|
FLOR DE HARINA (Sal 147, 14) 
La verdadera sinceridad es muy difícil. Y suele identificarse con la perfecta sencillez de la mirada limpia.
Por el padre Justo López Melús Hay parábolas que no podemos leer tranquilamente. Vemos que encierran un reproche contra nosotros. Pero la parábola del fariseo y del publicano (Lc 18, 9-14) se suele leer con gusto. Cada lector se identifica con el publicano y se alegra del modo rotundo con que el Señor recrimina a los otros, a los fariseos. Pero, en realidad, todos somos fariseos. «Ya no es publicano el que se gloría de serlo y desprecia a los fariseos, dando gracias a Dios por no ser como ellos. Automáticamente se ha hecho fariseo. En la parábola, el justificado es el que no se gloría de su justicia ni se compara con nadie. Gloriarse de sincero es caer en el fariseísmo» (Mendizábal). La verdadera sinceridad es muy difícil. Y suele identificarse con la perfecta sencillez de la mirada limpia. Quien se gloría de ser sincero no lo es profundamente. Pasa como con la originalidad y la humildad. No es original quien, dándose cuenta, hace cosas originales. Ni es humilde el que se considera humilde. El que es verdaderamente sincero no se gloría de serlo. Lo es, sin más. El que se gloría de ser sincero se mete en un callejón sin salida. Se enmascara tras una careta de sinceridad, en fuerza de la cual muchas veces no dice o hace aquello que debería sencillamente hacer o decir, sino lo que le parece que debe decir o hacer para mantener su prestigio de hombre sincero. Es una máscara muy sutil, pero quizá la más insidiosa, el esfuerzo artificial de ser sincero. Por otra parte, la sinceridad no es un valor absoluto. A fuerza de sinceros se pueden decir muchas tonterías y cometer muchas torpezas y despropósitos. La sinceridad tiene que conjugarse con la prudencia, la cortesía y la discreción. |