente ciertas, por lo que no solamente ahorran al usuario la necesidad de justificarlas con pruebas de razón, sino que le brindan justificación para hacer lo que se le venga en gana. Una de tales expresiones es la que afirma que cada persona tiene su propia verdad y que intentar corregirla, u obligar a la persona a actuar en contra de ella, es una violación a los derechos de quien la sustenta. Cuando uno la oye por primera vez se queda asombrado por su aparente profundidad y no ve la necesidad de examinarla bajo otra luz. Hombre, nos decimos, la experiencia humana y el sentido común evidentemente la fundamentan. Y si, además, quienes tienen peso en la opinión pública la respaldan, ¿porqué habríamos nosotros de dudar de su veracidad absoluta? No sólo eso, en su valor irrefutable descansa todo el edificio de la tolerancia, virtud inapreciable, ¿o no? El tejido social y la convivencia humana se mantienen firmes gracias a su solidez, se argumenta.

Muchos miembros de esa sociedad, ay, somos como los ciegos que querían saber cómo era el elefante. Al brindárseles la oportunidad, se acercaron a un paquidermo que pasaba y cada uno de ellos lo tocó en diferente parte del cuerpo. Uno palpó la pata delantera y pensó que el elefante se asemejaba a un tronco de árbol; otro la enorme oreja, e imaginó al animal como un trozo de lona áspera y rugosa; un tercero la cola, y lo visualizó mentalmente como una grosera cuerda. Como era de esperarse, la diferencia de «verdades» provocó una acalorada discusión entre los invidentes acerca de la apariencia del paquidermo, que sólo terminó cuando acordaron estar en desacuerdo; tolerarse mutuamente. Pero nada de ello cambió el hecho de que la realidad del animal era muy distinta y absolutamente independiente de sus juicios particulares. La tolerancia, así vista, no es sino la voluntad perezosa de ahorrarnos la molestia de contrastar las diferentes opiniones para buscar la verdad absoluta. Y de aprovechar, por otra parte, esa disparidad para no vernos sometidos a normas universales. El relativismo, la aceptación de la coexistencia de verdades individuales «definitivas» y opuestas acerca de la única realidad, es la respuesta de una sociedad irresponsable ante la dificultad de aceptar la existencia de la Verdad como algo absoluto. Es mucho más cómodo y práctico proclamar -por todos los medios y desde las más altas tribunas- la verdad absoluta de que no existe ninguna verdad absoluta. Curiosamente, entre más incómodo el asunto, entre más requiera disciplina y sacrificio, como la religión y la moral, más relativistas nos volvemos. Nadie discute, por ejemplo, las verdades matemáticas. Cuando un grupo de personas va a salir de un sitio, y la puerta está cerrada, a nadie se le ocurre debatir sobre ese hecho. En esos casos, hasta los relativistas más obtusos aceptan que la verdad no depende de ellos, que es absoluta. Pero si se trata de la obligación de pagar salarios justos, de la de votar en las elecciones, de proteger la vida del no nacido, de afirmar la incongruencia moral de un acto homosexual, de confesar la propia fe, de pagar impuestos o diezmos, etc., entonces todo se vuelve un «bueno, depende de». ¿Hasta cuándo aprenderemos que lo único que nos hace libres es la Verdad absoluta?


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