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«Un crimen que ofende grandemente la dignidad humana», dice la Iglesia - Junto al tráfico de drogas y de armas, la trata de personas es uno de los negocios más rentables: genera 32 mil millones de dólares al año - Más de un millón de niños y adolescentes al año son sometidos a la trata
Por Gilberto Hernández García
Por desgracia, la trata de personas —que implica, generalmente, la explotación sexual— no es un fenómeno nuevo ni tiene visos de que pronto llegará a su fin. Todo lo contrario. Según informes de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), sus ganancias anuales, al iniciar el siglo XXI, se calculaban en 12 mil millones de dólares en todo el mundo. Hoy se han triplicado y se calculan en 32 mil millones de dólares.
Cifras del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) han revelado que el negocio sólo es superado por los contrabandos de armas y drogas y que cerca de 1.2 millones de niños, niñas y adolescentes son sometidos al año a la trata en el planeta. Los especialistas han advertido que la delincuencia organizada invierte millones de dólares y «recupera» miles de millones de dólares.
El problema ha alcanzado tales dimensiones que, recientemente, la Unión Internacional de Superioras Generales (UIG) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) organizaron la segunda edición del congreso «Religiosas en red contra la trata de personas», para hacer frente común a este escandaloso fenómeno global.
«Denunciamos que la trata de personas es un crimen que representa una grave ofensa contra la dignidad de la persona y una seria violación de los derechos humanos», fue la síntesis de la declaración final del encuentro.
En aquella ocasión Stefano Volpicelli, de la OIM, informó que «a pesar de que no hay cifras precisas, se calcula que varios millones de personas cada año se convierten en víctimas de este fenómeno. Serían 25 millones, según los datos de la Dirección de Justicia de la Comisión de la Unión Europea, publicados en 2007».
Nuevo rostro de la pobreza
Según la define el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la trata de personas «consiste en utilizar, en provecho propio y de un modo abusivo, las cualidades de una persona». Para que la explotación se haga efectiva los tratantes deben recurrir a la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas.
Los medios para llevar a cabo estas acciones son la amenaza o el uso de la fuerza u otras formas de coacción, el rapto, fraude, engaño, abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad. Además se considera trata de personas la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación.
La explotación incluye, como mínimo, la explotación de la prostitución ajena u otras formas de explotación sexual, los trabajos o servicios forzados, la esclavitud o las prácticas análogas, la servidumbre o la extracción de órganos.
Las causas de esta problemática se encuentran tanto en los países de origen como en los de tránsito y destino. Muchas veces las redes de trata de personas están en connivencia con autoridades locales y políticas que devastan las zonas más indefensas de la sociedad en todas partes del planeta.
Tapachula: el botón de muestra
Cada año, miles de menores y adolescentes centroamericanas son traídas mediante engaños o secuestradas para obligarlas a prostituirse en bares, centros nocturnos, casas de citas, restaurantes disfrazados, hoteles, salas de masaje y agencias de edecanes en ciudades fronterizas de Chiapas y otros estados.
El diario mexicano El Universal reportaba hace unas semanas que en centros nocturnos de la frontera sur mexicana las mujeres son vendidas entre 200 y 300 pesos, aunque el precio varía según la edad y el físico. «A mí, un triciclero me llevó a un burdel; necesitaba el trabajo porque el coyote me había dejado tirada en Ciudad Hidalgo. Al final me enteré de que la dueña pagó 300 pesos por mí», dijo una mujer entrevistada por el diario.
La joven aseguró que los tricicleros, cuando ven a una mujer abandonada, se ofrecen a llevarla para conseguirle trabajo de sirvienta, pero la llevan a los centros de prostitución donde, por la desesperación por no tener dinero, acceden a quedarse.
Según estudios, es en esta frontera donde más se practica la trata de personas. En Tapachula se inicia la ruta para la venta de hombres y mujeres para varios destinos, como el DF, Veracruz, Tamaulipas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Jalisco, Nayarit, Sinaloa, Sonora y los Estados Unidos.
Organismos no gubernamentales calculan que en Tapachula se quedan temporalmente más de tres mil mujeres, entre ellas, menores y adolescentes, para ejercer la prostitución.
Un estudio de la red contra la prostitución, pornografía y tráfico infantil (ECPAT, por sus siglas en inglés), con sede en Guatemala, indica que centenares de mujeres son concentradas en la frontera de ese país con México, en los municipios de Tecún Umán y Malacatán, departamento de San Marcos, aunque a veces las trasladan a poblados fronterizos de Chiapas, como Huixtla, Cacahoatán, Ciudad Hidalgo y Tapachula.
Los tratantes reclutan a las mujeres cada vez más jóvenes, casi niñas.
Las redes de traficantes de mujeres emplean a México como un puente, y en ocasiones como destino, para trasladar hacia Estados Unidos y Canadá a adolescentes que serán prostituidas, según un informe de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD).
El reporte menciona que la trata de personas se ha convertido en «una actividad de la delincuencia organizada transnacional muy lucrativa, asociándose y/o compitiendo con el tráfico de drogas y de armas».
Equipos de investigadores de México y Centroamérica que estudian el fenómeno han señalado que el istmo centroamericano es un corredor de la trata de personas y que todos son países de origen, de tránsito y de destino. El oscuro negocio se ha agudizado por el intenso desarrollo de la industria de turismo sexual en todos los países centroamericanos, ya que los usuarios o clientes provienen de países de América del Norte, ante la cercanía geográfica y los bajos costos asociados.
La Iglesia no puede ignorar el problema
Aunque muchas congregaciones religiosas, sobre todo femeninas, han dado la batalla a esta difícil situación que vulnera la dignidad humana, sólo hasta el año 2001 se ha venido organizando una verdadera red global de religiosas para hacer frente al complejo fenómeno, ya que «las bandas criminales que depravan a las mujeres y los niños están muy bien organizadas y comunicadas entre sí, en las diferentes partes del mundo, y nosotras debemos ponernos al mismo nivel para contrarrestarlos», han dicho las consagradas reunidas en el congreso «Religiosas en red contra la trata de personas».
La religiosas ha decidido «oponerse a esta realidad» por medio de «una estrategia multidimensional, capaz de abarcar muchos aspectos para remover las causas desde diversos enfoques, para aliviar y acompañar el camino de la reconstrucción de la vida de quienes están involucrados y heridos en la profundidad de su ser y para buscar crear un terreno humano en las políticas de toma de decisiones a todos los niveles».
Han señalado que, como labor preventiva, es necesario «trabajar mucho en la formación de los jóvenes, en las escuelas y en las parroquias para construir en ellos el valor del respeto de la persona, cuya dignidad nunca puede ser mercantilizada».
«En el campo de la recuperación y de la reconstrucción de la vida herida, la fuerza transformadora del amor y un ambiente lleno de calor humano son capaces de ayudar a recuperar la fe y a volver a proyectar el camino de la propia vida».
La presencia de las religiosas junto a las víctimas, «día tras día, en la fatigosa y ardua reconquista de la propia personalidad se convierte en el reflejo del rostro compasivo de Dios que gradualmente cura las heridas y nos da esperanza». |