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PÓRTICO 
La gran enseñanza del cristianismo, que entre estos muros surgió como saeta de luz para el mundo, es que existe una palabra que salva: amor.
Por Jaime Septién ROMA. Al iniciar la mañana, las campanas de la iglesia de San Lorenzo espantan a las palomas que duermen en el pequeño balcón del hotel donde me alojo. Toda la noche los estudiantes han alborotado en los alrededores. Ha sido una noche agitada, larga y caótica, como lo son las calles de esta ciudad entrañable; como lo son sus contrastes. La ciudad donde Cristo quiso que germinara la semilla de su Iglesia, sigue atrayendo millones de visitantes cada año. Las filas para entrar en la basílica de San Pedro alcanzan longitudes espectaculares; se ven sacerdotes y religiosas de todas las nacionalidades y, al lado, jóvenes sin ninguna razón o fuerza de existencia, entregados a morir pronto, ignorantes del amor de Dios. Es triste ver cómo Roma, Italia, Europa, va odiando cada vez más sus raíces; cómo se sustituye lo bueno por lo mediocre, lo amoroso por lo hostil, la piedad por el sexo desenfrenado y la relación con el prójimo por su uso. La gran enseñanza del cristianismo, que entre estos muros surgió como saeta de luz para el mundo, es que existe una palabra que salva: amor. Amor sin pretextos por el bien del otro, por su alma, por su plenitud de vida. Sin amor, dice el papa Benedicto XVI, no hay hombre sino una especie de máscara vacía donde vierte la amargura sus desengaños. Hoy, que frente a mí se despliega el desorden temprano de una ciudad que ha sido la cuna de la Iglesia, me pregunto a dónde va el ser humano. Y mientras las palomas de mi balcón vuelven a su sitio, en espera de poder colarse al viejo campanario de San Lorenzo, una vaga tristeza me asalta: la de saber que, sin la belleza del Evangelio, el mundo se hundirá en la oscura desesperanza, como eran desesperanzados —hace un rato— los gritos de los jóvenes borrachos que alzaban su litro de cerveza brindando por la muerte al despuntar el alba romana. |